No puedo más, Goa: ¡Ya basta, por favor! (Me llamo Goa 11) La peor llamada
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La peor llamada

Klaus estaba estirado en el sofá después de zamparse dos platos inmensos de macarrones gratinados, un bistec y un helado de chocolate y avellanas mientras veía el sexto capítulo de una serie a la que se había enganchado el día anterior.

No seguía muchas, pero cuando descubría una que le gustaba la devoraba del tirón, porque quería o, mejor dicho, NECESITABA saber qué pasaba .

Y detestaba el momento de terminarlas, porque después de meterse tanto en su mundo, las echaba de menos y encima se volvía a quedar sin nada interesante para ver.

Su madre, Zu, le decía que lo de ponerse tantos capítulos seguidos no tenía que ser bueno, pero ella (aunque no lo admitiera delante de su hijo) hacía lo mismo.

Sonó el teléfono y no hubiese respondido de no ser porque vio que era su padre y estaba esperando noticias del hospital. Puso en pausa la tele y dijo:

—Hola, papá, ¿qué tal? ¿Cómo está el abuelo?

— Tengo malas noticias. ¿Están Marcus y mamá? ¿Puedes poner el altavoz?

Klaus se temió lo peor.

—¡¡¡Marcus, mamá, venid, es papá!!! —Los dos, que aún estaban comiendo helado en la cocina, fueron donde estaba Klaus, a quien le empezaron a sudar las manos.

—¡Hola, Marcus, hola, Zu! El abuelo empeoró mucho la pasada noche y al final lo han sedado porque estaba sufriendo y no había ninguna posibilidad de que mejorara.

—A Dietrich se le rompía la voz, le costaba mucho decir esas palabras a sus hijos y todavía más porque no los tenía cerca para verlos y abrazarlos.

— ¿Qué quiere decir «sedado»? —preguntó Marcus—. ¿Se va a poner bien?

—No, Marcus, no se va a poner bien —respondió, seco, Klaus.

—Quiere decir que lo han dormido con medicamentos que hacen que no tenga dolor y no sufra. Como ya está muy mayor y creen que no se puede recuperar, poco a poco se irá apagando… —Qué difícil era para Dietrich explicar eso a un niño de casi doce años.

— ¿Cuánto le queda? —preguntó Klaus. Zu dio la mano a cada uno de sus hijos y se aguantaba las lágrimas sin éxito.

—Unas horas o como mucho, unos días, no lo saben. Creo que deberíais venir. —El padre de Klaus creía que, si se daban prisa, quizá podrían despedirse de él y, tanto si era así como si se moría antes, el funeral tendría lugar al cabo de pocos días.

—Por supuesto, Dietrich. Ahora mismo miro vuelos y mañana estaremos en Berlín. Lo que necesites, me lo dices.

—Gracias, Zu… Siento haberos dado esta noticia… Lo siento mucho. Os quiero. —Dietrich colgó el teléfono antes de romperse.

Marcus se puso a llorar abrazado a Zu y Klaus apagó el televisor antes de encaminarse hacia la habitación.

Era la peor llamada que había recibido nunca y sentía una tristeza dentro que creía que no había sentido jamás.

Era SU ABUELO. Su abuelo, con quien había convivido casi toda su vida, con quien había ido al bosque, quien lo recogía todos los martes y los jueves del antiguo colegio en Berlín, quien le daba diez euros cada vez que le lavaba el coche o le sacaba la nieve de la entrada, quien le contaba los chistes menos divertidos del mundo, pero con esa gracia que le acababa haciendo reír y a quien había visto muy poco desde que sus padres se habían separado.

Ahora solo tenía ganas de irse a Berlín y llegar a tiempo de decirle que le quería.

Se secó las lágrimas que le rodaban por las mejillas y escribió a Goa por Instagram: