No quiero pedir perdón CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

¡No otra vez!

Siguiendo el consejo de mi psicóloga, he hecho un acercamiento. En el mes que lleva trabajando conmigo hemos logrado una relación bastante cordial. Ya me he acostumbrado a él. Charlie, así se llama el guardaespaldas que me cuida en casa.

Esta tarde iremos a reunirnos con Emily. Estoy trabajando en la revisión de mi novela y, aunque voy a buen ritmo, me he dado cuenta de que hay capítulos escritos antes de mi viaje a Corea que necesito pulir. Mezclar lo contemporáneo con lo histórico, y encima añadirle fantasía, no es tarea fácil.

La cita es para almorzar en Sokyo, un restaurante de comida japonesa que me encanta.

—¡Qué mejor lugar para celebrar que hayas terminado tu novela!

Nos abrazamos en la entrada. Como siempre, Emily luce muy elegante. Recuerdo la primera vez que nos vimos, cuando me recomendaron que lo mejor sería manejarme con un agente.

Aquel día salí corriendo de la universidad; se me había hecho tarde y no tuve tiempo de pasar por mi residencia a cambiarme.

Mamá me lo había advertido, incluso me dijo que llevara ropa de repuesto, y no le hice caso.

En mi sabiduría de mujer de veinte años, decidí ignorar sus consejos.

Creí que sería capaz de cruzar el campus, llegar al dormitorio, cambiarme y salir a tiempo.

Qué equivocada estaba. Las madres nunca fallan.

Por eso, cuando llegué al lugar de la reunión, la mirada de mi madre se paseó sobre mí, por mi cara sin una gota de maquillaje, la sudadera de la universidad, los jeans, que al menos no tenían ningún roto, y mis converse rojas.

—Por Dios, Leilani, te dije que te vistieras bien.

—Lo siento, mamá. La clase terminó tarde y no me dio tiempo de cambiarme.

Emily también me miró de arriba abajo y sonrió.

Por un momento me sentí fatal a su lado, ella, una mujer de más de cuarenta años, con un elegante vestido de aire vintage abajo de la rodilla, el cabello rubio recogido en un moño impecable, y bolso y zapatos de diseñador a juego.

Quería que me tragara la tierra al ver las fachas con las que había llegado.

—Mucho gusto, soy Emily Thomas —deslizó una tarjeta de presentación sobre la mesa—. Estoy muy feliz de por fin conocerte, Leilani.

—Igualmente. Ella es mi madre, Erina Smith.

—Mucho gusto, señora Smith.

—Solo Erina. Disculpe que mi hija se haya presentado así.

Emily volvió a sonreír.

—No se preocupe. Esto es solo una reunión para conocernos un poco más. Además, mi hijo mayor también está en la universidad, así que la entiendo perfectamente.

Desde ese momento supe que tendríamos una conexión especial, y no me he equivocado.

Veo a Charlie sentarse en la barra, en un lugar desde donde puede vernos y a la vez vigilar todo el restaurante. Uno de los meseros se acerca.

—Por favor, la cuenta del cliente que está en la barra, el de la chaqueta negra, me la cargan a mí —le indica Emily.

—Yo puedo pagarla, Emily.

—No te preocupes. Ahora cuéntame, ¿cómo vas con la revisión?

Lo pregunta con tono casual, mientras abre el menú sin prestarle mucha atención, pero me mira expectante.

—Voy dentro de mi tiempo. Sabes que me gusta escucharla mientras la reviso, y voy a buen ritmo.

—Me alegra mucho. Si necesitas más días, sabes que podemos correr un poco la fecha. Solo no le digas a Lily que te lo dije.

Ambas reímos.

—¿Has estado bien después de regresar del viaje?

—Sí. Incluso ya me acostumbré a la compañía de Charlie.

—No creo que deba repetirte que es por tu bien.

Ordenamos la comida, y veo que Charlie hace lo mismo.

Mientras esperamos, hablamos de cómo será la promoción del nuevo libro.

En realidad espero que a la gente le guste, será mi tercera novela con la editorial, y quiero que la historia realmente atrape a los lectores.

