No puedo más, Goa: ¡Ya basta, por favor! (Me llamo Goa 11) ¿Cómo dices adiós cuando no quieres decir adiós?
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¿Cómo dices adiós cuando no quieres decir adiós?

El padre de Klaus estuvo ocupado toda la mañana con papeleo y tomando decisiones con su hermana y la abuela de todo lo que tocaba a partir de ahora hasta el funeral del abuelo.

Zu, que junto con sus hijos se había quedado a dormir en casa de Dietrich, preguntó a Klaus y a Marcus qué les apetecía hacer esa mañana.

— Nada… No tengo ganas de nada , y tampoco puedo quedar con Hans; están en clase —dijo su hijo mayor.

—Lo entiendo… Pero podemos hacer algo.

—Mamá, y ahora ¿qué? ¿Qué tendremos que hacer? —Marcus quería más información.

—Por la tarde podremos ir al tanatorio y la gente que quiera dar el pésame vendrá a vernos allí… Mañana por la mañana también y al mediodía se hará el funeral allí mismo.

—¿Y nosotros qué tenemos que hacer? —Marcus no lo terminaba de entender.

—Tampoco tenemos que estar allí todas las horas, pero sí que tendremos que ir en algún momento y estar mañana para el funeral.

Es como que se prepara todo para decir adiós al abuelo.

Y cuando termine, iremos todos a casa de la abuela e invitaremos a quien venga a comer y a tomar algo.

—Zu tampoco sabía cómo explicar bien del todo las costumbres que se seguían cuando alguien moría.

Ella, seguramente, haría otra cosa, más alegre, más divertida…

Pero a menudo los funerales no eran alegres para nada y también era comprensible.

— ¿Y cómo se dice adiós cuando no quieres decir adiós? —preguntó Klaus y se hizo un breve silencio. Zu entendía a su hijo y le daba mucha pena…

—A mí, sinceramente, me gusta pensar que no es un adiós, sino que hacemos el funeral y nos encontramos para celebrar la vida que ha vivido.

No hace falta que le digas adiós si no quieres, Klaus.

El abuelo puede estar muy vivo dentro de ti y que lo recuerdes con fuerza; puede ser como un motor que te da energía cuando te flaqueen las fuerzas.

Tú decides qué lugar quieres que ocupe el abuelo dentro de ti a partir de ahora. Y ese sitio puede ser muy bonito.

—Yo quiero tener al abuelo dentro, no quiero olvidarlo nunca —dijo Marcus y rompió a llorar otra vez.

—No lo vas a olvidar. No lo vamos a olvidar.

Klaus, al escuchar esas palabras de su madre, se fue al baño a secarse las lágrimas y a limpiarse los mocos que le volvían a caer.

Cerró la puerta y miró el móvil: tenía tantas ganas de explicarle lo ocurrido a Goa…

Pero le estropearía el día en el parque de atracciones…

o quizá no. Quería hablar con ella. Necesitaba hablar con ella. Así que le mandó un mensaje:

Klaus:

Hola. ¿Puedes hablar?

Ninguna respuesta inmediata. Goa no podía mirar el teléfono en ese momento, estaba respirando hondo para no saltarle a la yugular a Claudia y obligarla a dejar de reír a la fuerza.

—¿Quieres parar? ¡A mí no me hace ninguna gracia! —Goa parecía MUY preocupada y Claudia se dio cuenta.

—Perdona, pero es que me ha dado risa… Me imagino tus gafas azules volando a lo lejos… ¡Quizá han acabado en el mar con lo rápido que íbamos!

—Uy, sí, qué gracia.

—¡Que no me estoy riendo! Lo siento. Me sabe mal que las hayas perdido.

—Y ahora, encima, ¡no veo NADA!

—¿No ves?

—No, nada… Bueno, veo formas, siluetas…, pero no veo claro, está todo borroso, ¡es una mierda!

—¿En serio? Ja, ja, ja… ¡Qué bueno! ¿Quieres agarrarme del brazo para no caerte? En plan…, ¿como si estuvieras ciega?

—¡¿Quieres parar de cachondearte de mí?! Si no paras, ¡te juro que…! —Goa empezaba a perder la paciencia. Claudia se dio cuenta de que la hija de Julia, cuando quería, ¡también tenía mucho carácter!

—No, que te lo digo en serio… Si no ves, ¡te puedes agarrar a mí!

—¡Ni de coña!

—Oye, ¡que no muerdo, eh!

—Te lo estás pasando bomba viendo que soy una loser , ¿verdad? Después de lo del vídeo, debes de pensar que es el karma, ¡que me lo devuelve y se me lleva las gafas! ¡Tienes que estar disfrutando de lo lindo!

Claudia sintió pena por Goa por primera vez desde que la había conocido. Notaba su inquietud y su preocupación y, no, no se alegraba porque había podido empatizar un poco con ella. Ya estaban en la salida de la atracción cuando Claudia le dijo:

—Oye, para un momento… No me alegro de que hayas perdido las gafas. Lo siento. Y siento haberme reído.

Por primera vez, Goa pensó que quizá no era tan estúpida como ella creía. Pero aún no pensaba fiarse y no respondió nada.

Justo entonces oyó de lejos la voz de Diego que decía:

—¡Goa! ¡Claudia! ¡¡¡Papá, están ahí!!!

«Ahora me va a caer una buena bronca», pensó Goa, y prefirió mirar el móvil. Veía que había un mensaje, pero no leía prácticamente nada. ¡¡¡Menuda mierda!!! ¿Quién le habría escrito? ¿Qué decía?