Capítulo veinticinco
A Michaela no la retienen mucho tiempo. Solo han pasado dos días; acabo de revisar mi buzón en el vestíbulo y estoy a punto de subir cuando casi me la encuentro de frente.
Pelo largo, de un rojo brillante; moretones feroces y violentos en la cara.
Mientras la miro fijamente, me doy cuenta de lo mucho que el color de sus moretones se parece al de las joyas.
Esmeralda, amatista, ámbar; es casi hermoso.
No sé si me dirá algo. En realidad, no nos conocemos. No creo que me reconociera si nos cruzáramos en el campus. Probablemente haríamos exactamente eso: pasar de largo. No tenemos ningún motivo para pararnos a decir «hola». Es amiga de Heidi, o algo más, lo que quiera que sean.
Le hago un gesto con la cabeza y ella me lo devuelve. Eso es todo.
Tengo algo de correo basura, pero nada importante.
Era de esperar. No hay nadie que vaya a escribirme.
No es el estilo de mamá, ¿y a quién más tengo en realidad?
Si Jordan... si lo que pasó no hubiera pasado...
me imagino que él y yo nos escribiríamos cartas tradicionales, a la antigua usanza.
Pluma y papel, quizá postales, cada semana.
Aquí va lo último.
Adivina qué pasó.
Pequeños dibujos en los márgenes; todo podría haber sido diferente, pero no lo es.
Subo las escaleras, subo al piso, subo a mi habitación. Y efectivamente, ahí está Heidi.
—Acabo de ver a Michaela en el vestíbulo —digo—. ¿Ya está bien?
Heidi asiente, pero no sonríe.
—¿Qué pasa?
Está de pie junto a la entrada de la cocina, y antes de hablar se deja caer en el sofá y suelta un suspiro. Es melodramático, pero dadas las circunstancias no me inmuto.
—No recuerda lo que pasó, no con claridad, pero... —dice.
Ahora estoy preocupada. Me siento en el otro sofá, con las manos en el regazo, intentando no temblar, y pregunto:
—¿Qué?
Heidi me mira, los ojos llenos de lágrimas.
—Cree que puede que no fuera un accidente.
—¿Cómo que no? ¿Qué quieres decir?
—Lo tiene todo borroso, pero dice que cree que alguien pudo empujarla —Heidi se echa a llorar, el rostro contraído en una mueca fea y arrugada.
—Joder —digo, porque no sé qué otra cosa decir—. ¿En serio?
—Sí —Heidi intenta hablar entre sollozos—. Recuerda que estaba en el rellano, con el bolso, se dio la vuelta y entonces alguien salió de nuestro piso. Deprisa.
—¿Nuestro piso? ¿NUESTRO piso? ¿Quién? ¿Qué? Joder —mi cerebro de perezoso va encajando las piezas—. Escucha, no sé si Cally te lo ha contado, pero creo que alguien me ha estado siguiendo. Ya sabes que Seguridad vino aquí...
—Sí, y Micki también fue a Seguridad. Dijeron que nadie más ha entrado en el edificio. Nadie que no viva aquí —hace una mueca y gime—. No sé...
—Eso es lo que me dijeron a mí también. Creo que las cámaras deben de estar jodidas. No pueden seguir diciendo lo mismo. O sea, les creí sin más cuando me lo dijeron, pero... a lo mejor... o están jodidas o son completamente inútiles.
Intento acordarme del nombre del tipo con el que hablé, el que no era ni Fats ni Jack.
—Pero no está segura, así que no quiere insistir. A lo mejor simplemente tropezó —Heidi se seca los ojos. No me he acercado a consolarla. Quizá era lo que esperaba, pero no se me da bien este tipo de cosas; no sé lidiar con las emociones.
Pero entiendo la incertidumbre de Michaela.
La incertidumbre es una de mis mejores amigas, pasamos mucho tiempo juntas.
En realidad es una de mis peores enemigas, claro; la odio.
Pero no consigo librarme de esos sentimientos, y los entiendo lo bastante bien como para simpatizar con Michaela, al menos un poco.
—Por si acaso —digo—, asegúrate de que la puerta del piso esté siempre cerrada con llave. Ya sé que seguramente lo haces, pero...
Asiente.
—No, claro. Sí, de verdad —ambas hacemos una pausa—. Seguramente no es nada. Todo está bien.
Ya no estoy segura de nada.
—Entonces, ¿tú y ella...? —dejo la pregunta a medias y ella responde a medias con un encogimiento de hombros.
—No lo sé —dice—. Nunca he... —se le encienden las mejillas con un rubor intenso. Es tierno; la hace parecer casi inocente.
—¿Nunca has estado con una chica? ¿Nunca te han gustado las chicas de esa forma? —sé que las preguntas la van a incomodar, pero quiero saberlo, así que las hago igualmente.
Se encoge de hombros otra vez.
—Ninguna de las dos —cambia de postura, intenta no mirarme. Ya ha dejado de llorar, al menos eso es algo.
—No pasa nada por no saber —digo—. Lo que te gusta, quiero decir, no saber lo que quieres. No pasa nada por ser tú misma y hacer lo que te parezca bien.
Eso es lo que me dijo Jordan. Esas fueron sus palabras exactas, o al menos así es como las recuerdo.
Le conté los sentimientos que había empezado a tener, porque no había nadie más a quien pudiera contárselo.
Nadie más me habría entendido, ni me habría escuchado sin juzgarme.
Jordan me hizo sentir que podía ser yo misma, y que debía serlo.
Heidi me mira.
—Gracias, Becky.
Sonríe, y es precioso. Tiene los dientes perfectos.
Una sonrisa preciosa, blanca como perlas y perfectamente recta; ojalá la mía fuera así.
Ojalá pudiera sonreír más. Lleva los labios pintados con un brillo color frambuesa, dulce y reluciente.
Me pregunto cómo será besarla. Me pregunto si sabrá tan dulce como parece ese brillo.
Heidi vuelve a hablar. —No sé si ella…
Asiento. No tiene que explicármelo. —Quizá ella tampoco lo sepa, pero podéis resolver esto juntas.
Estoy llena de buenos consejos.
En la superficie, esta es la conversación más sincera que he tenido desde que me mudé aquí.
Pero por dentro, desearía que Michaela no existiera.
Desearía no haber vivido el tipo de vida que me ha convertido en la cáscara vacía y jodida que soy ahora.
Deseo con todas mis fuerzas, pero los deseos no se hacen realidad. No para gente como yo.