No quiero pedir perdón CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

Miedo

Son casi las seis de la tarde cuando el timbre de casa suena de forma insistente.

Estoy sola y mis padres me pidieron que no le abriera a nadie, pero el ruido no me deja concentrarme.

Antes de abrir pregunto por el intercomunicador y, como me lo imaginé, es un repartidor.

Después de insistir durante un rato en que lo que trae lo tiene que entregar personalmente, logro convencerlo de que lo deje en la puerta.

Espero un rato prudente antes de abrir e ir por él.

Una caja de rosas rojas. Sé que no debo hacerlo, pero busco la nota.

Me lastimas cada vez que las pones

en la basura.

Muy pronto estaremos juntos.

Los ojos se me llenan de lágrimas, siento ganas de gritar y no me reprimo porque, tal vez, en algún lugar cercano, él está observando. Abro la caja y comienzo a estrellar las flores contra el suelo mientras grito con todas mis fuerzas, estoy cansada de esta situación.

No sé cuánto tiempo ha pasado. Estoy sentada en la entrada rodeada de pétalos de rosas y mis padres me ayudan a levantarme y, en medio de la bruma que me ciega, no entiendo lo que me dicen.

Minutos después estoy en mi habitación y mamá intenta hacerme reaccionar para que me quite la ropa y me meta a la bañera.

Me acompaña hasta el baño y me ayuda a despojarme de todo lo que llevo puesto.

Me siento aletargada. No puedo llorar más. Estoy completamente seca.

Todo esto comenzó hace seis meses. La primera vez que llegaron flores a la oficina de la editorial, me sentí halagada.

Desde que había decidido dedicarme a escribir a tiempo completo, era la primera vez que alguien, que no fueran mis padres o uno de mis amigos cercanos, tenía un detalle conmigo.

La tarjeta venía cargada de palabras bonitas que, en ese momento, me llenaron el corazón y me hicieron pensar que había tomado la mejor decisión.

—Parece que tienes un lector o lectora que te admira mucho —dijo mi editora, entregándome la caja con rosas rojas—. Estoy segura de que llegarás muy lejos, Leilani. Eres joven y talentosa y tu carrera apenas inicia.

Habían pasado casi dos años desde que había firmado el contrato con una de las editoriales más grandes. Nunca pensé que algo así podría pasarme, pero sucedió. Ya se habían publicado dos de las novelas que había escrito.

Pero lo que al inicio fue para mí un lindo gesto, poco a poco se fue convirtiendo en hostigamiento. Las flores comenzaron a llegar a mi casa junto a costosos regalos, acompañados de notas que ya no hablaban de admiración, sino que tomaban un tono mucho más personal. Hablaban de amor e intimidad.

Nadie lograba entender cómo había dado con algo tan íntimo como mi dirección.

Cuando firmé el contrato con la editorial, una de las cláusulas establecía que yo seguiría manteniendo mi vida privada de esa forma, por lo que usaría un seudónimo para publicar mis novelas.

No haría apariciones públicas. Quería seguir saliendo con mis amigos y divertirme sin que nadie me reconociera.

Estaba siendo ambiciosa, lo sé. Tal vez mis libros no se venderían como ellos lo proyectaban, y eso también me daba otro motivo para mantener mi anonimato.

Si todo salía mal, muy pocas personas sabrían que era yo.

En el último año, una de mis novelas ya había sido traducida a otro idioma y las ventas iban en aumento. En la editorial bromeaban diciendo que el halo de misterio que rodeaba a la escritora Chloe Ross también contribuía a las ventas.

Pero, a pesar de mis esfuerzos, esta persona había logrado llegar hasta mi espacio personal. Cuando los regalos comenzaron a llegar con más frecuencia, pusimos una denuncia en la policía. Algo que no progresó, ya que esta persona nunca se había acercado a mí.

Mis padres tomaron medidas e instalaron más cámaras de vigilancia en nuestra casa, y solo podía salir con ellos o en compañía de alguno de mis amigos.

Evitaba salir sola. Pero debo confesar que en muchas ocasiones me sentí encarcelada.

Quería la libertad de salir de casa, sentarme en algún café y desconectarme del mundo mientras escribía.

Esta persona había acabado con esos momentos y estaba comenzando a hacer mella en mi salud mental.

Hoy tengo una reunión con la editorial para hablar sobre mi siguiente novela. Mi madre me va a acompañar y nos encontraremos con mi agente también.

Camino al edificio de la editorial, alcanzo a ver la Ópera de Sídney. En una de mis novelas, la primera que escribí, mis personajes se conocen allí, por lo que ese lugar ocupa un espacio muy especial para mí.

Al llegar, vamos directo a la oficina de Lily, mi editora, antes de reunirnos con el resto de las personas con las que debemos hablar. Uno de los empleados nos acompaña y nos ofrece algo de tomar. Allí nos encontramos con Emily, quien es mi agente.

—Leilani, ¿cómo estás? Tu madre me contó lo que pasó hace unos días.

Emily me abraza. Hemos trabajado juntas desde que firmé mi contrato, y la aprecio demasiado. He aprendido mucho trabajando con ella.

