Capítulo veinticuatro
Me siento en mi habitación y ni siquiera me molesto en encender la luz. No he comido desde la media hamburguesa que tomé en Rachel's , pero no tengo hambre. Aunque la tuviera, lo último que quiero es volver a salir esta noche. Hace frío, todo es deprimente, y yo también.
Michaela. O sea, parece bastante maja. ¿Por qué iba alguien a empujarla?
¿Por qué lo sugerí siquiera? Estoy tan metida en mi propio mundillo y en el desastre que llamo mi vida que estoy montando dramas con todo.
No me sorprendería que ninguno de ellos quisiera volver a hablarme después de esto.
Quizá me mude, le deje mi habitación a Michaela.
Serán mucho más felices con ella en el grupo que conmigo.
Quizá pueda mudarse directamente con Heidi. ¿Por qué no?
Y la forma en que Eamon y Heidi me miraron cuando dije que no me gustan los hospitales. Me compadecen. Seguramente esa sea la única razón por la que me hablan. Aunque no saben nada. Ninguno de ellos sabe nada. Nadie sabe nada.
En realidad no pasé mucho tiempo en el hospital. Cuando pasó, quiero decir. Solo me llevaron por precaución. Para examinarme. Aun así tuve que tumbarme en uno de esos tableros rígidos, con collarín y toda esa mierda. Solo por precaución.
Todavía estaban cortando el coche para sacar a Jordan cuando me llevaron. El impacto fue contra su lado. No quieres saber cuántas veces me he preguntado si giró el volante en el último momento, intentando salvarme, sacrificándose él. No lo sé. De verdad que no lo sé.
Recuerdo los sonidos más que nada. ¿Es raro?
Estábamos escuchando esa canción. Nuestra canción.
The Testaments. Nuestro grupo favorito. La música estaba a tope, retumbando en el estéreo cutre de su coche.
Era medianoche, o justo antes, pero estábamos fuera del pueblo, por las carreteras secundarias. Sin vecinos a los que molestar.
Súbela. A tope. Canta.
Esa canción. No puedo escucharla. No podría volver a escucharla jamás.
Tú y yo. Estamos en un camino. Estamos en racha.
¿Conoces la canción? La habrás oído en la radio. Estuvo en todas partes ese verano. No podía escapar de ella ni aunque quisiera.
Me tienes. Tienes mi corazón. Tienes el control.
Nos encantaba. Nos encantaban ellos. Eran nuestro grupo local que había triunfado, y sentíamos que eran un descubrimiento nuestro.
Nuestros chicos, sí. Cuando empezaron a sonar en la radio, era tan emocionante cada vez que los oíamos.
Después del accidente, deseé que nadie hubiera comprado nunca su música.
Deseé que hubieran sido un fracaso, para no tener que escuchar esa puta canción allá donde fuera.
¿Quieres oír algo gracioso? Cuando estaba en la sala de espera de mi primera cita con el psicólogo, esa canción sonó en la radio.
Control.
Así se llama.
«Control».
Empecé a sentir náuseas cada vez que la oía. Medio esperaba que la canción se parara, justo donde se había parado cuando chocamos contra aquel árbol.
Cuando derrapamos y nos salimos de la carretera.
Cuando el coche dio una vuelta completa y me lanzó contra la ventanilla.
Cuando el lado del conductor quedó aplastado, compactado, retorcido.
Cuando el pecho de Jordan se hundió bajo la presión del impacto.
Cuando el morro del coche empujó el motor hacia donde habían estado sus piernas, destrozándolas, doblando su cuerpo como un acordeón.
Cuando todo cambió.
Cuando todo terminó.
Tú y yo.
Puedo oírla ahora, resonando en mi cabeza, tan clara como si esa radio estuviera aquí mismo.
Estamos en un camino.
Para. Para ya. Deja de pensar. Para.
Oigo la canción y puedo ver su cara.
Incluso en esos últimos segundos, cuando supe que no había nada que hacer, cuando vi que ya no tenía salvación, me miró.
Sus ojos. Joder. Cómo me miró. O sea, sé que probablemente ya se había ido, que su mente probablemente ya no estaba, pero, bueno, me pareció ver algo en ellos.
Me pareció que me estaba enviando un mensaje, intentando decirme que me fuera, que me salvara.
Quería que saliera, que escapara, que me fuera.
Quería que estuviera a salvo. Estoy segura de que eso habría sido lo que él quería, aunque no pudiera decirlo.
Estamos en racha.
Necesito parar.
Nunca he tenido un ataque de ansiedad, hasta ahora no, todavía no.
Pero noto el corazón latiéndome con fuerza; un golpeteo pesado, palpitante, en el pecho.
Quizá la tensión se me esté disparando, descontrolada.
Quizá si sigo aquí tumbada, pensando en lo que no debería pensar, algo dentro de mí reviente. Quizá.
Hago lo único que puedo hacer cuando me siento así.
Llamo a mamá.
De alguna manera, lo sabe, en cuanto empiezo a hablar. Quizá no controlo bien la respiración, quizá estoy atropellando las palabras. Tantos quizás.
