¡No me cuentas nada!
Klaus había crecido y la ropa de verano le iba pequeña.
Por eso, esa tarde de miércoles de inicios de junio había quedado con su madre, Zu, que, mientras Marcus, su hermano pequeño, estuviera en el entreno de fútbol, ellos dos irían a comprar camisetas nuevas y pantalones cortos.
Cuando Zu volvió del trabajo y entró en el cuarto de su hijo mayor, ya no lo encontró demasiado receptivo.
—Bueno, ¿qué? ¿Estás listo? ¿Tienes ganas de que pasemos nuestra tarde juntos?
Klaus no entendía la emoción de su madre. No pasaban «su tarde juntos», simplemente iban a comprar ropa porque la necesitaba, no porque tuviera muchas ganas.
—Sí, normal.
—¿Cómo que normal? ¡Creía que ibas a estar más animado! ¡No cada día vamos a comprar ropa tú y yo! —Ella sí que tenía ganas.
—Ay, mamá, yo qué sé, normal, sí, ufff… —Klaus no tenía ganas de hablar.
— Bueno… ¡La tarde promete! —Zu, que deseaba pasar un buen rato con su hijo y tenía la esperanza de poder conectar con él, se sintió frustrada. ¿No podía echarle un poco más de ganas e interés? A veces sentía que para lo único que la quería era para pagarle cosas.
Al cabo de un rato, dejaron a Marcus en el entreno y fueron al centro casi en silencio. Klaus estaba absorto, pensando en sus cosas y con pocas ganas de charlar.
—¿Y qué? ¿Cómo va el instituto?
—Bien. Sobre todo porque ya se termina. —¡Tenía muchas ganas de no volver a pisarlo durante unos meses!
—Seguramente lo vas a aprobar todo, ¿no? Bravo por ti, hijo, estoy muy orgullosa de cómo lo has hecho. Se nota que ya te has adaptado después de volver de Berlín el curso pasado…
—Supongo… —Para Klaus, ya estaban teniendo más conversación de la que él habría deseado.
—Y aparte de eso, cómo te va la vida, no sé… ¿Cómo estás? ¿Tú, por dentro?
«Uf —pensó Klaus—, ha llegado el momento en el que mamá se pone profunda e intensa y quiere conectar conmigo. ¡Qué palazo! ».
—Normal, bien.
—Pero desarrolla un poco. ¡Últimamente no me cuentas nada! —Tenían esta conversación mientras salían del aparcamiento y se encaminaban hacia una calle muy céntrica donde se concentraban todas las tiendas de ropa para jóvenes de la ciudad.
—Ay, mamá, de verdad, déjalo ya, bro, ahora vamos a comprar ropa, no a hablar en profundidad de nada. —Ya estaba harto de tanta cháchara.
— ¡Podemos hacer las dos cosas! —Zu se resistía a dejar pasar esa oportunidad.
—Es que NO QUIERO HACER LAS DOS COSAS , me basta con ir a comprar ropa. ¿Nos podemos centrar en eso, por favor? —No era tanto pedir, pensaba Klaus.
—Perdona por interesarme por ti, hijo.
—Ay, ahora no te pongas en modo víctima. Tengo derecho a no querer hablar ahora, ¿no?
—¿AHORA? Por favor, pero si no quieres hablar NUNCA… No me cuentas NUNCA nada, no sé NADA de ti , no sé qué te genera malestar, no sé qué piensas, qué sientes… Y eso me preocupa, porque a esta edad os suceden muchas cosas y quizá estás pasándolo mal y yo no te puedo ayudar…
—Pues no sufras tanto, mamá. —Klaus detestaba esta situación que ya habían vivido otras veces. No entendía la obsesión de su madre por saberlo todo de él. Él no necesitaba saberlo todo de ella. ¿Por qué no respetaba sus secretos o su intimidad o lo que él le pedía, que, simplemente, era NO hablar?
—Que no sufra, dice. Cuando tengas hijos, ya verás como se sufre cuando no te cuentan nada.
—Sí, claro, hijos… ¡No pienso tenerlos!
—No tienes ni idea. —Zu estaba ofendida y se la notaba enfadada. Sus expectativas de echar una tarde agradable con su hijo, riendo y pasándoselo bien juntos, se estaban esfumando.
—Ay, mamá, para ya… No puedo más, llego a saber que te pondrías así y paso de ir a comprar ropa.
—Ah, pero para pagar sí que me vas a querer, ¿no?
Klaus habría gritado «¡BASTA!» y se habría ido corriendo a casa.
No estaba de humor para aguantar el mal rollo de su madre porque él no hacía lo que a ella le habría gustado.
Pero sabía que lo mejor, llegados a este punto, era callar e ignorarla.
Si le respondía cualquier cosa, sería mucho peor.
Se pasaron un buen rato sin decirse nada y poco a poco todo se fue relajando.
Finalmente, compraron dos pantalones cortos, una camisa y dos camisetas y, cuando fueron al campo de fútbol a buscar a Marcus, consiguieron reír un poco y todo.
Por suerte, los momentos intensos también pasan.