Capítulo veintisiete
En cuanto me siento, me escupe en la cara. No me lo esperaba. Retrocedo al instante, casi caigo hacia atrás del banco.
He cometido un gran error al seguirla, al venir aquí. Ya lo sé, pero estoy aquí. Estamos aquí, y tenemos que acabar con esto.
Distingo las luces de Lake House a lo lejos. Si me levanto y echo a correr, si hace falta, podría llegar a la oficina de seguridad, podría llegar a—
No termino de pensar, porque me lanza un puñetazo. Intento levantarme, apoyo las manos en la madera fría, clavo los pies en el barro endurecido del suelo. Me vuelve a tirar hacia abajo, con sus pequeños puños aferrados a mi sudadera.
—Siéntate de una puta vez. Querías hablar —dice—. « Tenemos que hablar de esto ».
Su tono es burlón.
—Llevo esperando el momento adecuado. Llevo dos años esperando para alejarte de tu familia, para tenerte a solas. Solo salías de casa para ir a tus putas sesiones de terapia.
Tiene el rostro contraído en una mueca de rabia. Me lanza un puñetazo a la cara, y esta vez acierta.
—Puta loca de mierda.
Joder, cómo duele. Nunca he estado en una pelea, nadie me ha pegado nunca. Toda la mierda que me han echado encima ha sido verbal, emocional y personal. Nadie se había molestado en darme un puñetazo. Joder.
Intento ponerme de pie otra vez, pero ella se agarra a mí, me araña, tira de mí.
Ha venido hasta aquí para acosarme, ha estado moviendo libros por la biblioteca, probablemente ha entrado en mi habitación, ¿y me llama loca a mí?
Ahora que está aquí, ahora que esto está pasando, creo todo lo que mi mente jodida había puesto en duda.
Ella ha sido la causa de todo lo que ha pasado, tiene que haber sido ella.
Es peligrosa, lo sé. Tengo que escapar.
Miro a mi alrededor desesperada, pero ella me tiene agarrada y no puedo quitármela de encima.
Empieza a hablar, y ojalá se callara. Ojalá no estuviera aquí, ojalá no estuviera yo aquí, ojalá me lo hubiera imaginado todo.
—Ni siquiera deberías haber estado allí. Tenías dieciséis años. No deberías haber estado bebiendo. Para empezar, no deberías haber estado en el club.
No debería haber estado allí, por supuesto. Tenía dieciséis años. Dos años menos de la edad legal de entrada para ese club, pero Jordan conocía a un chico que hacía carnés falsos y me consiguió uno.
Jordan siempre estaba ahí para mí, siempre.
Les había dicho a mamá y papá que estaría en casa de una amiga, y creo que simplemente se alegraron de que por fin tuviera una amiga con la confianza suficiente para invitarme.
¿Valió la pena? El concierto fue increíble, fue todo lo que pensé que sería.
Le había prometido a Jordan que solo necesitaba el carné para entrar y que no bebería, pero una vez dentro…
bueno, supongo que me dejé llevar. Pensé en probar suerte, acercarme a la barra, pedir una copa, ver si me servían.
Claro, daban por hecho que ya me habían pedido el carné en la puerta, así que el camarero me sirvió un Jack con Coca-Cola y me lo puso delante.
Resultó que me gustó. Me tomé cuatro más.
Nunca había bebido alcohol, así que ya te puedes imaginar el efecto.
Jennie me lanza un golpe y lo esquivo. Jennie; claro que tenía que ser Jennie.
La subestimé. Subestimé su relación con Jordan y subestimé lo destrozada que estaba por haberlo perdido.
Qué jodidamente irónico. Si había una persona con la que debería haber podido hablar, que podría haber entendido lo que había perdido, esa era yo.
Pero nunca hablamos, ni siquiera en el funeral.
No quería saber nada de ella. Le guardaba rencor cuando Jordan estaba vivo, por todo el tiempo que pasaba con ella, cuando debería haber estado conmigo.
Como si me leyera el pensamiento, dice:
—Todo siempre tenía que girar en torno a ti. Tú. El centro de todo.
A pesar de su furia, no me grita. Eso lo hace aún más aterrador. Tiene el control y sabe exactamente lo que hace.
