No puedo más, Goa: ¡Ya basta, por favor! (Me llamo Goa 11) Bienvenido, sensor
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Bienvenido, sensor

Nadia y Bruno se habían pasado todo el sábado chateando y el domingo se habían visto un rato en la plaza que había delante de donde vivía Nadia.

No se lo habían comentado al resto del grupo porque Bruno le había dicho: «Quiero contarte algo», y ella lo había interpretado como que necesitaba intimidad.

«¿En persona?», le había preguntado Nadia y él, que se lo podría haber contado perfectamente por mensaje, se aferró a la pregunta que le había lanzado Nadia y le había respondido: «Mejor» .

Una vez juntos, Bruno le había contado que estaba muy nervioso porque al día siguiente, por la mañana, le pondrían en el brazo el sensor de monitorización continua de la glucosa , un parche pequeño que muchos diabéticos llevan en el brazo.

—¿Y hace daño cuando te lo ponen? —preguntó, interesada, Nadia.

—Me han dicho que no, que notas un pinchacito, pero, claro, luego te ahorras tooodos los pinchazos que me tocan cada día porque aquello ya te va midiendo el azúcar en sangre. Está conectado al teléfono móvil y me va a decir a cuánto estoy y me mandará alarmas de hipo y de hiperglucemia.

—¿Y lo vas a llevar siempre? —Nadia quería saberlo todo.

—De momento, el que me van a poner, pero más adelante me pondrán otro que tendrá también como una bomba de insulina que ya me la va a ajustar automáticamente y eso me va a ayudar mucho por las noches, ¿sabes? Porque son el peor momento, cuando me tengo que despertar para comer algo y me desvelo…

—Anda, pues qué bien. ¿Y podrás ducharte normal con lo que te van a poner en el brazo?

—Sí, me han dicho que vida normal .

—Qué bien, es fantástico… Pincharte cada dos por tres es un palo, ¿verdad?

—Mucho.

—¿Y cómo te va con el psicólogo?

—Bien, por ahora voy una vez por semana y quizá más adelante una vez cada quince días o cada mes… Ya lo veremos. Pero me cae bien y me siento mejor cuando salgo de la sesión. Es curioso. Pero esta semana no he ido porque tenía al inglés en casa y no quería dejarlo solo…

—A mí también me pasaba. —Nadia podía reconocer esas sensaciones perfectamente.

—¿Y no vas a volver?

—Quizá cuando vuelva mi psicóloga… Iba a tener un bebé y está de baja. Creo que en septiembre, si ya ha vuelto, pediré a mis padres de hacer unas cuantas sesiones más. Con el cambio de insti y todo el rollo creo que me va a ir bien.

—Seguro. Qué ganas de que vengas. —Bruno se puso rojo, pero Nadia no se dio cuenta.

—¡Yo me muero de ganas! Nos vamos a ver cada día.

—Yaaaa… Cómo mola. —Y ahora, ¿qué más tenía que decirle? « Cuánta tensión hay en esta conversación » , pensaba Bruno.

Nadia también se puso nerviosa… Cada vez que hablaban de lo que sentían respecto al hecho de verse más a menudo, llegaban a un punto muerto en el que ninguno de los dos sabía qué más decir ni si hacía falta añadir algo más.

— ¿Quieres un chicle? —Y con esa pregunta de Bruno, los dos se pudieron relajar.

A no muchas calles de distancia de la plaza en la que estaban ellos dos, Goa regresaba a casa de su madre con el rostro y los hombros bien quemados por el sol tras una mañana y un mediodía en la playa con su padre, Carla y Martín.

—Pero ¿no te has puesto crema? —Julia no salía de su asombro. Mira que sieeeeeempre le decía a Goa que se echara crema… Pues no había manera.

—Sí, cuando he llegado a la playa.

— ¡Te la tienes que ir echando todo el día! ¡Mira cómo estás! Madre mía, ¡si estás como un tomate! —Julia no soportaba que su hija se quemara por el sol. ¿Acaso no sabía lo importante que era para la piel? ¡Si ya se lo había dicho quinientas mil veces!

—Ay, mamá, ¿y qué quieres que le haga yo ahora? —A Goa le quemaba todo. La verdad es que se había echado poca y no se había acordado más el resto del día.

—Por cierto, con el cabreo que pillaste ayer no te lo pude decir: mañana iremos a PortAventura con Pablo, Claudia y Diego . —Julia fue directa al grano.

—¿Ah, sí? —Aquello pilló a Goa desprevenida. Pero enseguida notó que su cuerpo le decía que no tenía ningunas ganas de ver a Claudia—. ¿Y ya está confirmado? ¿Es sí o sí? ¿No se puede… escoger?

— Es un sí. —Julia no quería más discusiones—. Nos lo vamos a pasar bien.

—Yo no estoy tan segura, mamá…

—Goa, no empieces, por favor, que acabas de llegar.

—Lo que tú digas —dijo ella, molesta con el último comentario de su madre.

¿Qué quería decir «no empieces»? ¿Acaso no podía expresar su opinión?

¿Por qué debía tener ella ganas de ir al parque de atracciones con otra familia a la que casi ni conocía?

¿Por qué su opinión en este tema no era relevante para nada?

Goa solo deseaba hacerse adulta para poder tomar sus propias decisiones y no ir nunca más a remolque de las de sus padres.