Capítulo veintitrés #2
Los paramédicos están deslizando una tabla bajo la chica en el vestíbulo. La reconozco de inmediato. Es la pelirroja del Cuatro, Michaela.
Eamon está en las escaleras, observando con un par de compañeras de piso de Michaela. Se mantiene apartado, pero sin perder detalle.
Paso agachada por detrás de los paramédicos y subo para unirme a él.
Ahora la están poniendo en una camilla. Tiene los ojos cerrados, pero la cara rosada. Las pecas le arden como un incendio.
—¿Qué ha pasado? —le susurro a Eamon.
—Nadie lo vio —dice—. Alguien del Dos entró en el edificio y la vio al pie de las escaleras. Supongo que se cayó.
—Estará bien —digo—. O sea, parece que estará bien.
Mientras la llevan hacia la puerta, veo a Heidi corriendo por el camino hacia South. El pelo le ondea como las orejas de un spaniel.
Venía andando, llegando a la escena igual que yo, pero supongo que vio el destello del pelo de Michaela brillando como un faro.
Heidi se detiene junto a la cabecera de la camilla. Está hablando con el paramédico, pero no oigo lo que dice.
Miro a Eamon y bajo las escaleras para ponerme al lado de Heidi.
Le paso el brazo por los hombros, intentando reconfortarla, pero no sé qué decir. Apoya la cabeza en mi hombro.
—¿Te dejarán ir con ella?
—Ni siquiera se me ocurrió preguntar —dice, y se vuelve hacia el paramédico—. ¿Podría ir?
—¿Es usted familiar? —pregunta, aunque resulta obvio que ambas chicas son estudiantes y no se parecen en nada.
—Amiga —dice.
Algo más que amigas, pienso.
—Va a estar bien. Mejor que llame al hospital más tarde, allí podrán darle más información.
Observamos cómo meten la camilla en la parte trasera de la ambulancia y cierran las puertas.
—La vi hace solo un par de horas. Es una locura verla así ahora.
—Oye, han dicho que estará bien. No te preocupes —levanto la mano y le acaricio el pelo con suavidad—. Va a estar bien.
Esboza una sonrisa valiente.
—¿Quizás Eamon te lleve a visitarla más tarde, cuando esté instalada? —señalo hacia las escaleras, donde sigue de pie, charlando con los chicos del Cuatro. Me ve y me saluda con un gesto.
—Sí —dice—. Quizás.
No estoy segura de que se haya dado cuenta de que he captado lo que había, o hay, entre ella y Michaela.
Supongo que la mayoría de la gente no lo notaría y asumiría que solo son amigas.
Yo sí veo esos pequeños matices. Sé leerlos.
Aun así, no lo menciono. Dejaré que sea ella quien hable de ello si quiere.
Es extraño ver la ambulancia alejándose por el camino.
El único tráfico que hay en el campus son vehículos de mantenimiento; no hay carreteras propiamente dichas.
Los aparcamientos de personal y estudiantes están mucho más allá de la plaza donde vivo, junto a las tres torres que albergan a los estudiantes que no viven en North, South, East o West. Casi nadie vive en la ciudad porque aquí todo es muy caro.
Los caseros no quieren estudiantes, y los estudiantes no quieren pagar el triple del alquiler que pagarían en las residencias.
—Oye —Heidi me da un codazo—. Como tú dijiste, va a estar bien.
—¿Eh? ¿Qué? Sí. Seguro que estará bien —sonrío y me doy cuenta de que todavía la tengo cogida—. Entremos. Hace un frío que pela.
Bajo el brazo y lo enlazo con el suyo, guiándola con suavidad hacia dentro y escaleras arriba hasta nuestro piso.
Pongo el hervidor y Eamon se sienta junto a Heidi en el sofá. Le oigo hablar con voz suave y tranquila, intentando consolarla.
Me tiemblan las manos mientras echo café del tarro en las tazas. Respiro hondo varias veces y me paso las muñecas por el grifo del agua fría.
Pobre Michaela. Pobre Heidi.
Con suerte, Eamon la llevará a visitarla al hospital. Se le da bien consolar a la gente. No creo que yo pudiera soportarlo. Odio los hospitales después de todo lo que ha pasado. No pienso ofrecerme para ir con ellos.
Michaela va a estar bien.
La taza de Heidi tiene forma de cabeza de hombre; parece un rastafari. La palabra «Jamaica» está impresa en una franja en la parte inferior. Supongo que será un recuerdo de unas vacaciones allí, o un regalo de alguien que haya ido. Lo más lejos que he estado de casa es aquí.
Respiro hondo otra vez y tiro la taza al suelo.
Se rompe en pedazos con un crujido resonante. La cara rota del hombre me sonríe desde el suelo. El ojo en un fragmento, la boca en otro.
—Joder —digo en voz alta. Asomo la cabeza al salón—. Lo siento mucho, Heidi. Joder —sacudo la cabeza y voy hacia ella—. Me siento un poco temblorosa —digo—. ¡Quizás no debería haberme ofrecido a preparar las bebidas!
Eamon hace ademán de levantarse.
—No pasa nada —dice Heidi. Tiene los ojos rojos; se los está secando con papel higiénico que Eamon ha sacado de vete tú a saber dónde.
—Becky, siéntate con Heidi y Cally, yo me encargo de las bebidas —Eamon se dirige a la cocina.
—Pero ahora hay todo ese desastre en el suelo... Yo...
Levanta la mano para que me calle.
—No pasa nada. Habéis tenido un susto, las dos. Quedaos tranquilas. Yo me encargo de todo.
Le dejo ir.
Heidi vuelve a apoyar la cabeza en mí.
—¡No me lo puedo creer! —dice.
Cally permanece sentada en silencio, emitiendo ruiditos suaves y tranquilizadores. No está aportando nada a la situación.
—¿Crees... —no quiero preguntar esto, pero tengo que hacerlo—. ¿Crees que esto tiene algo que ver con... ya sabes... lo que pasó en mi habitación? Me pregunto si alguien está... No lo sé. No sé qué están haciendo. Alguien entra en mi habitación, luego Michaela se cae por las escaleras.
Me mira como si no hubiera atado cabos. Quizá no debería haber dicho nada.
—¿No crees que fue un accidente? —dice Heidi, con los ojos como platos.
—Claro, podría ser un accidente. Es solo que estoy nerviosa por lo de antes. Seguro que es eso. Siento haber abierto la boca.
Está claro que no he conseguido calmarla. Nos quedamos las tres en un silencio incómodo, esperando a que las bebidas nos distraigan.
Quizá ni siquiera cree que alguien estuvo en mi habitación. Ninguna de ellas parece preocupada. No por mí, al menos. Ni siquiera han preguntado qué pasó.
Pasan un par de horas antes de que Heidi reciba la llamada del hospital.
Eamon se ofrece a llevarla, como sabía que haría.
La cosa se convierte en una excursión grupal cuando Cally se apunta a acompañarlos.
No creo que haya cruzado ni dos palabras con Michaela.
No de verdad. Y ahora, de repente, quiere sentarse junto a su cama a contemplar sus moratones. No, gracias. Paso.
Cuando Heidi me pregunta si quiero ir también, le digo que no me gustan los hospitales, y lo dejo ahí. O sea, no me gustan, no es mentira, pero la razón principal por la que no quiero ir es que no me interesa subirme a su carro.
Salen del piso, Heidi en medio y los otros dos flanqueándola. Qué solidarios. Qué buenos amigos son.
No lo soporto.