No puedo más, Goa: ¡Ya basta, por favor! (Me llamo Goa 11) Dime la verdad
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Dime la verdad

Cuando Goa entró en el baño para ducharse, se llevó la tableta. Como Leo no había dicho nada en el chat que tenían con los demás, respiró hondo y le escribió por privado:

Goa:

¿Va a durar mucho eso de

que no vengas con nosotros

ni hables por el chat?

¡Te echamos de menos!

En su casa, Leo había leído toda la conversación que habían tenido hacía nada sus amigos y, aunque había estado tentado de participar, no sabía cómo hacerlo porque se sentía triste y removido .

Lo que le había dicho Goa el día de la clase de skate lo había dejado tocado y no quería hablar ahora de otras cosas porque no estaba de humor.

La casa de Leo era bastante grande y habían habilitado el despacho como habitación para su compañero inglés.

Los dos, igual que había pasado en Inglaterra, no charlaban mucho y, cuando estaban en casa, se pasaban más rato chateando cada uno con sus amigos o mirando el móvil que hablando entre ellos.

Leo estaba tumbado en la cama, reventado de tanto mar y sol (también se había quemado un poco los hombros), pero le daba una pereza enorme ducharse.

Estaba intentado reunir fuerzas para hacerlo cuando recibió el mensaje de Goa.

¿Y ahora qué debía hacer? O mejor dicho…

¿Qué tenía ganas de hacer? ¿Responderle o no?

Sinceramente, no sabía qué decirle. Goa tenía todo el derecho a sentir lo que sentía: no le podía echar en cara que Klaus aún le rondara la cabeza, pero, aun así, lo que estaba sintiendo y viviendo con ella no le gustaba y le hacía estar mal.

No la podía culpar, pero sentía que ahora, lo que mejor le iba era no hablar con ella.

Alejarse. O eso pensaba, porque en el fondo, también la echaba MUCHO de menos.

Al cabo de tres minutos, recibió otro:

Goa:

Lo has leído, Leo. Sé que

podrías responderme y no

lo haces. Me dejas en visto.

No sé… Es una mierda estar

así, ¿no? ¿Estás cabreado

conmigo? ¿Te he hecho algo?

¿Tienes algún problema que

no nos has contado? ¡Dime

la verdad, por favor!

Goa esperó unos minutos antes de meterse en la ducha. Miraba a ver si el mensaje salía como leído en el chat que compartían en Instagram.

Leído.

Pero Leo no respondía nada.

Qué rabia que le daba eso a Goa y a la vez… la preocupaba. ¿Y si a Leo le pasaba algo grave y ninguno sabía nada? ¿Y si lo estaba pasando mal de verdad y no lo podían ayudar, como ocurrió con Nadia cuando no contó a ninguno de sus amigos que en su instituto la estaban acosando?

Dejó la tableta sobre un taburete, se desnudó y se metió en la ducha entre enfadada y preocupada .

Quizá el agua se llevaría, además de la arena y la sal, también el mal rollo que arrastraba con el tema de Leo.

Mientras se ponía la mascarilla suavizante en la cabellera rizada, la tableta se iluminó.

Ella no lo vio, pero Leo le había escrito:

Leo:

No hace falta que te

preocupes. Ahora necesito

tiempo, se me pasará.

Tres frases que él había considerado que ayudarían a Goa a entender lo que le sucedía: no hacía falta que se angustiara, pero, por favor, que no le dijera nada más y respetara su necesidad de mantener la distancia por ahora.

No sabía cómo se lo iba a tomar Goa, pero era lo que él sentía en ese momento.

Justo entonces, la hermana de Leo entró en su cuarto.

—Tu inglés es un poco aburrido, ¿no? No me dice nada… Yo le sonrío, pero tampoco sé qué decirle…

—NO es «MI» inglés.

—Bueno, ¡tú ya me entiendes! Quizá no es que sea un aburrido, sino que tiene vergüenza… A ver si hoy para cenar se suelta, que, si no, se hará muy incómodo…

La hermana de Leo se llamaba Zoe . Sus padres habían querido jugar con las mismas vocales con ambos hijos: la O y la E, Leo y Zoe.

Hacía poco que había cumplido los once años, era más bien pequeña y todo apuntaba a que ya había superado la leucemia que la había llevado a estar ingresada en el hospital tantas veces en los últimos años.

Quizá porque había tenido que estar aislada en muchas ocasiones, era una niña divertida, extrovertida y vivía la vida con intensidad, disfrutando de cada momento.

Parecía que saboreara todo lo que hacía y lo que le pasaba…

Quizá porque en algún momento había tenido miedo de no poder vivir más momentos.

—Qué mala cara… Tú también pareces un muermo. ¿Qué te pasa?

—¡Nada!

—Es evidente que te pasa algo. ¡Cuéntamelo, venga!

Cuando eran pequeños, se peleaban mucho, pero con la enfermedad de su hermana se habían unido. Durante meses, Leo había sido el único niño que ella había podido ver y él había tenido mucho miedo de perderla. Por eso ahora también valoraba tanto tenerla a su lado.

—Nada, hay una chica que me gusta, pero yo no le gusto lo suficiente.

—Está loca si no le gustas. ¡Eres el mejor, hay que ser boba para no verlo!

Su hermana era una fan absoluta de Leo.

—Tú sí que eres la mejor. —Leo la abrazó.

—Déjamelo adivinar. ¿Se trata de Goa?

—Sí —dijo él, intentando no ponerse colorado.

—Lo sabía… Hablabas tanto de ella que un día pensé que te gustaba, pero no dije nada por si acaso…

—En fin, da igual. Dejemos el tema.

—¡Si algún día tengo que ir a decirle cuatro cosas, me lo dices!

—¡Ja, ja, ja! ¡Ni de coña, tú no te metas!

—¡Pues que no se pase ni un pelo contigo!

Leo también pensaba que su hermana era la mejor del mundo y por ella también se pelearía con quien hiciera falta para defenderla.