Estoy aquí
Klaus, Marcus y Zu llegaron a Berlín el domingo a las siete de la tarde.
Recorrieron en taxi el camino que llevaba del aeropuerto al hospital principal de la ciudad, en el que el abuelo estaba ingresado y lo realizaron en silencio, cada cual mirando por la ventanilla.
Al principio, fue un trayecto frío, en el que solo se veían carreteras, vías de tren y poco más.
A medida que se iban acercando a la ciudad, el paisaje se fue densificando con barrios residenciales, bloques de viviendas muy sobrios, algún grafiti y, sí… , también alguna zona verde.
Una vez el taxi los dejó en la puerta, Klaus respiró hondo.
Nunca le había gustado el olor de los hospitales y quería coger aire antes de entrar.
Les costó encontrar la zona en la que habían ingresado a su abuelo.
El sitio era tan grande que tuvieron que pedir ayuda un par de veces para que los guiaran.
Cuando por fin encontraron la habitación y pasaron, el padre de Dietrich seguía dormido y en paz.
Por suerte, llegaban a tiempo para verlo con vida.
La abuela le daba la mano en silencio y Dietrich, que estaba apoyado en una pared mirándolos, corrió a abrazar a sus hijos.
— Bienvenidos, qué bien que estéis aquí —dijo, en alemán. Siempre que iban a Berlín y estaban con la familia de su padre, se comunicaban en este idioma. También Zu, que lo hablaba a la perfección.
Klaus vio que sus padres se abrazaban. Hacía años que no presenciaba esa imagen y le sorprendió darse cuenta de que lo hacía sentir incómodo .
—Abuela… —Klaus le dio dos besos y ella se levantó enseguida para saludar a Marcus y a Zu.
Klaus miró a su abuelo y le agarró la mano, que aún estaba caliente por el rato que su abuela se la había estado acariciando. Respiró profundamente y, en alemán, le dijo:
—Abuelo… Estoy aquí, soy Klaus, y también están Marcus y mamá. Hemos venido tan rápido como hemos podido…