—¿Qué pasa? —pregunta—. ¿Qué ha pasado?
No sé qué decir. Solo quería oír su voz, oír algo familiar, algo de cuando era feliz, algo de antes . Pero esto no es antes, esto es ahora, y no hay vuelta atrás.
—Me apetecía hablar —digo—. Cuéntame cosas de casa. Cuéntame qué has estado haciendo.
Creo que es una petición sencilla, pero no llamo muy a menudo, y entiendo que mi repentino interés la haya pillado desprevenida.
Oigo un pequeño crujido al otro lado de la línea, y me la imagino flexionando las rodillas, acomodándose en el sofá.
Tiene un muelle ligeramente suelto en el extremo que siempre elige, el más cercano a la mesita, donde deja la taza y el mando de la tele.
Intento imaginarla allí ahora, qué lleva puesto, si se ha recogido el pelo hoy.
Cierro los ojos, tratando de pintar esa imagen mental.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
Abro los ojos de golpe. No puede darme lo que necesito, ni siquiera por una vez. Solo palabras, eso es todo lo que quiero, normalidad. Ya no estoy segura de que exista.
¿Existió alguna vez?
Suspiro.
—Rebecca.
—Estoy cansada, mamá. Cansada y estresada.
—¿Algo en particular?
—Todo. Yo…
Estoy a punto de contarle lo de las llamadas, la biblioteca, Michaela, todo, pero me contengo.
—Es difícil. Estar aquí. Aguantar.
—¿Has visto a alguien? Dijiste que tenías una…
No termina la frase. Es como si no quisiera mencionar a la psiquiatra, como si la palabra fuera una especie de maldición.
Me muerdo el labio.
—¿Una profesional, quieres decir?
—Sabes a qué me refiero —dice.
Quiero oír compasión en su voz, o preocupación, pero lo único que percibo es exasperación.
—Sí. Parece maja. Aún no me ha dado la patada.
Por supuesto, mi madre sabe que es más probable que sea yo quien deje a Brightside. Pero esta vez fue decisión mía empezar las sesiones. Quería ayuda. Me mudé aquí para seguir adelante con mi vida y hacer las cosas que Jordan nunca podrá hacer.
—¿Has hablado con tu doctora sobre…? Bueno, ¿le has contado todo? —Hace una pausa.
No voy a ponérselo fácil; quiero obligarla a decirlo.
La línea está en silencio, salvo por la respiración áspera e irregular de mi madre.
Por fin habla. Su voz suena forzadamente neutra, como si hubiera exprimido cualquier emoción que pudiera sentir.
—¿Has hablado con ella de Jordan? ¿De Bridlington? ¿Le has contado lo de Chester?
Una sonrisa amarga se dibuja en mis labios.
Lo sabía.
Sabía que mi madre volvería a eso.
Sabía que tarde o temprano lo desenterraría todo. Está muerto y enterrado, y ahí es donde pienso dejarlo.
—No quiero hablar contigo de lo que trato con mi psiquiatra —digo—. Seguro que ella ya sabe todo lo que le he contado a cualquier otra persona. Tiene mi expediente. No tengo que volver a repasar todo. Ella va a ayudarme a mejorar, no a hacerme sentir peor.
Ahora le toca suspirar a mamá. Sé que habrá captado mi indirecta: que ella, precisamente, está haciendo justo eso, empeorando las cosas.
Esta conversación no está saliendo como esperaba. Lo único que quería era consuelo.
—¿No puedes simplemente… —empiezo la frase, pero no sé cómo terminarla.
—¿Qué? —me espeta; está cansada, cansada de mí. Qué mala suerte debe de tener: perder a su hijo perfecto y quedarse con su hija, la inútil.
—Da igual —digo—. Te dejo.
—Beck... —empieza, pero antes de que termine de decir mi nombre, cuelgo.
Después de colgar, me tumbo boca abajo y hundo la cara en la cama. Podría llorar. Quizás tú lo harías. Quizás cualquier persona normal lo haría. Podría, pero no lo hago. Me siento frustrada y enfadada, más que triste.
Lo que le dije a mamá era cierto. Supongo que Brightside sabe todo lo que le conté a Balliol, que debe de haber alguna forma de compartir información entre ellas, de manera profesional.
Di mi consentimiento para ese intercambio de información justo al principio, cuando empecé a ver a Balliol.
Me dijo que todo lo que habláramos era confidencial, a menos que necesitara comentar algo con otro profesional, o a menos que yo revelara algo que implicara hacerme daño a mí misma o a otra persona.
Quizás esa sea una de las razones por las que me resistía tanto a abrirme con Balliol.
No quería meter la pata; no quería decir demasiado.
Todo lo que digas podrá ser usado en tu contra.
De donde no hay, no se puede sacar. Sabía que si no decía nada, mis palabras no podrían ser analizadas. Cuando empecé a abrirme, fui cuidadosa. Le dije lo que quería oír, y todos parecían mucho más contentos. Yo no; seguía siendo la misma cría hecha un desastre. Y lo sigo siendo, nada ha cambiado.