La luz más bella
El jueves tocaba otra actividad que a Goa le hacía mucha ilusión: visitar el templo de la Sagrada Familia en Barcelona .
Había oído hablar muchísimo de ella, pero nunca había entrado y tenía muchas ganas.
Había compañeros que decían que era un palazo ir a Barcelona a ver una iglesia, pero los ingleses estaban emocionados, sobre todo porque sus profesores habían conseguido transmitirles su entusiasmo por esa visita.
Les habían dicho que mucha gente cruzaba el mundo entero, literalmente, para verla y que ellos eran unos privilegiados, que sería impresionante y se convertirían en la envidia de todos por haber podido entrar.
Un guía les hizo una visita en la que les habló del arquitecto Antoni Gaudí y de lo importantes que eran, para él, la luz y la naturaleza y que el templo estaba lleno de referencias a estos dos temas.
Algunos alumnos, como suele pasar, desconectaron y se pusieron a hablar de sus cosas, pero Goa no.
Ella estaba atenta porque cada vez le interesaban más la historia y el arte.
Dentro, al ver la luz que entraba por las vidrieras de colores que había en la fachada, quedó fascinada.
Era tan bonita y todo parecía tan armoniosamente colocado que no podía dejar de admirar tanta belleza.
A veces dejaba de escuchar al guía y se fijaba en lo que veía ella: rinconcitos, dibujos que la luz hacía en el suelo…
Unos metros más adelante, Leo la miraba.
El sol de justicia que caía a las once de la mañana y que se colaba por las vidrieras dejaba entrar una luz cálida con tonos anaranjados que, sobre la melena de Goa, le otorgaban un tono dulce que Leo no podía dejar de admirar.
Algunos tirabuzones parecían incluso pelirrojos y, cuando se movía, era como si se hubiese hecho un baño de color.
Ella miraba la iglesia y él la miraba a ella.
« Qué guapa está con esta luz » , pensó Leo.
—¡Se te cae la baba, bro!