No puedo más, Goa: ¡Ya basta, por favor! (Me llamo Goa 11) ¡Bendito chat de amigo!
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¡Bendito chat de amigo!

¿Cómo era posible que ese día hubiese TANTA gente en el parque de atracciones y las colas fuesen TAN largas?

Claro, como era festivo, todo el mundo había tenido la misma idea brillante: ir a PortAventura, subirse a las atracciones de agua…

y al Shambhala. OH, NO. La cola era eterna y había tanta gente que el rato que Goa y Claudia tenían que pasar juntas les suponía un auténtico calvario.

Por suerte para las dos, tenían teléfonos móviles.

La hija de Pablo se puso a hablar con sus amigas y les contó por mensaje que tenía que estar con la hija de la novia de su padre, a quien no soportaba: «Sí, la del vídeo en el que me llamaba demonio, ¿sabéis quién os digo?

», les explicaba, para ponerlas en contexto.

Goa, por su lado, hablaba con sus amigos:

Goa:

Flipad. Estoy en la cola del

Shambhala sola con Claudia.

¿Puede haber algo peor?

Bruno:

Sí, estar en la sala de espera

esperando a que te pinchen

un sensor en el brazo.

Goa:

Vaya… Perdona, Bruno.

Definitivamente estar en un

parque de atracciones

es mejor, tienes razón.

Bruno:

Tranqui, era broma y para que

lo pongas en perspectiva. ¡Por lo

menos tú te lo puedes pasar bien!

Ana:

¿Y qué? ¿Os habéis dicho algo?

Goa:

Cero. Ni una palabra.

Como si fuésemos mudas.

Nadia:

¡Qué incómodo!

La parte buena de tener WhatsApp, ahora que le habían quitado Insta, era que en el grupo ya estaban todos y podía charlar también con Nadia.

Goa:

Horrible. Resulta que s

hermano se ha caído de la

valla en la que no paraba

de hacer el payaso y lo han

llevado a la enfermería

para curarlo y nos hemos

quedado solas ella y yo.

Laura:

¡Qué palo, bro!

Pero hablad un poco,

si no, va a ser pesadísimo.

Nadia:

Bruno, ¡que vaya bien lo del

sensor! ¡Estamos contigo!

Bruno:

Gracias, ahora voy a entrar, supongo.

Espero que no me haga daño.

Ana:

Bruno, ¡eres nuestro héroe!

Leo:

Mucha suerte, Bruno. Por la

tarde te llamo y nos vemos, ¿sí?

Bruno:

Guay. ¿En el skatepark ?

Ana:

¿Y nosotras no podemos ir?

Leo:

Claro, ¡podéis venir todas!

Nadia:

Me apunto.

Goa:

¡¿Y yo qué?! ¡Que no puedo!

Ana:

Tú estás en el parque de

atracciones, ¡no te quejes!

Ana tenía razón, tenía que parar de quejarse…

Con tanto chatear, no se había dado cuenta de que ya les tocaba subirse al vagón.

Solo había mirado el móvil y no había leído ninguno de los carteles de advertencias : sí, los que te explican que te quites la gorra y la agarres con fuerza, que tengas cuidado con el móvil y otros objetos que se te puedan caer o puedas perder.

Sin prestar atención a nada, se montó al lado de Claudia en la segunda fila del vagón del Shambhala.

La segunda fila daba mucha cosa: vale que no tanto como la primera, pero Goa nunca se había sentado tan adelante.

Hicieron las revisiones de seguridad y aquello se puso en marcha.

El corazón le latía con fuerza, tanta que le daba la sensación de que de un momento al otro se le iba a salir del pecho.

A su lado, Claudia parecía un poco más tranquila, aunque también respiraba hondo, intentando que se le pasaran los nervios.

En la primera subida, la que se hace lenta y larga, Goa prácticamente solo veía el cielo azul encima y detrás, oía los gritos de una chica que se arrepentía de haberle hecho caso a su pareja y haberse subido a la atracción.

«¡¡¡Me quiero bajar!!! ¡¡¡Me quiero bajar!

!!» , gritaba mientras los que estaban a su alrededor le decían que ya era demasiado tarde…

Notar los nervios de la gente la ponía aún más nerviosa.

Estaba pensando todo eso mientras estaban a punto de llegar a lo alto de la subida.

Para relajarse, giró la cabeza y vio el mar a lo lejos.

Recordó todos los sueños y todos los miedos que siempre le provocaba, y pensó que ahora mismo el mayor peligro era que, de un momento a otro, aquello empezaría a caer en picado y perdería el mundo de vista.

¿Y si se desmayaba? ¡Qué vergüenza si le ocurría eso al lado de Claudia!

No, por favor.

Y efectivamente, el vagón se dejó caer por la pendiente tomando una velocidad que la dejó clavada en el asiento.

Todo el mundo se puso a gritar como si se estuviera a punto de morir y Claudia y Goa también.

Entonces, en plena bajada, las gafas azules, grandes y redondas de Goa se fueron volando como si hubiesen decidido independizarse y dejar de hacer, por siempre jamás, la función para la cual habían sido creadas.

Ella notó que dejaban de tocarle la nariz y las orejas y jamás las volvió a ver.

Se pasó los segundos de después chillando por el vértigo, pero también por la rabia que le daba no haber recordado que para subir a estas atracciones siempre siempre te tenías que quitar antes las gafas.

«¡Mis padres me van a matar!» , pensó preocupada.

Sin embargo, lo peor de todo era que sin las gafas no veía nada o, mejor dicho, lo veía todo borroso, y obviamente (no fuese que por un día no fuera gafe) no llevaba gafas de recambio.

Por tanto, le esperaba un día entero en el parque de atracciones sin ver tres en un burro y teniendo que escuchar a su madre diciéndole: «Pero ¿cómo puede ser que no te las hayas quitado?

». Estaba a punto de quedar con una auténtica loser delante de Claudia.

En tres, dos, uno el vagón se iba a parar y la otra se iba a dar cuenta.

Todo aquello hizo que Goa, en vez de reírse como la mayoría de las personas que acababan de hacer el viaje con ella, estuviera muy enfadada y chillara: