No puedo dormir Capítulo veintiuno
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Capítulo veintiuno

Había cerrado la puerta al salir; oí perfectamente el clic. Estoy segura, no la habría dejado abierta, no después de lo que pasó antes, no después de encontrar esas velas la primera vez. La puerta estaba cerrada con llave cuando volví, así que en teoría tuve que cerrarla al salir. Tuve que hacerlo.

Alguien ha estado aquí otra vez. Esta vez estoy segura. ¿Qué coño es esto? Alguien me está tomando el pelo. ¿Quién? ¿Y por qué? No lo sé. No tengo respuestas. Pero necesito encontrarlas.

Apago las velas otra vez y luego las tiro del estante a la papelera de un manotazo. Mi cerebro paranoico me obliga a comprobar que estén todas bien apagadas y que no vaya a provocar un incendio. Están muertas, vale. Nada está bien, claro, pero las velas sí; me alegro por ellas.

Cuanto más lo pienso, más segura estoy de que nunca compré esas velas.

Saco la sudadera del armario y me la paso por la cabeza.

Al hacerlo, se engancha y me quedo a oscuras unos segundos más de lo que quisiera.

No me gusta esta sensación de no poder ver quién o qué hay a mi alrededor.

Me invade una oleada de pánico y tiro de la sudadera con fuerza.

Giro sobre mí misma, comprobando que no haya nadie, que no haya pasado nada mientras no podía ver.

Todo está igual que antes de empezar a vestirme. Me pongo la chaqueta y cojo el móvil.

Son más de las tres. Quiero despertar a Cally.

Quiero que venga conmigo. Quiero que me diga que no estoy perdiendo la cabeza.

Quizás incluso sepa algo de las velas, de si las compré yo, no lo sé.

Me estoy agarrando a un clavo ardiendo. Pero la dejo dormir, porque si fuera una persona normal , no querría que me despertaran a estas horas.

No es que no sea normal, hago todo lo posible por serlo.

El caso es que no voy a llamar a la puerta de Cally a estas horas.

Seguro que ya empieza a sospechar que estoy desequilibrada. No quiero echar más leña al fuego.

Desbloqueo el móvil y abro el navegador.

Por alguna razón me distraigo con las ganas de revisar mis fotos.

Quiero asegurarme de que nadie me ha sacado fotos mientras tenía esos microsueños.

Si esto fuera una película, eso es exactamente lo que habría pasado.

Pero no lo es. Esta es mi vida. Resisto el impulso y, en su lugar, entro en la web de la universidad y busco Seguridad.

Por lo visto, su oficina está en LH3. ¿Dónde demonios queda LH ?

Las iniciales se refieren a los bloques donde están las habitaciones.

Es la habitación tres de algún sitio. Eso no me ayuda.

Vuelvo al mapa del campus. LH . Miro todos los edificios alrededor de Main.

Ninguno tiene las iniciales LH. Hay una lista en el margen de la página y la leo.

LH.

Lake House.

El mapa del campus muestra el lago, más allá del bloque de la biblioteca, que lleva el confuso nombre de TH .

La biblioteca recibe su nombre del novelista más famoso de la región, Thomas Hardy.

Hay que cruzar Main, pasar el SU y seguir más allá.

No tengo nada mejor que hacer. No voy a dormir. Puedo ir andando ahora mismo.

Al salir de la habitación, cierro la puerta con decisión y oigo el clic. Saco el móvil del bolsillo y le hago una foto a la puerta cerrada. Cuando vuelva, sabré con certeza que hice esto. La próxima vez estaré segura.

También le hago una foto a la puerta del piso, después de comprobar que está cerrada, y a la puerta que da a la plaza.

La primera vez que bajé no llegué a salir, pero ahora, al hacerlo, echo un vistazo al teclado de la puerta exterior.

Marco el código, compruebo que funciona.

Funciona. Marco cuatro dígitos al azar y sigue cerrada.

Vale, entonces alguien tiene el código. Pienso eso e inmediatamente pienso en todas las veces que alguien ha entrado en el edificio detrás de mí sin tener que marcar el código.

Aquí la gente no se toma muy en serio la seguridad.

Al salir, levanto la vista hacia la cámara de seguridad. Me apunta directamente. Si alguien entró, Seguridad lo sabría.

Incluso con la sudadera y la chaqueta, sigo teniendo frío.

