Una despedida y una mala noticia
Al día siguiente por la mañana chispeaba y Goa pensó que esa llovizna caía para recordar a los ingleses que había llegado el momento de volver a casa.
En la puerta del instituto, ayudó a Lindsey a cargar la pesada maleta al autobús y luego se abrazaron y lloraron como si se hubiese muerto alguien.
No eran las únicas: aquello parecía un funeral.
— Por favor, ¡menudo drama! —dijo la bomba Judit a Nacho, con quien observaba el panorama, alucinando.
—La adolescencia es muy intensa… Y supongo que la mayoría esta noche se ha quedado charlando hasta la madrugada y, entre eso y el ritmo que hemos llevado toda la semana, están reventados. Y el cansancio hace llorar, eso lo sabe todo el mundo.
—Ni que lo jures, yo estoy reventada y también me echaría a llorar. Solo tengo ganas de volver a casa, ponerme el pijama y no volver a salir de la cama en todo el fin de semana.
—¿Ni para ver una peli? Vaya, ¡yo que quería invitarte al cine! —dijo Nacho, con ganas de que Judit respondiera que sí.
—A ver… Me puedo quitar el pijama un rato para ir al cine, sí. ¡Me encantaría! —Los dos se sonrieron justo cuando los demás profesores regresaban hasta donde ellos estaban para abrazarlos y despedirse.
En otro lado, Leo le chocó la mano a su compañero, con quien, al final, había estado bastante bien y había conseguido compartir algunas palabras y algunos trucos con el skate .
Bruno se abrazó con Jamie y prometieron escribirse por Instagram y ponerse al día de sus respectivas diabetes.
Ana le decía a Charlotte que era la mejor y que la iría a ver, seguro segurísimo, ese verano, cuando fuera a Londres con su padre.
Cuando al cabo de veinte minutos el autobús partió en dirección al aeropuerto, Goa corrió hacia su casa porque había quedado con que su padre iba a pasarse a buscarla en menos de diez minutos.
— ¡¡¡ESCRÍBEMEEEEEE!!! —le gritó Ana como si se tuvieran que contar muchas cosas.
Cuando Goa llegó a su casa, su padre ya estaba ahí. Le vieron los ojos hinchados y Alberto y Julia supieron que su hija había llorado un buen rato en la despedida de los ingleses.
—¿Cómo ha ido? —preguntó Julia.
—Bien, un poco drama, pero bien… Estoy que no me aguanto, necesito dormir una semana entera. —Ahora que por fin el intercambio había terminado, notaba todo el cansancio de la semana.
—Antes de que te nos duermas, siéntate, que tenemos que hablar —anunció Alberto, que estaba en el sitio donde siempre se sentaba cuando Julia y él aún no se habían separado.
—Detesto cuando me decís esta frase. —Goa ya no la soportaba más—. Y ahora ¿qué pasa?
—¿Se lo digo yo? —preguntó Alberto y Julia asintió—. Tu madre y yo hemos decidido que no puedes tener Instagram. Nos equivocamos cuando te dejamos abrirte esta red social tan pronto y creemos que hasta los dieciséis es mejor que la dejes.
— ¿Que qué? ¿¡¿¡PER-DO-NA!?!? Es coña, ¿no? —Goa estaba convencida de que aquello tenía que ser una broma. Sus padres eran muy graciosos cuando querían.
—No, para nada —aseguró su madre—. Tras lo que ocurrió con el vídeo, el meme y el acoso que sufrió Nadia…, tenemos que hacer algo.
— O sea… ¡Me estáis tomando el pelo! ¡Es que estoy flipando! —No se lo podía creer.
—Goa, va en serio. Tendrás que desinstalarte la aplicación.
Pero para que puedas hablar con nosotros y con tus amigos, podrás tener WhatsApp.
Eso sí, ni Instagram ni TikTok hasta los dieciséis años, cuando tu cerebro esté más preparado para estas cosas.
—Alberto lo dijo muy serio y Goa supo que no era ninguna broma.
— ¡¡¡Me estáis aislando del mundo, me estáis destrozando la vida!
!! ¡¡¡TODO EL MUNDO tiene Instagram!!! ¡¡¡Seré la única que no tenga, se van a reír de mí!
!! ¡¡¡No podré ver los vídeos ni las fotos de las que hablarán todos, no me voy a enterar de nada, sois los padres más injustos del mundo!
!! —Goa se echó a llorar otra vez. Qué mañana tan intensa.
—Hemos tomado esta decisión no para destrozarte la vida, sino porque te queremos. —Julia intentó calmarla sin éxito.
— ¡¿Que me queréis?! ¡¿Que me queréis?! ¡Si me quisierais, no me haríais esto, bro! —Goa estaba subiendo el tono de voz y se le caían las lágrimas y los mocos.
—Ahora quizá no lo entiendas, pero no hace falta que lo hagas. Creemos que es lo mejor para ti. ¡Cuando tengas hijos, nos entenderás!
—¡Nunca seré como vosotros! ¡Nunca! ¡¡¡Antes me quito los ovarios para no tener hijos!!! ¡¡¡Yo nunca les haría algo así!!! —Goa subió corriendo por la escalera y dio el portazo más fuerte que sus padres le habían oído nunca.
—Uau. Se lo ha tomado muy bien, ¿eh? —Julia tiraba de humor cuando no sabía cómo afrontar situaciones tensas con su hija.
—Démosle diez minutos… Y entonces subiré y le diré que nos vamos. Que respire sola un rato. —Alberto supo que la tendría de morros todo el fin de semana.