No quiero pedir perdón CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Joseon

Kang Han Se nos recoge alrededor de las nueve de la mañana y nos lleva hasta el palacio. No puedo vivir la experiencia sin ponerme un hanbok, y aunque el lugar está lleno, Claire y yo esperamos con paciencia y, por supuesto, Han Se también. Aunque no logramos convencerlo de que se ponga uno.

Al entrar, a pesar de la multitud de visitantes, en mi mente todos ellos desaparecen y puedo ubicar a mis personajes en aquel lugar.

Saco de inmediato una de las tantas libretas que siempre llevo en mi bolso y comienzo a tomar notas.

Claire se dedica a tomar fotos mientras yo no logro dar más de un par de pasos antes de detenerme de nuevo para escribir algún detalle o idea que surge.

Nos vamos guiando con el mapa que conseguimos en la entrada y con la ayuda de Kang Han Se.

Es temprano, pero quiero aprovechar para ver todo con calma, y visitar al menos uno de los museos del palacio; me interesa el que contiene las reliquias de la dinastía Joseon.

Eso también nos dará tiempo para ver el cambio de guardia.

Le advertí a Claire antes de salir del apartamento que hoy sería un día largo.

Es distinto leer sobre un lugar a vivirlo, así que observo cada detalle de la estructura, sus sombras, hacia dónde caen los rayos del sol.

Me imagino a los personajes de mi novela moviéndose de un lado a otro, y eso me da pie para anotar en mi libreta algunas ideas sueltas que tal vez incorpore a la historia.

El palacio es realmente majestuoso.

Son casi las cinco de la tarde cuando regresamos al apartamento. Estamos tan cansadas que no saldremos más.

—Vamos a pedir pollo. Yo salgo a buscar unas cervezas.

—Claire, sabes que no debemos salir solas.

—Eso aplica más para ti que para mí. La tienda está aquí al lado, no voy a demorar.

En efecto, no tarda en volver. Trae unas cervezas y una botella de soju. Pedimos el pollo, que llega enseguida, y Claire baja a recibirlo.

Nos acomodamos en la mesa y cenamos mientras revisamos las fotos de nuestro día en el palacio.

—Mañana es mi turno. Vamos a Myeongdong, hacemos algunas compras y comemos en los puestos de comida callejera.

Es sábado por la noche. Ha pasado una semana desde que llegamos a Seúl, y ha sido realmente agitada.

Tanto que pensé que nos quedaríamos en el apartamento a descansar el fin de semana, pero Claire quiere ir a Hongdae de fiesta.

No soy muy de clubes, y cuando he ido ha sido siempre con ella.

Se podría decir que soy un poco aburrida en ese sentido.

Salimos del apartamento a las diez de la noche. El pobre Kang Han Se hoy trabajará hasta muy tarde. Para mi sorpresa, su compañero, el que nos recogió aquel día que caminamos por el barrio, también viene con nosotros.

Durante esta semana debo agradecerle a Kang Han Se el haberme hecho sentir cómoda con la idea de tener un guardaespaldas. Sé que es su trabajo, pero ha sabido adaptarse a nuestro ritmo y nos ha dado consejos y datos que han vuelto nuestras visitas una experiencia distinta.

Al llegar a Hongdae caminamos un poco antes de encontrar el lugar donde Claire quiere entrar.

Hay tantos locales como extranjeros haciendo lo mismo que nosotras.

La fila es una cosa de otro mundo, y aunque Claire está empeñada en entrar allí, Kang Han Se nos dice que su compañero conoce al dueño de una discoteca unas cuadras más adelante, donde nos dejarán entrar más rápido.

Claire les dice algo en coreano y luego me toma del brazo.

Al llegar hay una fila, pero más corta que en el local anterior, y uno de los guardias de la entrada le hace una señal a nuestro guardaespaldas. Pocos minutos después ya estamos dentro.

—Esto se llama tener conexiones —me dice Claire al oído, para que pueda oírla sobre la música.

Buscamos un lugar donde ubicarnos. Los dos hombres se quedan a una distancia prudente.

Al rato, Kang Han Se regresa con unas bebidas y las deja sobre la mesita cercana.

Le damos las gracias. El lugar tiene buena música y todos se mueven a su ritmo.

Claire se une de inmediato a la masa que baila, y yo la sigo.

Tenía tiempo sin hacer algo así.

No sé cuánto tiempo pasa, pero en algún momento un par de chicos se acercan y nos ofrecen tragos. Es una regla, aquí o en cualquier parte del mundo: no aceptar bebidas de gente que no conocemos, y menos si no vimos cuando las sirvieron. Al ver que no van a lograr nada con nosotras, se retiran.

—Claire, tienes que tomarlo con más calma.

