No quiero pedir perdón CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Estoy decidida

—¿Mudarte?

—¿A dónde?

—A Seúl.

—Leilani.

Así comienza la sesión de hoy con mi psicóloga.

—¿Me podrías decir qué te ha llevado a tomar esa decisión?

—Tú has sido testigo de todo lo que me ha pasado en las últimas semanas. Otra vez tengo que tomar pastillas para poder dormir. No quiero salir de casa. Mi vida es un infierno.

—No es un infierno, Leilani, estás pasando por un momento difícil. Enfócate en que has logrado terminar tu novela. También la has corregido y ya está en manos de tu editora. Ahora vamos a trabajar en lo que te está causando ansiedad.

Al terminar la sesión no me quedan fuerzas. Sé que Lesley no lo dijo en voz alta, pero seguro lo pensó, que estoy siendo impulsiva al tomar esta decisión. También sé que la conversación con mis padres no será fácil.

Antes de llegar a casa le pido a Charlie que me lleve a comprar un café; necesito un poco de tiempo antes de volver. Mientras esperamos, recibo una llamada de Claire.

—Hagamos algo el fin de semana.

—No lo sé.

—No voy a aceptar un no por respuesta. Podemos ir a comer, una salida tranquila, solo para conversar y ponernos al día.

Conversar con ella puede ayudarme a aclarar mis pensamientos antes de hablar con mis padres sobre la mudanza. En el camino de regreso le aviso a Charlie que el fin de semana saldré con Claire, para que pueda organizarse.

—Espero no estar arruinando algún plan que tenga con su familia.

—Le agradezco que esté pendiente. Todo esto es parte del trabajo.

Cerca de casa miro alrededor, en especial la acera donde ese hombre suele detenerse. Han pasado casi quince días desde la crisis en la que le grité.

—Sus padres no están, así que me quedaré hasta que vuelvan.

—Está bien.

Subo a mi habitación a cambiarme y regreso a la sala con la laptop. Ahora que mi novela está en edición, tengo tiempo libre. Por el momento quiero descansar de escribir; esta novela me llevó mucho tiempo.

Quiero aprovechar ese tiempo libre para aprender cosas nuevas, como entrar a una academia —virtual o presencial— para aprender coreano.

Me arrepiento de haberme negado cuando Claire me pidió que tomara clases con ella.

En ese momento pensé que, aunque me llamaban la atención las series y algunos aspectos de la cultura, no me hacía falta aprender el idioma.

Busco primero el nombre de la escuela a la que asistió Claire, y luego otras para comparar.

He destinado una de mis libretas a organizar todo lo que quiero hacer, no solo aprender el idioma, también averiguar qué necesito para mudarme a otro país.

Imagino que hay bastante papeleo. También tendré que hablar con Emily, aunque no importa en qué parte del mundo esté, puedo seguir escribiendo.

No tengo que estar en Sídney para continuar con mis proyectos.

Mientras anoto todo en mi libreta, me detengo un momento y miro a mi alrededor.

Cuando nos mudamos a esta casa estaba realmente feliz, era mucho más grande que el lugar donde vivíamos antes.

Tendría una habitación más amplia, pero lo que más me entusiasmaba era el espacio que usaríamos como oficina, donde podría poner mis libros.

Al principio lo ocupaba papá para trabajar, y poco a poco me lo fui adueñando.

Cuando empecé la universidad me mudé a una residencia estudiantil en el campus.

Mis padres, protectores como siempre, al principio no estuvieron de acuerdo, pero yo necesitaba vivir la experiencia de ser independiente.

Tenía un trabajo de medio tiempo en una tienda de cosméticos cerca de la universidad, y me animé a dar tutorías a compañeros que necesitaban ayuda con sus estudios, cobrando algo módico, sobre todo en época de exámenes.

Después de graduarme, mi plan era conseguir trabajo en mi área —hasta pensé en prepararme para ser profesora de literatura— y mudarme a un pequeño apartamento.

Vivir fuera durante la universidad es una experiencia que aprecio, que me enseñó mucho sobre mí misma y sobre cuidarme sola.

Pero entonces ocurrió todo el asunto de la editorial, y mis planes cambiaron.

Ahora podría dedicarme solo a escribir, pero la idea de mudarme se mantenía. Había vuelto a casa con la intención de organizar mi nuevo plan de acción; Claire y yo incluso habíamos empezado a ver opciones de apartamentos. Pero los planes volvieron a cambiar cuando apareció el acosador.

No voy a dejar que mis planes tomen otro rumbo distinto al que quiero.

Es seguro que mis padres me preguntarán por qué quiero irme tan lejos, por qué no me quedo en casa hasta que todo esto se resuelva.

Y la respuesta es porque necesito volver a poner mis piezas en su lugar.

¿Estoy huyendo? La respuesta es sí. Necesito poner distancia y seguir con mi vida.

He perdido el control de mi mente, de mis emociones, y necesito recuperarlo.

Por ahora no será una mudanza definitiva; puedo probar por unos meses, o un año.

