Capítulo veintiséis
Heidi va a ver a Michaela, y yo decido que ya he tenido suficiente compañía por hoy.
Vuelvo a mi habitación. Estoy a punto de ponerme a leer un libro.
Lo saco del cajón de la mesilla, y mis ojos se detienen al ver la botella de Jack Daniels.
Me gusta mirarla, aunque nunca he probado ni una gota.
Era el favorito de Jordan. Era suya. La cogí como una especie de recuerdo enfermizo, supongo.
Me recuerda a él, me recuerda aquella noche, y me recuerda que no debo volver a beber. Cierro el cajón de golpe.
Me acomodo en la cama y alargo la mano para correr la cortina, pero me detengo. Todavía tengo agarrada la tela gruesa y áspera, y mi cuerpo se ha quedado paralizado.
Veo a alguien. Alguien que observa, que mira fijamente. Está exactamente en el mismo sitio donde lo vi antes, junto al árbol. Me mira exactamente de la misma manera.
Joder, no. Esto otra vez no.
Una vez podría haberlo descartado como casualidad, pero eso ya quedó muy atrás.
Estoy despierta, no me lo estoy imaginando, no me cabe ninguna duda.
Esta vez estoy preparada. Tengo el móvil al alcance de la mano y lo cojo sin apartar los ojos de la figura.
Lo levanto y hago una foto, y luego otra, por si acaso.
La persona de ahí abajo debe de haber visto lo que hago, porque se da la vuelta de inmediato y empieza a alejarse.
Con paso tranquilo; no echa a correr, como alguien a quien han pillado haciendo algo malo, simplemente camina.
Me quedo quieta unos segundos, intentando decidir qué hacer.
A la mierda. Voy a bajar. Necesito saber quién es. Tengo que averiguar por qué me hace esto.
Todo ha sido un desastre, un lío confuso en mi mente que no conseguía ordenar, pero de repente, todo parece claro.
Esta persona. No estaba segura la primera vez, rara vez estoy segura de nada, pero ahora es como si se hubiera levantado una niebla.
Esta persona. Quienquiera que sea, es la responsable.
La certeza me produce alivio, como si por fin hubiera un final a la vista.
En lugar de sentir rabia o miedo, me invade una oleada de felicidad al pensar que quizá, solo quizá, pueda lidiar con esto y empezar a avanzar de una vez.
Salto de la cama, me calzo las botas de un tirón y cojo la chaqueta de la percha, poniéndomela mientras salgo corriendo. Atravieso el salón a toda velocidad, donde Eamon y Cally están sentados viendo la tele.
—¿Estás bien? —grita Cally, pero no me paro a contestar. Eso sí, saludo con la mano y voy sonriendo mientras me alejo.
Salgo por la puerta y bajo las escaleras de dos en dos. De repente me acuerdo del «accidente» de Michaela y aflojo el ritmo. No hay nadie cerca que pueda empujarme, pero sería irónico caerme cuando voy a encontrarme con mi destino.
Empujo la puerta de entrada y salgo disparada por el lateral del edificio. Los caminos están helados, así que voy por el césped, en dirección al árbol, sin perder de vista adónde me dirijo. El corazón me late con tanta fuerza que parece que va a salírseme del pecho.
Por supuesto, cuando llego al árbol ya no está. Me detengo, miro en la dirección en la que lo vi alejarse, intentando distinguir una figura en movimiento más adelante.
Demasiado tarde, pienso. Demasiado tarde.
Apoyo las manos en los muslos y me inclino, agachando la cabeza.
Joder. Joder. Joder.
Me incorporo y me subo la capucha. Hace mucho frío aquí fuera.
No puedo quedarme parada sin más; tengo que seguir moviéndome.
Levanto la vista y echo a andar en línea recta.
La persona se había alejado despacio en esta dirección; es la única pista que tengo.
No puedo perderla de vista; esto tiene que acabar.
Cuando paso por detrás del edificio East, tengo mejor vista del campus.
Es llano por aquí, pero aún hay árboles frondosos y corpulentos dispersos por todas partes.
