¿Que qué?
Claudia no había tenido tiempo de preguntar qué le habían hecho a Diego cuando la madre de Goa soltó la pregunta:
—Goa, ¿qué haces sin gafas?
Ella no sabía cómo contárselo. Se sentía tan estúpida de no haberse agarrado las gafas con las manos y haberlas protegido de salir volando del Shambhala…
—Eh… Las… Las he…
—¿Dónde están? —Julia se estaba poniendo nerviosa.
—Las he perdido.
— ¿Que qué? —Su madre no terminaba de comprenderlo—. ¿Cómo que las has perdido?
—Sí… Es que… se me han volado.
—¿Cómo?
—Que en la atracción no he pensado en quitármelas y han volado y claro… Imposible encontrarlas.
— ¿QUE QUÉ? Pero ¿¿¿tú sabes cuánto valen tus gafas??? —Julia acababa de subir el tono de voz.
—¡Mamá, soy la primera a quien le da una rabia tremenda no haberlo pensado! ¿Tú te crees que no me sabe mal? ¿O que quería que se me volaran? ¡¡¡Ahora no veo NADA!!!
—¡¡¡Es que no me puedo creer que no te las hayas quitado!!! ¡Valen un pastizal con el astigmatismo que tienes! Las tienen que hacer expresamente y ahora, encima, van a tardar en tener los cristales nuevos.
Goa hundió los hombros. Sabía que le caería un sermón y le daba mucha rabia que fuera delante de Claudia y de Diego porque eso la hacía sentirse aún peor.
— No ha sido su culpa —dijo Claudia, de repente.
—¿Qué quieres decir? ¿No ha sido ella quien no se las ha quitado? —preguntó Julia, interesada.
—En la cola, unos se han empezado a pelear porque creían que otros se estaban colando y cuando nos ha tocado subir ha sido muy caótico…
Yo tampoco me he acordado de agarrar bien el teléfono y por poco se me va volando.
Ha ido todo tan rápido y con tanto lío que nos ha pillado por sorpresa.
—¿Claudia acababa de mentir por Goa? ¿Eso era real? Goa estaba alucinando.
—Pues qué mala suerte —dijo Pablo—. ¿Y no tenéis otras gafas de mientras?
—Tengo unas con las que no veo muy bien porque la graduación no es la correcta, pero, claro, están en casa.
—Bueno, pues ya sabes qué nos va a tocar mañana: ir a buscarte otras gafas…
—Ya, no sé… Trabajaré en verano para ayudaros a pagarlas —ofreció Goa, sintiéndose muy culpable.
—Tranquila, siento si te he hablado mal, pero es que no me lo podía creer —se disculpó su madre.
—Venga, vayamos a subir a alguna atracción, que yo lo único que he hecho por ahora es ir a la enfermería.
—Diego llevaba un esparadrapo en la ceja, pero no le habían puesto puntos.
Le estaba saliendo un moretón en la mejilla y tenía arañazos en la palma de una mano y en las dos rodillas.
Pero ya estaba totalmente activo y volvía a moverse enérgicamente, como si le hubieran vuelto a dar cuerda.
—¡Venga, vamos! —Pablo también estaba harto de conversar—. ¿Dónde queréis subir ahora?
Mientras Diego proponía su opción, Claudia y Goa se quedaron un poco rezagadas.
—¿Por qué has mentido para defenderme?
—Porque me has dado pena… Tampoco lo has hecho a propósito y tu madre te estaba pegando tremenda bronca… Pero, si no querías, le digo que me lo he inventado.
—No, no hace falta… Gracias.
—De nada, pero no te acostumbres. Aún estoy enfadada por haber dicho por redes que yo era el fucking demonio.
—Otra vez no, por favor —le suplicó Goa, que no quería recibir otro sermón aquella mañana.