Busco desesperada el brillo de las linternas de Jack o Fats a lo lejos.
—Nadie va a venir a salvarte, zorra de mierda.
Lanza un golpe y su puño me alcanza la mejilla de nuevo. Me da en el mismo sitio que la primera vez, y noto la cara frágil. El dolor me quema la piel. Intento devolver el golpe, pero mis brazos se agitan inútilmente.
Jordan vino a recogerme a las once y media. Mi toque de queda era a medianoche, y el trayecto duraba veinte minutos. Acordamos los diez minutos extra solo para ir sobre seguro. Seguros. Ojalá lo hubiéramos estado.
Estaba fuera del club cuando se detuvo a mi lado a las once y media en punto. En cuanto abrí la puerta del coche, supo que había estado bebiendo.
—Becky, ¿por qué? —dijo—. Te vas a meter en un buen lío.
—Te quiero —dije. Mi cerebro flotaba en alcohol y felicidad.
—Joder. Yo también te quiero, Becks, pero… joder, ¿qué estás haciendo?
Me incliné sobre el coche, con la palanca de cambios clavándoseme en el estómago, y le eché los brazos al cuello. Recuerdo que le di un beso tan grande y baboso en la mejilla que, a pesar de estar molesto, se echó a reír. No soportaba que estuviera enfadado conmigo, tenía que ablandarlo.
—Cuando lleguemos, di que te duele la cabeza, o que estás cansada o algo así. Sube directa a tu cuarto. Yo te cubro —dijo. Siempre era él quien tenía los planes.
—Eres el mejor —balbuceé, y lo decía de verdad.
Era el mejor; lo era todo.
Estaba eufórica, pero cuando arrancó, empecé a sentirme mal.
Tiro de la mano de Jennie, intento soltar su agarre, quitármela de encima. Es fuerte, hay que reconocerlo.
—Lo quería. Era mi mundo. Y ya no está por tu culpa.
Sigue hablando y sigue lanzándome puñetazos.
Jennie, Jennie, Jennie.
Ni siquiera me había dado cuenta de lo en serio que iban ella y Jordan. Llevaban juntos desde el principio del instituto, casi dos años. No era tiempo suficiente para ir tan en serio, tan jóvenes, ¿no? ¿Qué sabré yo? Nunca he querido a nadie. No de esa manera.
Amaba a Jordan. Lo amaba muchísimo. Sigo diciéndolo, lo sé, pero ahora mismo es el pensamiento que no para de aflorar en mi cabeza.
Me golpea de nuevo y de repente estoy fuera de su agarre, cayendo al suelo. Ha sido un golpe duro, me ha dejado sin aire, me ha hecho perder el equilibrio.
Jordan nos llevó por el pueblo y tomó las carreteras rurales que conducían a nuestra aldea.
Era un conductor cuidadoso. Digan lo que digan, siempre fue cuidadoso.
Había aprobado el examen de conducir unos seis meses antes, a la primera, por supuesto.
Hacía todo al pie de la letra, y lo hacía todo bien.
Eso era bastante frustrante a veces, porque yo era la hermana pequeña que no podía estar a la altura de su ejemplo, pero así era Jordan: demasiado perfecto.
—¡Acelera! ¡No quiero llegar tarde!
Gritaba, borracha perdida.
—Ya voy al límite de velocidad.
Su voz se mantuvo calmada. Intentaba hacerme entrar en razón.
—Abre la ventanilla. Despéjate un poco.
Me incliné y encendí el estéreo. Mantuvo los ojos en la carretera, pero vi un destello de mirada en mi dirección, como un disparo de advertencia.
—¿Qué tal tu noche, Beck?
Estaba haciendo todo lo posible por calmarme, por devolverme a terreno firme antes de llegar a casa. Siempre estaba haciendo todo lo posible.
Me levanto como puedo; esta es mi oportunidad.
—¡Ayuda! ¡Alguien! ¡Ayuda!
Grito tan fuerte que me arde la garganta.
—Nadie va a ayudarte.
Jennie casi se ríe.
—Nadie.
Echo a correr y ella corre tras de mí. Me concentro en la luz de Lake House, calculo la ruta más rápida rodeando el agua para llegar hasta allí.
