No puedo dormir Capítulo veintitrés
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Capítulo veintitrés

Me quedo en el salón después de que Cally y los demás vuelvan a sus habitaciones a seguir durmiendo.

Cuanto más lo pienso, más difícil me resulta creer que alguien estuvo en mi habitación.

Claro, en ese momento, ver esas velas me alteró, pero estaba medio dormida, medio despierta.

Es como lo del vaso medio lleno, ¿no? ¿Qué soy yo, si siempre estoy a medio camino entre ambos estados?

De cualquier manera, no estoy del todo ahí .

Nunca estoy del todo ahí, dondequiera que ahí sea. Ya ni siquiera lo sé.

Me siento en el sofá y dejo que estos pensamientos circulen inútilmente por mi cerebro confundido.

No me cabe en la cabeza que alguien pudiera haber estado en mi habitación, probablemente porque no veo por qué alguien se tomaría la molestia de entrar a la fuerza solo para crear una iluminación ambiental para mí.

Supongo que no puedo saberlo con certeza.

Aunque recordaría haber encendido las velas la segunda vez, ¿no?

Ni siquiera estoy segura de eso. Debería haberles hecho una foto también; quizás debería llevar un registro de todo lo que hago, para al menos poder comprobarlo y tener alguna evidencia de qué demonios estoy haciendo, o dejando de hacer.

Ahora dudo de todo. Si no conoces tu propia mente, si ni siquiera sabes lo que has hecho o no has hecho, ¿qué sabes ?

Una vez que empiezas a dudar de ti misma, ¿qué te queda?

Créeme, mi vida es una existencia muy frágil.

No sé qué hacer conmigo misma. Quiero encontrar algo que me distraiga de mis pensamientos. Me siento así demasiado a menudo. Sobran horas en el día cuando no pasas un tercio de tu vida durmiendo.

Al final, vuelvo a mi habitación, más que nada por cambiar de aires. Las velitas siguen en la papelera. No sé si pensé que estarían de vuelta en el estante, mirándome fijamente. Supongo que medio lo pensé. Medio dormida, medio despierta, medio pensando. Un buen resumen de mi vida.

Intento estudiar, leo un libro, me masturbo y luego intento estudiar de nuevo.

Todo igual de aburrido. Ya nada me da placer.

Aún no estoy dispuesta a aceptar la palabra deprimida .

Estresada, sí. Insomne, claro. Paranoica, culpable, hecha un lío, sí, ya lo hemos oído todo antes.

Ponme otra canción. Tengo cuatro horas más que matar antes de mi clase, y con solo mis pensamientos como compañía, se me van a hacer eternas.

Paso el día sin ningún incidente. Todo el asunto del intruso amante de la decoración empieza a parecerme un sueño lejano, y me siento idiota por haber exagerado tanto.

Eso debió de ser. Vale, la puerta del piso estaba abierta, pero Heidi dijo que ya lo sabía; podría no tener ninguna relación. Estaba aturdida, confundida, ¿no?

Pero eso no tiene sentido.

No tengo absolutamente ningún recuerdo de dónde salieron las velas. Ni siquiera me gustan las velitas; comprarlas no pega nada conmigo. No he salido del campus desde que llegué. No es algo que compraría por impulso en el supermercado.

Doy vueltas y vueltas sin llegar a ninguna parte.

Oscilo entre estar convencida de que había alguien allí y la certeza absoluta de que todo el numerito fue cosa de mi propia estupidez y mi memoria confusa.

Si no fuera por todo lo demás que ha pasado, podría creer que todo estaba en mi cabeza.

Las llamadas telefónicas, la biblioteca, la chica en el bar; las pequeñas gotas se van acumulando y si no me controlo, van a ahogarme.

Tenía que haber alguien allí. Es la única explicación. Necesito saberlo. Necesito estar segura.

Estoy de vuelta en el piso, de vuelta en mi habitación, y completamente sola, cuando suena el teléfono.

Miro la pantalla. Son las tres y pico de la tarde. Aparte de la hora decepcionante que pasé en clase, he conseguido desperdiciar casi todo el día.

Es un número local, uno que no reconozco, pero ¿quién se acuerda ya de los números? Al menos no es mi buen amigo Número Desconocido . La chica que se ríe parece haber encontrado algo mejor que hacer. Se ha rendido. Ni siquiera ella tiene ganas de perder el tiempo conmigo.

Contesto la llamada.

—¿Becky Braithwaite? —es una voz de hombre.

—¿Sí? ¿Quién es?

—Me llamo Richard Hogan. Soy del equipo de seguridad.

Me incorporo.

—Sí —digo—. ¿Ha revisado las grabaciones?

—He revisado las imágenes de las cámaras de su bloque y de los otros bloques de la plaza en las horas que usted indicó.

—Vale —digo con impaciencia.

Su voz suena robótica, neutral.

—Solo había una persona cerca del edificio. Necesitaré que venga a la oficina, pero basándome en la descripción que dejó Jack, creo que la persona que aparece en las grabaciones probablemente era usted.

—¿Qué? —me quedo sin aliento—. ¿Está seguro de que retrocedió lo suficiente en las grabaciones? Podría estar equivocado. ¿Puede revisarlo otra vez? Eso no puede ser. Alguien estuvo en mi habitación.

No sabía lo convencida que estaba de esto hasta que lo dije. Las palabras salen de mi boca antes de que tenga tiempo de pensar, así que deben ser verdad.

—¿Vio a alguien en su habitación? —sigue igual de inexpresivo.

