No puedo más, Goa: ¡Ya basta, por favor! (Me llamo Goa 11) Te quiero
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Te quiero

En el tanatorio, Klaus había tenido que saludar y hablar con gente que hacía mucho tiempo que no veía: los hermanos de su abuela, unos primos segundos que también vivían en Berlín, amigos de su padre y un largo etcétera.

Se le estaba haciendo pesado y ya no sabía qué decir porque él, de lo que tenía ganas, era de estar solo con sus padres, su hermano y su abuela y poder llorar tranquilo o hablar de cosas del abuelo que le hacían ponerse de buen humor.

No tener que estar oyendo cosas como «Mi más sentido pésame» o «Siento mucho la muerte de tu abuelo».

Ya sabía que se había muerto y no hacía falta que cada persona que lo saludaba se lo recordara.

Su madre, que se había dado cuenta, le dijo:

—Puedes salir un rato afuera, si lo necesitas.

—Gracias. —Klaus agradeció que Zu se diera cuenta de que necesitaba tomar el aire.

No había terminado de cruzar el umbral de la puerta que daba a la calle cuando le empezó a vibrar el móvil. Era Goa, que lo llamaba por WhatsApp.

—Hola, ¿qué pasa? Ahora sí que puedo hablar.

Perdona que haya tardado tanto en responderte, pero es que no tengo las gafas y no veo NADA de lo que me mandáis por mensaje.

No te lo pierdas: he tenido que pedirle a mi madre que me leyera lo que habías escrito.

Me ha dado mucha rabia tener que enseñarle mis mensajes, pero es que a ver…

Era mucho peor enseñárselos a Claudia y que me tuviera que ayudar ella.

Klaus percibió de inmediato que en ese momento los dos estaban viviendo situaciones muy distintas : Goa estaba inquieta, hablaba rápido y sin parar, y él estaba destrozado.

—Es que ¿sabes qué? En el Shambhala, las gafas me han salido volando.

Menuda loser , bro… ¿Te lo puedes creer?

¡Mira que lo sé, eh! Pues no he caído y ahora voy cegata perdida…

Pero lo peor es que estaba en la atracción con Claudia y, cuando se ha dado cuenta, la tía no paraba de reírse…

¡Y yo cagándome en todo! Me ha dado una rabia que flipas…

Pero luego, delante de mi madre, me ha defendido.

Te juro que no sé cómo pillar a esta tía…

Tan pronto me odia como me defiende, ¿no te parece superraro?

—Al otro lado del teléfono, Klaus escuchaba a Goa pero sin decir nada—. ¿Klaus? ¿Me oyes? ¿Klaus?

—Goa, siento decirte esto ahora que estás en el parque de atracciones, pero es que… es que ya estamos en Berlín… —Y se echó a llorar.

—¿Klaus? ¿Por qué lloras? Klaus… Lo siento… Y yo aquí hablando sin parar… Perdóname… Te tendría que haber preguntado… ¿Cómo está tu abuelo?

—Mi abuelo ha muerto esta madrugada. ¡No puedo más, Goa!

—Ay, qué pena… Lo siento mucho… —Goa quería que se la tragara la tierra. Klaus estaba hecho polvo por la muerte de su abuelo y ella hablándole de unas gafas voladoras.

Se calló un rato para dejar que Klaus se desfogara. ¿Sabría su madre que el abuelo de Klaus se había muerto? No le había dicho nada… Luego se lo preguntaría, pero si era así y no se lo había dicho, «Ya le vale», pensó Goa. Cuando creyó que Klaus la podía escuchar, le dijo:

—Klaus… Estoy contigo, aunque nos separen muchos kilómetros.

Siento que tu abuelo se haya muerto, pero créeme, sigue dentro de ti.

Mi abuelo Sebastián se murió y yo aún lo siento muy presente y a veces, cuando me fallan las fuerzas, le hablo y estoy segura de que me ayuda desde allá donde esté.

El tuyo también lo hace, de hecho, seguro que lo está haciendo ahora mismo.

Lo tienes contigo en todo momento y podrás contar con él toda la vida, aunque físicamente no esté.

Estoy segura. Le tienes que hacer un hueco en tu interior y entonces el duelo se te hará más soportable, créeme.

Klaus la escuchaba y se preguntaba cómo podía decirle todo aquello una niña de trece años. A veces parecía mucho más madura que él, que no tenía ni idea de qué hacer con la muerte de su abuelo ni qué hacer con el dolor que le provocaba. Escucharla lo consolaba.

—No te quería estropear el día… Perdona.

—Eso ni lo digas… Me encanta que hayas querido hablar conmigo en estos momentos, de verdad… Puedes contar conmigo siempre.

—Es que estoy hecho polvo… —Klaus sentía que con Goa podía mostrarse tal y como era y no tenía que fingir nada.

—Es normal y está bien que te sientas así…

Ya sé que no le gusta a nadie, pero ¿cómo quieres estar tras la muerte de una persona importante para ti?

Es normal… No pasa nada… Puedes estar triste y puedes llorar…

No te aguantes las lágrimas, que a veces los chicos vais de fuertes y entonces se os hace un tapón ahí dentro que estáis a punto de explotar…

—¿Cómo lo sabes?

—Porque no sería la primera vez que lo veo. De verdad, está bien estar mal a veces. Tienes derecho a sentirte como te sientes.

—Gracias. Goa, te quiero.