Capto un destello de movimiento con el rabillo del ojo.
Me centro en él, enfoco, intento ver qué es, intento ver si es él, ella, quienquiera que sea.
Es una figura. El corazón casi se me para cuando la veo. Es una persona, sin duda. Tiene las manos en los bolsillos y camina despacio, con la mirada en el suelo. Algo no cuadra; no hay urgencia, ningún intento de pasar desapercibido.
A menos que quiera esto, pienso. A menos que quiera que lo vea. A menos que quiera que lo siga y lo atrape.
El pensamiento me pone la piel de gallina.
Siento cómo se me erizan todos los pelillos de los brazos contra las mangas.
Si quiere esto, debe de tener un plan. ¿Cuál es mi plan?
¿Qué voy a decirle exactamente cuando lo alcance?
No tengo ni idea. Lo único que sé es que mi vida ha sido una pesadilla, y quiero que termine.
No creo que me haya visto, pero tengo la sensación profunda e inquebrantable de que sabe que estoy aquí, siguiéndolo.
La figura gira a la derecha por un camino.
Si hubiera seguido recto, habría llegado a las torres y al aparcamiento.
Podría haber pensado que era un visitante del campus, perdido, sin malas intenciones.
En cambio, se dirige hacia los campos que se extienden por el sureste del campus.
Se adentra en campo abierto; desde luego no está intentando esconderse.
Me quedo atrás, intento mantener un árbol en la línea de visión entre nosotros, asegurándome a la vez de no perderlo de vista.
Si puedo verlo, puede verme a mí. No quiero ser demasiado obvia.
Quiero que piense que me ha despistado. Intento ser sigilosa, pero no tengo experiencia en esto; soy torpe y poco hábil.
Hay una ligera depresión en el borde del campo, y pierdo de vista a la figura cuando baja la cuesta. Me invade el miedo de perderla.
Mierda, mierda, mierda.
Acelero el paso, menos preocupada por que me vean, más preocupada por no perderlo de vista. Llego a la cima del montículo y me quedo paralizada.
Hay un banco a mitad de la colina, junto al borde del camino, y alguien está sentado en él.
No veo a nadie más alrededor. No hay nadie más aquí. Tiene que ser.
Me quedo quieta como una estatua durante unos segundos, intentando pensar.
Esto es todo. Por fin lo tengo aquí delante.
Ojalá hubiera pensado en un plan; no tengo nada.
Me siento sorprendentemente tranquila, a pesar de mi ritmo cardíaco desbocado y la dosis masiva de adrenalina que me recorre las venas.
Soy consciente de todo eso, pero me siento dueña de la situación.
Echo un último vistazo alrededor; solo estamos esta persona y yo.
Tenía razón cuando lo vi por primera vez: tiene más o menos mi altura y complexión.
Aparte de eso, no podría decir nada más.
Lo único que veo es la silueta encapuchada en el banco.
Lo que no había previsto es que ya está oscureciendo bastante, sobre todo aquí, lejos de los edificios del campus. No quiero quedarme mucho más. Quiero hablar con esta persona y acabar con esto de una vez.
Respiro hondo y me lanzo.
—¡Eh! —grito, sin saber aún qué voy a decir. Ya improvisaré.
Empiezo a acercarme.
No se da la vuelta.
No se mueve.
—¡Eh! —grito más fuerte y me acerco.
Nada.
Joder , murmuro entre dientes.
Este jueguecito no tiene ninguna gracia.
Troto los últimos metros y me detengo detrás.
—Eh —digo en voz baja, con calma.
Nada.
—Tenemos que hablar de esto —digo—. ¿Quién eres? ¿Por qué coño me estás acosando?
La figura da unas palmaditas en el banco, a su lado, pero no dice nada. Ni siquiera se gira para mirarme.
¿¿En serio??
Suspiro, muerta de frío, agotada y harta de esta mierda. Rodeo el banco.
La capucha le oculta la cara. Cuando me siento, se gira para mirarme y la reconozco al instante, aunque han pasado dos años desde la última vez que la vi.
Sé quién es. Y sé por qué está aquí.