No puedo más, Goa: ¡Ya basta, por favor! (Me llamo Goa 11) Regalo envenenado
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Regalo envenenado

Pablo estaba esperando dentro del coche a que su hija, Claudia, saliera de la academia en la que hacía danza urbana de competición.

Hacía muchos años que bailaba y los últimos dos, además de las clases habituales, también entrenaba con el grupo de competición dos horas a la semana.

Los jueves terminaba casi a las nueve de la noche, y a sus padres no les gustaba mucho porque lo atrasaba todo (la cena, la hora de irse a la cama…), pero ahora tocaba entrenar duro porque las competiciones importantes no terminaban hasta mediados de julio.

Los jueves siempre la recogía Pablo, aunque fuera la semana que ella estaba con su madre porque, logísticamente, les era más fácil hacerlo así.

A Pablo, además, le gustaba tener todos los jueves un rato a solas en el coche con su hija .

Solo eran unos diez o doce minutos, pero cuando tienes una hija de quince años, casi dieciséis, estos minutos a solas son oro.

Cuando la vio salir de la academia, Claudia llevaba lo que ella llamaba un clean look , con todo el pelo recogido en una cola alta y ni un solo pelo fuera de sitio.

Para conseguirlo, se echaba grandes dosis de gomina y de laca que, cuando se quitaba la cola, la obligaban a pasar por la ducha sí o sí porque todo el pelo le quedaba acartonado a más no poder si no se echaba litros y litros de agua.

Vestía unos pantalones de chándal anchos, un top blanco y unas bambas de marca.

Entró en el coche y lanzó la bolsa de danza a los asientos de atrás.

—¡Hola!

—¡Hola! ¿Qué tal hoy? —preguntó su padre.

— ¡Agotador! Hemos tenido que hacer unos pasos nuevos y hasta que no nos han salido a todas… Hemos tardado la vida porque eran superdifíciles…, pero o metemos más dificultad en el baile o vamos a quedar las últimas.

— ¡Siempre dices lo mismo y nunca quedáis últimas! —Pablo ya pensaba que lo hacían extremadamente bien, pero para Claudia nunca era suficiente.

—Papá, todo el mundo va subiendo el nivel… Hay grupos muuuuuuy buenos y hay que darle caña, bro…

—Te encanta, ¿eh?

—¡Mucho! Pero también me canso, ¿eh? ¡Estoy re-ven-ta-da! —Claudia se sacó el móvil del bolsillo para revisar los mensajes que había recibido, algo que Pablo detestaba porque significaba, sin verbalizarlo: «Ahora ya podemos dejar de hablar» .

—Suerte que ya llega el fin de semana. ¿Qué vais a hacer con mamá?

—Ufff…, yo, mi vida. Paso de irme con ellos a ningún lado, me muero de aburrimiento.

—¿Tanto?

—Su novio es un muermo y ella está tan enamorada de él que dan un cringe … Paso de verlo. —Claudia no llevaba demasiado bien que su madre tuviera pareja.

—En fin… Oye, el domingo venías conmigo y el lunes es festivo. ¿Qué te parecería si os regalo ir a PortAventura a todos? Lo habíamos hablado, ¿te acuerdas?

— ¡Ah, qué guay, sí! ¡Qué ganas! ¿Se lo has dicho ya a Diego? —Su hermano pequeño iba a flipar con la noticia.

—No, ¿se lo podrás decir tú?

—Sí, ahora cuando lo vea se lo digo.

—Ah, y por cierto, quizá también vengan Julia y Goa. —Pablo dijo esta frase deseando que no fuera el detonante de un nuevo drama, pero…

¡BUUUM!

—O sea, que es un regalo envenenado —le soltó Claudia, volviendo a clavar los ojos en el teléfono.

—¿Por qué dices eso?

—Por nada. Paso. —Ya no quería seguir hablando.

—No, dime, ¿a qué te referías? —Pablo quería aclarar las cosas y que no lo dejara a medias.

Claudia lo miró y le espetó:

—¡Porque qué palazo ir con esa niña, que te recuerdo que dice que soy como el fucking demonio por redes sociales y que lo ha visto todo el mundo, papá!

—Anda ya, no exageres. Te guste o no, es la hija de mi pareja y quizá se vengan a PortAventura, aún no es seguro.

— ¡Pues menuda mierda! —Decidió mostrar con claridad su oposición.

—Claudia, habla bien. Y olvídate ya del tema del vídeo, por favor.

—¿Cómo quieres que lo olvide? ¡Habla mal de mí!

—¡Y tú de ella! ¡Estáis en paz! —Pablo no sabía cómo conseguir que su hija dejara de dar tanta importancia a un vídeo que hacía días que estaba eliminado de redes.

—Vale, pero si voy a mi bola y paso de ella, no me pegues la bronca, ¿vale? No es mi obligación que me caiga bien ni hablar con ella.

—Claudia, mamá y yo te hemos educado siempre con unos valores de buena educación y de saber estar. Espero que te comportes.

—Lo que tú digas.

Claudia volvió a centrarse en su teléfono y dio la conversación por finalizada hasta que, al llegar a casa de su madre, salió del coche sin darle ningún beso a su padre y solo pronunciando un rápido «adiós».

No tenía ningunas ganas de seguir hablando con él y aún menos de oírlo defender a Goa, que la había puesto de vuelta y media en un vídeo que había colgado en las historias de Instagram.

Sí, lo había hecho por error según le había dicho su padre, pero daba igual.

No le había gustado nada y saber que ahora tendría que compartir un día entero en PortAventura con ella no le hacía ninguna ilusión .