¿La he cagado? ¿O no?
Cuando Klaus y su familia llegaron a casa de Dietrich, él se sentía reventado física, mental y anímicamente.
Zu había encargado unas pizzas y había propuesto a sus hijos y a su exmarido que fueran a ponerse el pijama, que ella se ocuparía del resto.
Klaus fue a su cuarto y se tumbó en la cama.
Estaba tan cansado que sentía que no tenía ni fuerzas para cambiarse.
Desde que se le habían escapado las palabras «te quiero», estaba un poco rayado. ¿Goa lo habría oído? En el caso de que sí…, ¿qué debía de haber pensado? Miró el teléfono y vio que tenía mensajes de Víctor:
Víctor:
¿Cómo ha ido, bro?
¿Cómo estás?
Klaus:
Un palo, bro.
Víctor debía de estar aburrido mirando el móvil porque respondió enseguida:
Víctor:
Me lo figuro…
Klaus:
Y ha pasado otra cosa.
Me ha llamado Goa.
Víctor:
¿Y qué y qué? ¿Habéis
hablado mucho rato?
A Klaus le daba mucho palo contárselo por escrito, así que grabó una nota de voz:
Klaus:
Todo iba bien. Me estaba
como animando, diciéndome
cosas que realmente me
ayudaban y en ese momento
me he sentido tan comprendido
y tan cerca de ella y tan
agradecido que el imbécil
que llevo dentro va y le dice:
«Te quiero». Tío, que se me
ha escapado… ¡No sé
cómo me ha pasado!
Víctor también pasó de escribir: el chat se había puesto muy interesante.
Víctor:
¿Que has hecho qué?
¡Tío, qué agallas! ¡Y por
teléfono! Eres mi héroe,
abriéndote de este modo.
Klaus se cansó de hacer notas de voz. Esa conversación se merecía una videollamada. Sentía que necesitaba el consejo de su amigo. Al cabo de nada, vio a Víctor con una camiseta sin mangas y la frente sudada:
—Pero ¡qué dices! ¿Cómo que héroe? Se me ha ido la olla o algo… Estaba tan a gusto con ella que me ha salido así. ¿¿¿La he cagado o no???
—¿Y por qué tendrías que haberla cagado? Es lo que sentías en ese momento, ¿no? Pues tranqui…
— Pero quizá ella pasa de mí o imagínate que ahora está saliendo con Leo o ¡yo qué sé! ¡Y yo, que soy burro, voy y le digo que la quiero! Tiene que haber flipado. Después he intentado disimular con otra palabra, pero creo que ha sido demasiado tarde. No creo que haya colado.
—¡No te rayes, bro! Además, la puedes querer como amiga… Quiero decir que hace muchos años que os conocéis y que sois amigos y a los amigos también se los quiere. O al menos eso es lo que espero que hagas conmigo… Y ahora que lo pienso… ¡A mí nunca me has dicho que me quieres, qué jeta!
—¡Anda, cállate, tío!
—¡No, cállate, no! ¡Quiero que me digas si me quieres! Ja, ja, ja, ja… Vengaaa…, ¡ahora no te cortes!
— ¡¡¡YA HA LLEGADO LA PIZZA!!! —oyó Klaus que chillaba su madre desde el comedor.
—Qué cringe , bro… ¡Venga, para! Que me tengo que ir a cenar.
—¿A cenar? Pero ¡si son las seis y aún hace sol! ¡Si yo me acabo de zampar una merienda de campeonato!
—Ya, Víctor, pero es que en Berlín se cena a la hora de merendar de toda la vida… Es lo que hay…
—¡Mira que sois rígidos los alemanes! Aunque haga un sol que flipas, os ponéis a cenar a media tarde… Yo es que no lo entiendo, bro, te lo juro. ¡Mira que molan las cenas de noche cuando hace calor!
—Bueno, ahora no vamos a cambiar tú y yo las costumbres de media Europa, ¿no te parece? Bueno, te dejo. ¡Que vaya bien!
—¡Igualmente! ¡Y que vaya bien mañana el funeral!
—¡Gracias!
«¿Cómo se hacía para que un funeral fuera “bien”?», se preguntó Klaus. Por unos instantes, había olvidado que al día siguiente sería el funeral de su abuelo. Qué raro era, en un momento tan intenso y triste, poder también sentir alegría y bienestar hablando con Víctor o Goa…
Antes de colgar, Klaus añadió:
—Y, ey, bro, que te quiero. —Y pararon la videollamada riendo.