Noticias desde Alemania
Cuando Klaus y Víctor salían del instituto y estaban a punto de cruzar la enorme puerta de hierro que daba a la calle, Susana pasó por su lado y no los saludó.
—¿Y a esta qué le pasa?
—Que está cabreada conmigo, pero me preocupa cero, bro. ¡No he hecho nada malo!
—Creo que es de las que, cuando algo no les sale como quieren, se cabrean. No debe de estar acostumbrada…
— Me da igual. Paso. —Klaus quería pasar página ya del «tema Susana».
Justo en ese momento, Klaus notó que le vibraba el teléfono en el bolsillo: alguien lo estaba llamando. Miró quién era y en la pantalla leyó «PAPÁ».
—Te dejo, que me llama mi padre y me quiere explicar no sé qué. ¿Nos llamamos luego?
—Sí, ¡que vaya bien!
Klaus se puso los auriculares grandes en las orejas y descolgó.
—¡Hola, papá! ¿Qué pasa? —le preguntó él en alemán. Dietrich y sus hijos siempre empleaban esta lengua para comunicarse.
—¿Ya has salido?
—Sí, ahora mismo.
—Oye, te quería decir dos cosas… Una es que el abuelo vuelve a estar en el hospital .
Se ve que esta mañana se ha despertado desorientado y no sabía dónde estaba el cuarto de baño y le costaba hablar.
Me ha avisado la abuela y hemos llamado a una ambulancia.
Ahora le están haciendo pruebas, pero no pinta bien…
Ya hace días que lo veíamos decaído y apagado, ¿sabes?
—Pero cuando lo vimos en abril, estaba perfecto…
—Sí, pero está mayor, ya lo sabes, y con esta edad pueden dar un bajón en cualquier momento.
A Klaus le supo mal no tenerlo más cerca.
—Y ahora ¿qué?
—Nada, esperar, pero te lo quería contar. También he llamado a mamá para que se lo explique todo a Marcus cuando salga del cole. Cuando sepa más, te llamo.
—Vale.
—Y te quería decir otra cosa: el otro día me encontré al padre de Hans y me estuvo contando que en verano lo han apuntado a un campamento en julio y pensé que quizá te apetezca ir tú también. Si quieres, yo te lo pago.
—¿En julio?
Klaus recordó que tal vez en julio iba unos días de vacaciones con Goa. Ahora le entró miedo de que todo coincidiera. Pero irse a un campamento con su mejor amigo, Hans, también lo llamaba mucho.
—No sé… Pásame la info… y ya hablaré con Hans, a ver qué me cuenta.
—Vale, piénsatelo. Lo he comentado con tu madre y dice que, por ella, ningún problema.
A Klaus le costaba un poco pensar en Alemania y en el verano después de enterarse de que su abuelo estaba en el hospital y que lo que fuera que sufría no tenía muy buen pronóstico.
Quería mucho a su abuelo. A ese hombre alto y delgado siempre le habían gustado mucho los niños y lo había cuidado y mimado mucho.
Tenía el pelo blanco y una barba frondosa que siempre le habían hecho pensar a Klaus que tenía la suerte de tener a Papá Noel en casa.
—Avísame en cuanto sepas algo del abuelo, ¿vale?
—Sí, por supuesto.
—¿Se puede morir?
—No te voy a engañar, Klaus. Sí, se puede morir…
No dijo nada más y esperó a que su padre colgara. Después le entraron muchas ganas de llorar, pero iba caminando por la calle y no quería hacerlo allí. Respiró hondo y se secó una lagrimita que estaba a punto de rodarle por la mejilla derecha.