—Me siento bien, pero mi trabajo está atrasado.

—No te preocupes. Estoy segura de que entenderán la situación y podremos correr un poco tu fecha de entrega. Es un trabajo que requiere mucha investigación y lo sabes.

—Estoy consciente de ello, pero me gusta el rumbo que le estoy dando. Y mis personajes serán muy diferentes a los que he escrito antes. Sueno como si hubiera escrito cien novelas. —Nos reímos—. Sé que es una propuesta arriesgada, pero quiero hacerlo.

—Y yo confío en que lo harás muy bien. Estoy muy emocionada por este nuevo proyecto.

Estamos tan metidas en el trabajo, hablando sobre los detalles de la novela, que nos tienen que recordar la reunión.

—Gracias a todos por su tiempo —inicia una de las encargadas de la editorial—. Qué gusto tenerte hoy con nosotros, Leilani. Emily, gusto en verte también.

Emily toma la palabra.

—No me gusta la idea de iniciar esta reunión con una nota negativa, pero todos los aquí presentes conocen la situación por la que Leilani está pasando.

Antes de pasar al siguiente proyecto, referente al primer manuscrito, lo más seguro es que no lleguemos a la fecha pactada, por lo que debemos ajustar los tiempos.

Miro alrededor de la sala y la mayoría luce preocupado. No sé si es por el acosador que me está molestando o porque la fecha de publicación se puede retrasar.

—El nivel de estrés al que está siendo sometida no es el ideal para su proceso creativo —agrega Emily.

—Lo siento de verdad, pero no está en mis manos. Ya pusimos la denuncia. Esta persona solo ha estado enviando regalos y nunca se ha acercado a mí... o tal vez sí lo haya hecho sin que yo me diera cuenta.

—Lo entendemos, Leilani, y vamos a revisar el cambio de fecha —dice Lily, mi editora, que está sentada a mi lado. Toma mi mano y la aprieta.

—Trataré de tener el borrador listo en la fecha indicada.

Emily me mira, preocupada.

El aire pesado me indica que es momento de desviar el tema, así que decido hablarles sobre la historia. Eso logra que el ambiente cambie por completo.

Al terminar la reunión Emily, mamá y yo nos quedamos en la sala de juntas.

—Mientras hablabas de la novela estuve pensando que sería buena idea que cambiaras de aires. ¿Qué te parece si te vas un tiempo a Melbourne? Puedo conseguir un lugar donde estén cómodos y lejos de ese idiota. Así podrás trabajar más tranquila.

—No quiero ser una molestia.

—No lo eres. Soy tu agente y puedo hacer esto y más por ti.

Antes de salir de la oficina ya he aceptado la oferta. Como me dijo Emily, cambiar de aires me puede ayudar a relajarme.

Al regresar a casa voy directo a darme un baño para luego encerrarme en mi espacio a escribir. El hecho de poder salir de casa un tiempo y moverme con tranquilidad en otro espacio me impulsa a escribir por un rato.

He ido a Melbourne un par de veces con mis amigos. Me entusiasma la idea de descubrir algún nuevo café donde pasar horas escribiendo.

Abro mi laptop y me coloco los auriculares. Es hora de escribir.

Melbourne

Emily consiguió una casa que es perfecta. Tiene muchas paredes de cristal y una vista espectacular del río Yarra. Habitaciones muy amplias y también un estudio donde puedo trabajar.

El día que llegamos, mis padres y yo salimos a pasear, y en el camino vi algunos restaurantes y cafés a los que podría regresar en algún momento si quería escribir un rato en otro lugar. Después de varios meses de sentirme vigilada, por fin podía ser libre.

Lejos de aquella persona.

Mi novela tomó buen ritmo después de unos días. Estoy realmente inspirada. En esta novela he tenido un proceso de investigación y documentación bastante extenso, pero estoy segura de que valdrá la pena, y cuando pueda poner la palabra fin seré una mujer feliz.

Hoy es un buen día para salir un rato, por lo que me arreglo y le aviso a mamá. A ellos también les ha hecho bien salir de casa. Sé que están haciendo muchos sacrificios por mí y se los agradezco. Y también soy consciente de que estos últimos meses han sido desgastantes para ellos.

Mientras camino por la vía que bordea el río, trato de poner mi mente en blanco y disfrutar del lugar.

Necesito despejar mi mente por un rato. No quiero pensar en mis personajes, ni en la próxima escena que quiero escribir.

Solo quiero disfrutar del paseo. Me gusta detenerme a apreciar el paisaje y observar a la gente.

Me detengo durante un rato en una pequeña cafetería que vi el otro día.

Pido un café y un trozo de pastel, y me siento en una de las mesas de la acera.

Hacer esto me llena de energía. Es como volver en el tiempo, antes de que el acosador irrumpiera en mi rutina e hiciera imposible llevar una vida normal.

Todos a mi alrededor se mueven en diferentes direcciones y yo solo disfruto de este momento para mí.

Al regresar a la que ha sido mi casa en los últimos días, me siento lista para sentarme y seguir escribiendo. Antes de iniciar mi siguiente sesión le envío un mensaje a Emily para contarle de mi progreso.