No puedo más, Goa: ¡Ya basta, por favor! (Me llamo Goa 11) ¡¡¡Lo siento!!!
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¡¡¡Lo siento!!!

El gimnasio no era, ni por asomo, tan bonito como el espacio que les habían dejado en Poole para la fiesta del final del intercambio que estaba delante de la playa y tan bien decorado.

El instituto de Goa ya tenía muchos años y las instalaciones eran tirando a viejas.

El gimnasio tenía un aspecto descuidado y, a pesar de que habían colgado guirnaldas y luces de colores, estaba un poco destartalado.

Cuando Goa entró, supo enseguida que esa fiesta quedaría muy lejos de la que habían dado en Inglaterra, pero, a pesar de todo, tenía muchas ganas .

De hablar con todo el mundo, de celebrar que se habían conocido y, sobre todo, de pasar tiempo con Lindsey y Charlotte, que era con quienes más se llevaba.

Ahora que sabía que al día siguiente ya se iban y quizá no las volvería a ver nunca más, tenía un no sé qué dentro que le hacía pensar que al día siguiente, cuando se despidieran, se iba a echar a llorar.

Goa se había puesto un top negro sin mangas y una falda corta tejana que le había comprado su madre el año anterior en Mallorca. No se la ponía nunca porque llevar falda no le gustaba, pero esta vez Lindsey la había convencido.

Ana y Charlotte estaban tan desbocadas y contentas que, en vez de charlar, chillaban:

—¡¡¡Menuda mierda de fiesta que hemos preparado!!! ¡Ja, ja, ja, ja! Pero ¡Charlotte dice que no, que todo es amazing , aunque creo que lo dice para quedar bien!

— I love parties!!! —gritaba Charlotte.

— Por lo menos esta semana les hemos organizado unas superactividades, ¡no se pueden quejar! —dijo Bruno.

Leo estaba en la zona de las bebidas, sirviendo a algunos alumnos. Seguía sin acercarse a Goa y ella empezaba a estar hasta las narices.

—¿No estáis hartos de que Leo nos ignore así?

— ¡No nos ignora! —lo defendió Bruno.

—¡A mí sí! —saltó ella.

—Bueno, a ti un poco sí.

—¡Cómo se pasa!

—Lo tienes que respetar —señaló Ana.

—Ya veo que nadie se pone en mi piel… —A Goa no le gustó que no empatizaran con ella, pero ya no dijo nada más.

Luego comieron, bebieron, charlaron con Nacho, Judit y algunos profesores ingleses que estaban supersatisfechos de cómo había ido el intercambio y, ya hacia el final, bailaron todas las canciones más famosas de los últimos meses en los dos países.

Las habían ido escuchando en el autobús cada vez que iban a alguna visita, como el día de Sitges o el de la Sagrada Familia, y eran como la banda sonora de esas semanas juntos.

Sin decir nada a ninguno de sus amigos, Goa decidió que esa noche iba a hablar con Leo, quisiera él o no.

Estaba cansada de fingir que todo iba bien y ya había respetado su distancia unos días.

¿Hasta cuándo tenía que durar todo aquello?

En un momento que vio que se quedaba solo, se le acercó.

—¿Es nueva la gorra? —le preguntó ella para romper el hielo.

—Sí.

—Leo, detesto estar así contigo. Te echo de menos… Quiero que hablemos, que pasemos tiempo juntos, que vuelvas al grupo… Es una mierda sentirte tan lejos…

—Goa, ya te dije que…

—Sí, lo sé. Pero LO SIENTO . Siento haberte dicho lo que sentía porque nos ha separado.

Siento no tener las cosas claras sobre mis sentimientos.

Siento ser una indecisa, a veces, y hacerme un lío.

Siento haberte hablado de Klaus. Siento haberte hecho daño sin querer.

Siento todo esto, pero lo que más siento de todo es haber puesto en riesgo nuestra amistad. No quiero perderte.

Leo no se esperaba ese discurso ni el sentimiento con el que Goa se lo decía, que parecía estar al borde del llanto.

Realmente le había tocado la fibra porque él, por ganas, la habría abrazado y le habría dicho: «Te quiero, Goa, y quizá he sido un idiota y solo me miro el ombligo…

No sé…, pero yo tampoco quiero perderte».

Pero en vez de esto, respiró hondo y dijo:

—Yo también lo siento.

—Entonces ¿qué? ¿Podemos volver a ser amigos? Por favor, Leo… Ya basta de lo de esta semana… ¡Se me ha hecho eternaaa!

—Me cuesta mucho estar contigo con todo lo que siento. —Ya está. Se lo había dicho. Se estaba sincerando… otra vez.

—Te entiendo… Yo también lo he vivido y sé que se sufre, pero podemos hacer que nuestra amistad esté por encima de eso. Superémoslo juntos, por favor.

—Lo puedo intentar… Yo también te he echado de menos.

—¡Por fin…!

Goa lo abrazó como si hiciera tres años que no lo veía: con una fuerza que casi no lo dejaba respirar.

—No sé qué pasará, pero lo que sí te puedo garantizar es que quiero ser tu amiga siempre.

—Yo también quiero ser tu amigo siempre.

Se sonrieron. Sus amigos los miraban desde lejos y se ponían caras los unos a los otros. No sabían qué estaba ocurriendo, pero todo apuntaba a que era bueno.