El miedo nunca desaparece; más bien crece, porque una quiere estar a la altura de quienes te leen.

Mis dos novelas anteriores fueron muy exitosas, algo que, para una escritora tan joven como yo, pone la vara muy alta para los próximos trabajos.

Cuando llega la comida, la conversación no se detiene.

Nos encanta hablar de libros. Emily me cuenta sobre los nuevos autores con los que trabaja y las novelas que saldrán en los próximos meses.

Antes de despedirnos, también hablamos del mercado editorial, no solo en Australia; me comenta que pronto viajará a Madrid para reunirse con varias editoriales.

En la salida le pido a Charlie que me lleve al centro comercial, quiero comprar unas cosas.

—Será una parada rápida —aclaro.

—No hay problema. Tómese el tiempo que necesite.

UUna vez allí, caminamos hasta la tienda donde quiero comprar unos artículos de surf que están en descuento. Todavía falta mucho para el verano, pero prefiero adelantarme. Claire y yo planeamos ir a Byron Bay en esa temporada.

Mientras doy una vuelta por la tienda, noto que Charlie se ubica muy cerca de mí, lo cual me extraña:,una de las cosas que le pedí fue que me diera espacio, y así lo había respetado hasta ahora.

Tomo varias cosas y él me ayuda a llevarlas a la caja. Mientras pago, no quita la mirada de la puerta. Al salir entiendo por qué... a cierta distancia de la tienda está parado aquel hombre. El mismo que hace unos meses me acosaba y me atacó.

Respiro hondo varias veces mientras Charlie me guía hasta el estacionamiento. Ya dentro del auto miro a todos lados, pero no hay rastro de él.

—¿Crees que nos siguió desde el restaurante?

—No lo creo. Más bien pienso que fue coincidencia. Lo vi parado frente a la vitrina con, quienes supongo, son sus amigos, y la vio a usted adentro.

—No me gustan estas coincidencias.

Abro y cierro las manos, que no paran de sudar. Regresamos a casa y Charlie informa a mis padres lo ocurrido. Ambos me preguntan si estoy bien, y lo único que puedo responder es que sí.

Me vuelco en la revisión de mi novela para mantener la mente ocupada después de aquel encuentro desagradable. Paso mucho tiempo en casa; antes dividía mis horas entre la oficina y alguna cafetería, pero ahora prefiero quedarme y evitar toparme de nuevo con ese hombre.

Eso me trae recuerdos de mis días en Seúl. Han Se me llevó varias veces a cafés cerca de donde nos quedábamos, algunos de esos locales donde la gente va especialmente a trabajar o estudiar. Me encantaban esos espacios.

Como viajamos en plena primavera, alcanzamos a ver las flores de cerezo.

Recuerdo una cafetería a la que me llevó Han Se, la mesa donde nos sentamos estaba junto a un ventanal, y afuera había un enorme árbol de cerezo.

Cada vez que el viento lo sacudía, una lluvia de pétalos se desprendía de él.

Esa escena, justo frente a mis ojos, terminó inspirando un pasaje similar en mi novela, ubiqué a mis personajes en un momento romántico bajo un cerezo, dentro de uno de los grandes palacios de la época.

Observo por la ventana, el día está soleado, pero sé que la temperatura ha bajado. Estamos en pleno invierno.

—Hoy es un buen día para tomar un café fuera de casa.

Llamo a Charlie para saber si está disponible. Le había avisado que estaría en casa todo el día, pero ahora tengo ganas de salir. Me dice que puede pasar por mí en una hora, tiempo suficiente para arreglarme y meter la laptop y mis libretas en una maleta.

Hacemos el recorrido en silencio hasta llegar a la cafetería, allípedimos café y unos pasteles, y nos ubicamos en una mesa.

Él saca un libro; yo, la laptop, las libretas y, lo más importante, mis audífonos.

Busco en el teléfono la aplicación que uso para escuchar mis textos mientras los reviso, y me pongo a trabajar.

No reparo en la hora hasta que noto que empieza a oscurecer. Son casi las cinco de la tarde.