Me bajo el gorro para taparme las orejas y me subo la capucha.

Hay un brillo blanco de escarcha en los caminos y sobre el césped.

Parece hecho de fragmentos de cristal. A la luz de la luna, lo normal puede parecer mágico.

El aliento me sale en nubes, los labios empiezan a entumecérseme.

Hay una razón por la que la gente duerme durante estas horas inútiles de la madrugada: es una pequeña hibernación para pasar un momento inservible del día.

Si no tuviera las manos tan frías, probablemente estaría mirando el móvil.

En cambio, estoy hiperconcentrada en lo que me rodea.

Es lo mejor. No puedo quitarme de la cabeza que si alguien ha estado en mi habitación dos veces, podría seguir aquí.

Podría seguirme. Sigo sin creer que su intención sea hacerme daño, pero la gente es impredecible.

No sé qué coño está haciendo esta persona; no sé por qué lo hace.

Acelero el paso. No echo a correr, pero camino más deprisa. Estoy lista para salir corriendo si hace falta. Empiezo a pensar que quizá esto no haya sido buena idea. El camino hacia Main y más allá está bien iluminado, pero alrededor del lago va a estar oscuro, aunque la luna me ayude a ver.

Ya he recorrido casi todo Main. Llevo un tercio del camino, más o menos, si el mapa es preciso y está a escala.

Al llegar a la parte trasera del SU, el camino que tengo delante se sume en la oscuridad.

Hay un tenue resplandor de luna, pero apenas sirve de nada.

La noche está despejada, sin nubes, pero esto no me gusta. No me gusta nada.

Doy otro paso y casi me caigo al suelo cuando oigo que alguien me grita.

—¡Eh!

Por un instante siento lo que deben de sentir los conejos cuando los pillan los faros de un coche: ese miedo paralizante que te inunda de adrenalina.

Luchar o huir. ¿Qué hago?

Ahora mismo estoy cagada de miedo.

Miro a mi alrededor. Creo que la voz venía de algún punto a mi izquierda, en dirección al lago. Podría seguir andando. Podría echar a correr. Apenas distingo la Lake House desde aquí. Puedo llegar antes de que él me alcance, quizás. Quizás.

—¡Eh! —grita de nuevo.

Mierda.

Ahora lo veo, viene hacia mí. Tiene una linterna, la ha encendido y me apunta con ella. Él puede verme, pero el haz de luz en mi cara lo convierte en una sombra, así que distingo aún menos a la persona que camina en mi dirección. Solo veo la luz cegadora.

Ahora sí que soy un conejo atrapado en los faros.

«Corre» , me digo. Probablemente tú también me estés diciendo que corra. No lo hago. No puedo.

—¿Estás bien? —Es una voz grave, baja, pero no hostil.

Según se acerca, veo la luz reflejarse en su walkie-talkie y luego en su placa identificativa.

Es un guardia de seguridad.

El alivio es casi tan intenso como el pánico que sentí antes.

—Estaba... yo... ha pasado algo —apenas puedo articular las palabras—. Venía a buscar a alguien, iba a la oficina de Seguridad. Necesito hablar con alguien.

—No deberías estar aquí fuera sola a estas horas de la noche. Este lago es peligroso. No queremos tener que sacar a chicas jóvenes del agua helada.

Ni siquiera había pensado en el lago. Ni siquiera se me había ocurrido que pudiera ser peligroso.

No estaba cerca de él, pero vale, entiendo a qué se refiere.

También entiendo por qué esa es su principal preocupación.

Está claro que no espera que haya intrusos peligrosos en el campus, no estando él de guardia.

—Sí, lo siento —digo.

—Entonces, ¿qué era eso que no podía esperar hasta mañana? Hasta una hora decente, quiero decir —tiene un acento marcado, es de la zona.

Desde que llegué, no he conocido a nadie que no se haya mudado aquí para estudiar o dar clases. Me recuerda lo lejos que estoy de casa.

—Alguien estuvo en mi habitación.

Sin esperar a oír más, me pone una mano en la espalda y empieza a guiarme por el camino hacia Lake House. Su linterna ilumina el sendero frente a nosotros, captando el brillo de la escarcha, como una alfombra de diamantes en la oscuridad. La belleza parece fuera de lugar, dadas las circunstancias.

—Vamos, te acompaño a la oficina y allí nos lo cuentas todo.