Ya está oscuro y el suelo es irregular. No quiero tropezar y acabar otra vez en el suelo; no quiero hacer nada que le dé ventaja de nuevo.
Tengo que correr, pero tengo que ir con cuidado.
Nuestra canción sonó en la radio
Tú y yo…
Estamos en el camino…
Vamos lanzados…
y alargué la mano y subí el volumen. Siempre tenía cuidado de no molestarle cuando conducía, pero alargué la mano.
Lo subí a tope, y él me miró, solo por el rabillo del ojo, y dijo:
—Becky Bear. Bájalo. Es tarde. Aquí vive gente.
Cuanto más me agito para escapar de su agarre, más fuerte se vuelve.
Me está arrastrando. Sus manos apretadas en torno a mis brazos, camina hacia atrás, me arrastra como si fuera un saco de harina.
Intento clavar los pies en el suelo. Intento hacer algo, lo que sea, para resistirme, para impedir que me arrastre.
Pero me tiene.
Me tiene y no hay nada que pueda hacer.
—Aquí no vive nadie —dije.
Estábamos en un tramo abierto de carretera, justo antes de la autovía. Conducía rápido, por debajo del límite de velocidad, pero rápido.
—Me está distrayendo. No puedo concentrarme.
Su voz se volvió tensa. Lo estaba irritando, lo sabía. Odiaba cuando pasaba eso. A veces era demasiado para él. Intentaba tolerarme, pero si no fuera su hermana, me habría mandado a la mierda, lo sé.
Movió la mano para bajar el volumen; yo lo volví a subir y nuestras manos se enredaron. Él me apartaba, y dio un volantazo y
Y…
Me está llevando hacia el agua. Pateo y lanzo puñetazos desesperados. De alguna manera, no consigo conectar. No puedo hacer nada que la detenga.
—Por favor —digo.
Sale como un chillido, un ruido de cerda herida. No reconozco mi propia voz. Me siento perdida. Estoy jodidamente aterrorizada.
—Cállate de una puta vez.
Se detiene un momento, sin soltarme, y me lanza una patada a las costillas. Un dolor desgarrador me atraviesa el torso.
Joder.
Joder, joder, joder.
—Por favor, para.
¿Qué más puedo decir?
Me patea de nuevo, más fuerte.
—Jennie —digo, y su nombre sale como un gemido largo y angustiado—. Jennie, por favor.
Lo vi allí tendido, el metal acunando su cuerpo.
Su cabeza destrozada contra el volante, la sangre salpicada sobre la ventanilla del conductor, sobre la telaraña de grietas del parabrisas.
Su boca echaba espuma roja, algo había atravesado uno de sus pulmones.
Era una costilla, fracturada y desplazada.
Me enteré de eso después, por supuesto. No es algo que puedas ver. No es algo en lo que quisiera pensar.
Leí en algún sitio que si te atacan, deberías intentar razonar con tu atacante. Si no funciona, apunta a los ojos o a los genitales. Patéales en las pelotas. Nunca esperé que me atacara alguien un par de años mayor que yo y más o menos de mi tamaño. Pero da igual, es fuerte. Es demasiado fuerte.
—Jennie. No tienes que hacer esto. ¿Qué quieres?
Las palabras duelen. No puedo respirar bien. Creo que algo puede estar roto. El pecho me arde y jadeo.
Me patea de nuevo y aúllo.
Tenía los ojos abiertos, pero luchaba por mantenerlos así. Podía ver su dolor; casi podía sentirlo, pero no podía sentir el mío, no entonces, no mientras estaba pasando. Mis instintos me empujaban a liberarme y salir de allí. Eso era todo lo que podía sentir: esa fuerza, ese impulso primario.
—Yo también lo amaba —logro decir—. Jennie, yo lo amaba.
—Tú lo mataste. Puta. Tú lo mataste.
Su odio venenoso llena cada palabra.
Volvemos a movernos. Saboreo la sangre. Cada respiración arde. El dolor es casi insoportable. Me arrastra y mi cuerpo roto rebota sobre el suelo helado. Colina abajo, sigue tirando, y yo sigo moviéndome. No hay nada que pueda hacer.