—Lo siento, Charlie, se me pasó el tiempo.

—No se preocupe.

—Estoy lista para volver a casa.

En el camino le escribo a Claire para saber si nos vemos el fin de semana. Entramos a la calle donde vivo; ya se han encendido las farolas, ha caído la noche, y entonces, frente a mi casa, veo a un hombre parado al otro lado de la calle. Al pasar por el frente lo reconozco: es él otra vez.

Charlie se percata de inmediato, cubre la entrada de la casa con la camioneta y me pide que me quede dentro hasta que me abra la puerta.

Así lo hago. En cuanto me deja adentro, escucho el auto salir de la entrada y, aunque estoy muy nerviosa, me asomo por la ventana.

Veo a Charlie bajarse y, desde la acera, decirle algo al hombre.

Este solo lo mira, y al cabo de unos minutos se retira.

—¿Qué pasa, hija?

La voz de papá me hace soltar un grito; ni siquiera lo había sentido acercarse. Viene rápido hacia mí y me abraza.

—Todo está bien. Soy yo, papá.

—¡Ese hombre... estaba afuera! — es lo que puedo decirle mientras respiro hondo varias veces. Papá se separa, me mira, y luego mira hacia afuera.

—No te muevas de aquí.

Sale de inmediato y todavía alcanza a Charlie en la calle. Hablan un par de minutos antes de que Charlie se retire y papá vuelva a entrar.

—¿Se ha ido? —pregunto.

—Sí, ya se fue. Charlie le advirtió que estaba demasiado cerca, y que si daba un paso más hacia la casa, llamaría a la policía.

Lo que pensé que sería una tarde tranquila de trabajo se convirtió, en cuestión de un minuto, en un momento tenso y desagradable.

Y quiero que esto se acabe.

Mis nervios y mi ansiedad se han disparado en las últimas semanas.

Hace unos días tuvimos que llamar a la policía porque habíamos visto a ese hombre dos días seguidos frente a la casa.

Y, aunque mis padres insisten en que todo va a estar bien, sé que mi salud mental se está deteriorando otra vez.

He vuelto a tener pesadillas con el ataque, y me altero cada vez que suena el timbre.

Todo ha vuelto a ser como hace meses, cuando comenzaron a llegar los regalos.

Mis sesiones con Lesley son dos veces al mes, pero le escribo casi a diario contándole lo desesperada que me siento.

Hoy, aunque he intentado trabajar un rato, no logro concentrarme. Mamá me pide que la acompañe a hacer unas compras y, la verdad no me apetece salir, pero hago el esfuerzo. No puedo dejar que esto me detenga.

Se dice fácil, pero no lo es.

Salimos de casa Charlie, mamá y yo. Al llegar al mercado me pongo un poco ansiosa y miro a todos lados; mamá lo nota y desvía mi atención. En el camino de regreso me llama Claire para contarme algo que le pasó en el trabajo, y mientras hablamos me relajo por completo.

Pero toda esa calma se esfuma cuando llegamos y vuelvo a ver a ese hombre parado en la acera.

Mi cuerpo empieza a temblar y no sé si es miedo o rabia.

Decido que es rabia, y aunque Charlie me pide que no me baje del auto, lo hago, y camino a paso apresurado hacia él.

Mamá corre tras de mí para alcanzarme, pero tropieza y cae en la acera.

Charlie me alcanza a mitad de la calle y me sostiene con fuerza mientras yo grito.

—¡Maldito seas, déjame en paz, estás acabando con mi vida! ¡Te odio, maldito acosador! —grito con todas mis fuerzas—. ¡Olvídate de mí! Nunca voy a estar con un loco como tú. ¡Déjame en paz! Eres un maldito acosador. Deberías estar en la cárcel.

Charlie logra llevarme hasta casa. Mamá me abraza y no puedo dejar de llorar; mi cuerpo sigue estremeciéndose y no logro controlarlo.

Mamá termina llamando al servicio médico para que me atiendan. Me inyectan un calmante, y lo último que escucho antes de quedarme dormida es que eso me ayudará a relajarme y podré dormir.