Tal vez no logre adaptarme y quiera volver.

Cualquier cosa puede pasar. Es casi material para una novela.

Tocan el timbre y doy un pequeño brinco en la silla. Charlie me hace una señal para que me mantenga tranquila. Se acerca a la puerta, pero antes se asoma por una de las ventanas laterales.

—Es un repartidor —comenta.

—Si es para mí, tíralo a la basura, por favor.

Tomo mis cosas y subo las escaleras para encerrarme en mi habitación.

Dejo la laptop sobre la cama y me concentro en los ejercicios de respiración que me enseñó Lesley.

Cuando me siento más calmada, me acuesto y tomo el teléfono.

Busco las fotos de mi viaje a Seúl y las repaso una vez más.

Tengo tantas, y al verlas vuelvo a sentir aquella emoción que experimenté allí.

Mirando una de las fotos de la noche que cenamos en el restaurante con vista a la ciudad, noto algo que no había visto antes, en el reflejo de la ventana aparece Han Se hablando con su jefe, y la hermana de este tiene la mirada puesta sobre nosotros, está sonriendo.

Me incorporo de un salto, abro la laptop y, movida por la curiosidad, busco de nuevo la página de la agencia de seguridad.

Encuentro la foto del presidente de la empresa, anoto su nombre y lo busco en internet, pero solo aparecen un par de fotos.

Debe tener también un buen equipo de seguridad cibernética.

Escribo el nombre de su hijo, Park Tae Yang, y de igual forma solo encuentro unas pocas fotos y algunos artículos de periódico.

Sigo buscando hasta dar con una fuente más completa: un reportaje de revista sobre jóvenes empresarios publicado a inicios de este año.

En él mencionan cómo, a sus veinticinco años, es director de una de las empresas de seguridad más importantes del país, siguiendo los pasos de su padre. Hay fotos suyas de saco y corbata, y una donde aparece con su padre en un ambiente más relajado, en lo que parece una casa antigua.

No pensé que fuera tan joven; solo me lleva tres años. Pero claro, está heredando el imperio de su padre. Recuerdo cuando lo encontramos en el aeropuerto y nos acompañó hasta la puerta de embarque. Hay algo en él que me llama la atención.

Paso el resto de la tarde buscando cualquier rastro de información que se les haya escapado borrar.

Es domingo, y estoy terminando de arreglarme para mi cita con Claire.

Vamos a un restaurante de comida tailandesa; ella se ha propuesto probar toda la comida asiática que pueda.

Pensé que esa etapa ya había pasado —en la secundaria se propuso una vez aprender sobre comida del mundo, pero pronto se aburrió—, pero desde que le gustó la cultura asiática, la historia ha sido distinta.

Al llegar, como siempre, Charlie se ubica donde pueda vernos. Claire se levanta en cuanto me ve y me abraza.

—Parece que no te hubiera visto en años.

—Para mí es como si así fuera, Lani.

Nos sentamos y ella acerca uno de los menús.

—Hay comida realmente deliciosa aquí.

—La última vez que me reuní con Emily fuimos a Sokyo.

El comentario la hace cerrar el menú de golpe.

A Claire le encanta ese restaurante, pero está un poco fuera de su presupuesto para ir como quien va a un McDonald’s.

Yo la he invitado un par de veces, para celebrar algún logro, como cuando salió mi primera novela, o cuando ella recibió un reconocimiento por su trabajo.

—Odio a Emily. Siempre con sus carteras de diseñador, llevándote justo allí a comer.

Me rio por el tono que usa, una mezcla de celos y puro sarcasmo.

—La próxima vez le dices que me lleve también, para que tome notas de la reunión. Y no me digas que Charlie también comió allí.

Asiento con la cabeza. Ella se voltea hacia él y le hace una seña con los dedos, como diciéndole que lo está vigilando.

Pedimos la comida, y mientras esperamos me cuenta lo que ha hecho en los días que no nos hemos visto, aunque para mí es solo recordar alguno de los tantos mensajes que me escribe a diario.

—Creo que necesito vacaciones otra vez. ¿Cuándo volvemos a Corea?

—Ahora que lo mencionas... ¿qué pensarías si te digo que quiero mudarme a Seúl?

—Que sería lo más genial que podrías hacer.

Por su expresión, creo que piensa que le estoy jugando una broma. Nos quedamos unos segundos en silencio y ella me mira fijamente.

—Estás jugando, ¿verdad?

—No, hablo en serio.

Ella toma su vaso de agua y le da un gran trago.

—En verdad sería genial, pero ¿no crees que mudarte es una decisión un poco drástica? Puedes ir de vacaciones, quedarte unas semanas y volver. Aquí está tu familia. Estoy yo.

—Puede ser un año sabático.

—Ese maldito acosador te está haciendo tomar esta decisión. No puedes dejar que tenga tanto control sobre tu vida.

—No es tan fácil, Claire.

—No me puedo imaginar lo difícil que es todo esto para ti.