Y ahora ¿Cómo se lo digo?
A Lindsey y a Charlotte les hacía mucha gracia acompañar a Goa y a Ana en su último entreno del curso.
La liga ya había terminado y el siguiente partido que había, para muchas de su equipo, era un torneo a principios de julio y un campamento de verano de vóley la segunda semana de ese mismo mes.
Goa había decidido que esta vez no asistiría a ninguno de los dos eventos, pero aún no se lo había dicho al entrenador.
Tampoco le había dicho que lo dejaba para siempre y no podía esperar más: se lo tenía que comunicar ahora sí o sí.
El entrenador era un hombre de unos treinta y cinco años, de complexión robusta y manos grandes que había jugado al vóley de joven.
Ahora, además de entrenar al equipo de Goa y algunos masculinos, también era el presidente del club de vóley.
Siempre estaba serio porque creía que así los jugadores y las jugadoras se tomarían este deporte más seriamente.
Pero a menudo lo único que conseguía era que le tuvieran miedo y que jugaran con tensión.
—¿Cuándo se lo vas a decir? —le preguntó Ana en el vestuario.
—Cuando acabemos y no haya nadie por ahí.
—¿Quieres que te acompañe? —A Ana le daba cosa dejarla sola con ese hombre tan poco empático.
—No hace falta, como quieras.
Nadia, que acababa de entrar en el vestuario, las abrazó con efusividad.
— ¡Ya era hora, me moría de ganas de veros! ¿Qué tal con las inglesas?
—Bien, están en las gradas. Luego te las presentamos, ¿vale?
— ¡Ay, sí, me encanta! —Nadia estaba contentísima de volver a ver a sus amigas.
—Hoy le dirá que lo deja. —Ana la puso al día.
—¿Seguro? Vaya… Qué pena… Yo no sé qué haré si os vais —admitió, triste.
—Yo aún no lo he decidido definitivamente. Este deporte me gusta, pero el entrenador, no… No sé, me lo tengo que pensar bien. —Ana no lo tenía tan claro como Goa.
—Y ahora, ¿cómo se lo digo? ¿Directa y a saco? ¿O le doy explicaciones del porqué? ¿O me invento algo?
—Directa, no hace falta darle explicaciones, si tampoco las va a entender. —Ana tenía claro que al entrenador no le iba a hacer ni pizca de gracia la decisión que había tomado su mejor amiga.
Goa estuvo durante todo el entrenamiento un poco inquieta, siendo muy consciente de que era el último día que compartiría ese deporte con sus compañeras y con ese equipo.
Había disfrutado mucho los últimos años y le había regalado muchas cosas, como momentos muy dulces de ganar partidos, de reír con las amigas…
, pero también había habido días oscuros, llenos de lágrimas y broncas innecesarias.
Cada vez que tocaba la pelota, pensaba que no sabía si volvería a jugar a vóley más adelante e intentaba disfrutarlo al máximo , como si, por dentro, se estuviera despidiendo de ese juego, de ese sitio, de esas sensaciones y de todo lo que habían vivido en ese pabellón.
Desde la grada, Lindsey y Charlotte las animaban y alucinaban con un deporte que ninguna de las dos había practicado.
Cuando el entreno terminó, Goa sudaba y jadeaba. Recuperó el aliento mientras sus compañeras se encaminaban hacia el vestuario.
— ¡Nos vemos en el torneo! —dijo el entrenador bien alto para que lo oyeran todas.
—Pues…, eeeeeehhhhhh… ¿Podemos hablar un momento? —le pidió Goa mientras él se preparaba para llevar las pelotas al almacén—. Es que… dejo el vóley. Ya no iré al torneo ni tampoco me apuntaré al campamento, quiero hacer otras cosas. —Directa y a bocajarro.
—Ah, ¿no? Bueno, no pasa nada, nos vemos en septiembre.
—No, lo que estoy diciendo es que tampoco voy a venir en septiembre, lo dejo DEFINITIVAMENTE . Quiero hacer otras actividades.
—¿Cómo que lo dejas? ¿Por qué? —Cada vez que una jugadora lo dejaba, lo vivía como un ataque personal.
—No lo sé, me he cansado, ya no lo disfruto.
—Eso es porque no te esfuerzas lo suficiente. Si te concentras y le das la importancia que se merece, te lo volverás a pasar bien jugando. —Él creía que tenía la clave para volver a motivarla y no sabía que estaba haciendo justo lo contrario, porque con esas palabras la hacía sentir peor.
—Es que no quiero. Lo que quiero es dejarlo. Definitivamente. Y ya está. No puedo más.
Ana y Nadia aún no habían entrado en el vestuario. Estaban junto a la pista esperándola, aguzando el oído a ver si pillaban algo de esa conversación.
—Es que no os tomáis nada en serio. En el deporte tiene que haber compromiso, esfuerzo y ganas, ¡y este equipo es un desastre en todas estas cosas! ¡Déjalo si es lo que quieres, tampoco será una gran pérdida! —le espetó mientras se volvía y daba la conversación por terminada.
— ¡Yo FLIPO! En gran parte, lo dejo por esto. Por cómo nos hablas, por lo poco que nos respetas, por cómo NO nos motivas y por las broncas que nos pegas cuando venimos aquí porque nos gusta este deporte y tú y solo tú nos lo haces aburrido.
El entrenador frenó en seco y se volvió hacia ella.
—¿Qué has dicho, Goa?
—Ya me has oído. Que lo dejo por tu culpa. Y que a mí no me vas a volver a hablar mal nunca más. Ojalá todas se den cuenta y te quedes solo en el pabellón. ¡Quizá así hagas un poco de autocrítica!
Goa dio media vuelta y corrió hacia el vestuario: no quería seguir discutiendo con él y aún menos seguir viéndolo.
Nadia y Ana, al notarla tan decidida, entraron tras ella mientras le decían: «¡¡¡Qué fuerte!
!! ¡Hemos escuchado la última parte, cuando habéis levantado los dos la voz!
¡¡¡Menudos ovarios tienes!!! ¡¡¡Madre mía!
!! Pero ¿qué os habéis dicho antes?» . A Goa el corazón le iba a mil por hora y le daba mucho miedo que el entrenador fuera hasta el vestuario, la hiciera salir y le pegara una bronca allí delante.
Pero no pasó. Él se había quedado plantado en la pista intentando procesar lo que le acababa de decir la niña de pelo rizado y gafas redondas y grandes con un nombre raro.
Sentía rabia por dentro y lo que le pedía el cuerpo era ir al vestuario y pegar cuatro gritos para que todas vieran que a él no podían hablarle así.
Pero Goa lo dejaba y, si se pasaba un pelo, las demás podían empezar a imitarla y tenían un torneo a la vuelta de la esquina para el que no podía perder a más jugadoras.
Respiró un momento y dijo entre dientes: «¡Que te aprovechen las actividades! ¡Tampoco te vamos a echar de menos!» .
Goa, mientras se cambiaba de ropa, se sentía orgullosa de todo lo que había dicho y de la fuerza con la que lo había hecho , pero al mismo tiempo también tenía ganas de llorar.
Ni siquiera en el último momento el entrenador había podido decirle algo bonito ni ofrecerle una despedida amable. Qué triste.