Cuando llegamos a la orilla del lago, se detiene y me empuja en el pecho con la palma de la mano. Mi cabeza golpea el suelo, pero aquí no es tan duro, la humedad del lago lo ha ablandado hasta convertirlo en un barro frío y blando. Aun así duele de cojones.
Intento encontrar aire para decir su nombre otra vez.
Si consigo razonar con ella, llegar a ella de algún modo, quizás pare.
Mis ojos barren el horizonte en busca de cualquier señal de alguien cerca del lago.
No hay nadie. La oficina de seguridad está a la vista, pero demasiado lejos para que me oigan, aunque pudiera gritar.
Me falta el aire, estoy herida y, joder—
Miré a mi alrededor desesperada. Buscaba cualquier punto débil en los restos del accidente, algún hueco por donde pudiera llegar hasta él, hacer algo por él. Pero no pude. No vi nada. Lo intenté. De verdad. Lo intenté.
Me agarra del pelo y tira de mi cabeza. Sé lo que viene antes de que empiece a arrastrarme. Hago un último intento desesperado por liberarme, intento darle un cabezazo en las piernas, hacerla perder el equilibrio; quizás consiga derribarla.
No funciona. No le doy. Soy tan jodidamente inútil. Ella me lanza otra patada al estómago y me desplomo.
Me levanta la cabeza y de un solo movimiento la hunde bajo la superficie helada del lago. No me dio tiempo a coger aire y el shock del frío punzante me hace tragar agua. Agito los brazos, intento golpearla, agarrarla, detenerla; fallo, fallo, fallo.
Es una inmersión rápida. Me saca la cabeza del agua, y juro que se está riendo. Toso, me atraganto, intento respirar, vuelvo a toser.
—No intentaste ayudarlo. Abriste tu puerta de una patada y saliste. Lo miraste tirado allí y lo dejaste.
Acerca su cara a la mía y me escupe las palabras.
—¿Q-qué? —tartamudeo. Debería aprovechar para respirar, o para luchar, pero pregunto.
—Si hubieras intentado sacarlo, estaría vivo. Tuviste tiempo de salvarte a ti misma. Deberías haberlo salvado a él. Deberías haber intentado salvarlo, joder.
No me ha soltado el pelo, tiene los dedos enredados en él, agarrándome.
—¡Ayuda! ¡Que alguien me ayude, joder! —logro gritar con las últimas fuerzas que me quedan.
Luego la miro. Me pregunto cuánto tiempo lleva planeando esto, cuánto odio ha acumulado dentro, hasta dónde está dispuesta a llegar.
—Jennie... para...
Me empuja la cabeza de vuelta al agua helada.
Salí. Yo sí. Él no. Él quería que saliera. Quería que estuviera a salvo. No había nada que pudiera hacer.
No había nada que pudiera hacer.
Mi hermano.
Jordan.
Lo dejé allí.
Mientras aprieto la boca, luchando contra el dolor del frío y el impulso insoportable e irracional de dejar que el agua me inunde los pulmones, oigo su voz amortiguada.
—Perra... lo mataste... amor... perra...
Es todo lo que distingo. Me ha tenido bajo el agua más tiempo esta vez. No aguanto más. Necesito respirar. Todo empieza a volverse negro—
En los días y meses que siguieron, solo pensaba en su cara. Me vio salir del coche. Sabía que no había esperanza para él. Sabía que se había acabado. Cada vez que cerraba los ojos, lo veía.
Cada vez que intentaba dormir, me atormentaba el mismo hecho: fue culpa mía. Murió por mi culpa.
Me saca la cabeza del agua.
—Perra loca —termina de decir—. Mírate. Pensé que lucharías más, ¿sabes? Pensé que esto sería más difícil. Pero es fácil, ¿verdad?
Su voz es tan firme, tan serena. Su calma me aterroriza más que nada.
Tiene el control. Sabe lo que está haciendo, y lo está haciendo. Lo está haciendo.
—No —grito, chillo, uso todo lo que me queda, hasta el último resto de mis fuerzas para soltar esa palabra, pero la palabra es inútil.
Agua.
Helada.
Agua.
Me agito.
Agua.
Empujo.
Agua.
Esa canción. La cara de Jordan. Lo dejé. Lo dejé.
Agua.
Agua.
Oscuridad.
Tú y yo.
Tú y yo.
Tú