De repente mi habitación parece muy fría. Me remuevo, intentando ponerme cómoda, pero la incomodidad está en mi ánimo, no en mi cuerpo.

—No. Como le expliqué a Jack y, eh, a su colega, no vi a nadie. Vi, bueno, no vi nada. Alguien encendió velas en mi habitación. O sea, pusieron las velas aquí y las encendieron.

—¿Nadie la amenazó? ¿Nadie le dijo nada? ¿Y en realidad no vio a nadie físicamente?

Cuando se lo expliqué todo a Jack y a Fats, tuve la sensación de que me creían. Fueron comprensivos y me tranquilizaron. Este tío es un imbécil.

—No.

—Bueno, como le digo, puede venir a echar un vistazo a las imágenes, pero yo en su lugar no perdería más el tiempo.

Genial. Muy útil.

—Gracias —digo, y cuelgo.

Estoy furiosa después de hablar con Hogan. Podría ir, y quizá debería ir, pero su invitación no ha sido precisamente acogedora. ¿Es mi tiempo el que estoy perdiendo o el suyo?

¿De verdad quiero verme metida en ese cuartucho con este tipo que obviamente ya ha decidido que no pasó nada fuera de lo normal? He pasado por tanto, tanta gente me ha juzgado. ¿Merece la pena volver a pasar por eso?

Quizá me asusta que tenga razón. Que yo fuera la única persona que entró o salió. Que encendiera las velas yo misma y lo olvidara todo en medio de la confusión. Es posible, después de todo.

¿Probable?

No lo sé.

Decido cenar y pensarlo.

No me apetece cocinar. Ya habrás notado que rara vez me apetece. Me pongo las botas, cojo el abrigo del perchero y salgo de mi habitación. Al pasar, pego la oreja a la puerta de Cally. Está en silencio, pero llamo de todas formas, por si acaso.

No hay respuesta, como esperaba. Por mucho que disfrute estando sola, me gustaría tener algo de compañía en este momento, pero no es amistad lo que busco, es un testigo.

Ha pasado tanta mierda loca, pero solo cuando estoy a solas conmigo misma, nunca cuando estoy con otra persona.

No deseo que pase nada malo, pero si pasa, me gustaría que alguien estuviera conmigo.

Troto por el salón y la cocina hasta el otro lado del piso, pero las habitaciones de Heidi y Eamon también están vacías, o al menos no hay respuesta cuando llamo.

Esto me enfada inexplicablemente. Hay una injusticia extraña en el hecho de que por primera vez en mucho tiempo he querido compañía de verdad, y no la hay.

Joder.

Voy a Rachel's a cenar, si es que una hamburguesa de pollo con patatas fritas cuenta como cena . Es comida al menos.

La cafetería está a tope; muchos adolescentes están demasiado ocupados esta noche para cocinar. A veces este tipo de aglomeraciones me ponen ansiosa, pero hoy, estar rodeada de gente me hace sentir segura.

—Becky.

Oigo mi nombre. La palabra viene de mi izquierda, detrás de mí. Al instante me transporto al bar de la asociación de estudiantes, esa voz diciendo mi nombre una y otra vez.

No hay nadie a la vista.

Esto otra vez no. Esto no.

Casi me río de lo estúpida que fui, pensando que estaría de algún modo más segura en una multitud.

—¡Becky!

Es más insistente esta vez.

Giro la cabeza justo cuando siento un golpecito en el hombro. Casi choco con el brazo de Cally al girarme.

—¡Mierda!

—Perdona —dice, pero no sonríe—. Se ha montado un follón tremendo en South.

—¿Qué?

Apenas me estoy recuperando del susto de que era Cally y no algún acosador raro quien decía mi nombre, y ahora tengo que procesar lo que me está diciendo. Me atraganto con el bocado de hamburguesa y la dejo en el plato.

—No lo sé. No he ido. Estaba arriba hablando con mi tutora y oí a alguien decir algo. No estoy segura.

De oídas, entonces. Genial. Estupendo. Vago.

—Vale... —digo, probablemente sonando tan impresionada como me siento.

Mira mi comida, probablemente calculando cuánto voy a tardar.

—Voy corriendo a ver qué está pasando. ¿Te quedas a terminar eso?

Asiente hacia la triste cenita.

Oigo la sirena de una ambulancia.

Así que sí está pasando algo; ahora me interesa.

Doy un último bocado a mi hamburguesa y no puedo controlar mi curiosidad por más tiempo.

—Vamos —digo, y tiro el resto de mi comida a la papelera.

Lo vemos en cuanto llegamos al camino. La ambulancia está aparcada en la plaza entre los bloques residenciales.

Su puerta trasera está abierta, y los sanitarios de uniforme verde apenas se distinguen en el vestíbulo de South.

En cuanto sé que están efectivamente en nuestro edificio, echo a correr.

Cally está a mi lado, siguiéndome el ritmo.

—¿Quién es? ¿Qué ha pasado?

Le pregunto a un estudiante que no reconozco. No es de nuestro bloque; ya se ha convertido en un espectáculo.

Hay un pequeño grupo reuniéndose, creando un murmullo.

—Alguien está inconsciente en el vestíbulo —dice una chica que no he visto en mi vida. Se encoge de hombros y se gira a mirar.

—Se cayó por las escaleras —añade alguien más, muy servicial.

—¿Quién? —pregunto. Pero no espero respuesta, me abro paso—. Vivo aquí. Apartaos.