Está bebiendo demasiado, y el porcentaje de alcohol en las bebidas de aquí es alto.

Por fin logro que pare un rato y se tome un vaso grande de agua que los chicos me habían traído.

Ir al baño es otra odisea, pero lo logramos. Aprovecho para ver la hora: las tres y media de la mañana.

—Claire, creo que ya debemos irnos.

—Pero si es temprano —las palabras le salen atropelladas—. Estamos en Seúl, vamos a bailar y beber hasta el amanecer.

—No, Claire, nos vamos a casa ya. También debemos tener consideración con Kang Han Se y su compañero. Deben estar cansados.

En medio de su estado, parece entender lo que quiero decirle. A Claire le gusta la fiesta, pero desconsiderada con los demás no es, ni borracha.

Cuando salimos del baño, Kang Han Se nos espera afuera. Me acerco para decirle que nos vamos. Él saca su teléfono y envía un mensaje, me imagino que a su compañero, para avisarle, y luego me ayuda con Claire, que va bastante mareada. Logramos salir del local y caminar hasta donde nos esperan.

Me siento aliviada de que no estemos las dos solas. Al principio pensé que sería como pasar de una cárcel a otra, pero no ha sido así. Me he sentido tranquila, y aunque sé que ellos están aquí para trabajar, lo he vivido de otra forma. Realmente nos han hecho sentir muy cómodas.

Claire se acomoda sobre mi hombro y pienso que se ha dormido, pero despierta de golpe, tanto que me asusta, se quita el cinturón y se ubica entre los dos asientos delanteros, como los niños pequeños cuando viajan con sus padres.

—Oppa…

Solo entiendo esa primera palabra, porque ella me ha explicado cómo se usa.

Se dirige a Han Se, y ambos sostienen una conversación.

Lo veo sonreír, y aunque me da un poco de vergüenza el nivel de confianza, recuerdo que está borracha.

Tal vez mañana se arrepienta, tal vez no.

Después del intercambio, del que no entendí una sola palabra, ella vuelve a acurrucarse a mi lado y se queda dormida.

Claire y yo no somos de esas amigas que crecieron juntas en el mismo vecindario o que se conocen desde el kínder.

Fuimos compañeras de salón en la secundaria.

Desde que la conocí he pensado que no le teme a nada ni a nadie.

Es alegre, extrovertida, una mariposa social; en varios sentidos, mi opuesta total.

Tal vez por eso nos llevamos tan bien. Siempre pasa que en el círculo de amigos hay alguien que encaja a la perfección contigo, aunque cada uno esté parado en el extremo opuesto.

Antes de llegar al apartamento nos detenemos frente a una tienda de conveniencia y Han Se se baja. Regresa pocos minutos después con una bolsita, y continuamos el trayecto.

Al llegar al edificio entramos al estacionamiento subterráneo. Ambos hombres bajan y nos ayudan a abrir la puerta. Claire está profundamente dormida, así que Han Se me pide disculpas y la toma en brazos para llevarla, no sin antes entregarme la bolsa de la tienda.

—Son bebidas para la resaca.

Sonrío. Me encargo de las puertas y el elevador. En el apartamento lo acompaño hasta la habitación de Claire. La deja sobre la cama. Antes de que se retire, le doy las gracias de nuevo.

—Mañana nos quedaremos en casa. No creo que ella esté en condiciones de salir.

—Está bien. Si de todas formas desean salir, me pueden llamar.

—No sé qué les dijo Claire en el camino, pero le pido disculpas si algo pudo ofenderlos.

—Tranquila. Solo nos contaba lo mucho que le había gustado el lugar, y le dijo a mi compañero que deberían salir de fiesta juntos alguna vez, porque seguro tiene muchos contactos.

—Creo que una noche de fiesta fue suficiente —musito.

—Buenas noches —hace una leve inclinación antes de retirarse.

Aunque me acosté casi a las seis de la mañana porque tuve que cambiarle la ropa a Claire, darme un baño y por fin acostarme, unas horas de sueño profundo me bastaron.

Me levanto con una sola idea: escribir.

Me cepillo los dientes, me lavo la cara y tomo mis libretas y la laptop.

Acomodo todo en la mesa de la sala y pongo la cafetera.

Desde que llegamos a Seúl he escrito a diario y tomado notas sobre cada lugar que visitamos.

Sé que tendré que hacer varios cambios en la historia, pero eso lo dejaré para la edición; ahora quiero seguir avanzando.

Aprovecho la calma de la mañana y empiezo a escribir.

Nos quedan diez días de viaje. Iremos dos noches a Busan, regresaremos, y después pasaremos tres noches en la isla de Jeju. Estoy segura de que el ambiente de ambos lugares me ayudará a escribir lo que aún le falta a mi novela.