No puedo dormir Capítulo diecinueve
66%

Capítulo diecinueve

No tiene sentido volver al bar. Ya casi había terminado de comer, pero aunque no hubiera sido así, ya no tengo apetito.

Tampoco estoy segura de querer sentarme frente a Cally y enfrentarme a sus preguntas y su juicio. Aun así, cuando volvemos al piso, eso es exactamente lo que pasa.

Intento meterme por el pasillo hacia mi habitación, pero ella extiende un brazo y me detiene.

—¿Quieres hablar de ello? —dice.

No.

Pero no puedo decirlo.

—No sé qué decir.

Al menos estoy siendo honesta.

—Venga, vamos a preparar un té y puedes contarme lo que quieras, mucho o poco.

Contengo las ganas de poner los ojos en blanco.

—Vale. Déjame solo...

Quiero inventarme una excusa para volver a mi habitación, pero no se me ocurre nada a tiempo. Mi estúpido cerebro de algodón otra vez.

Me siento incómoda en el salón mientras ella trajina en la cocina preparando el té. Es como si estuviera en una sala de espera, y en cierto modo lo estoy.

Siempre me invade esta sensación de incomodidad cuando tengo una cita.

Ansiedad. Aprensión. Lo odio. La espera es probablemente peor que las sesiones en sí.

Todo lo que mi terapeuta, médico, padre, amigo, quien sea que le toque interrogarme, todo lo que podrían querer preguntarme, los pensamientos se me clavan.

Como si me acribillaran con pequeños shurikens, uno tras otro, un bombardeo constante, agudo y doloroso.

Bang, bang, bang, todos esos pensamientos; me abruman.

Mi ansiedad apila pensamiento sobre pensamiento, golpe sobre golpe, e imagino que pasará lo peor, siempre.

Por supuesto, puedo elegir qué quiero decir, por dónde quiero empezar la historia, qué historia quiero contar.

Esa es mi defensa. Da igual qué pensamientos terribles me pasen por la cabeza, no tengo por qué revelarlos, no tengo por qué compartirlo todo con nadie.

Nadie necesita escuchar la verdad de verdad.

Cally me pasa mi taza y se sienta en el otro sofá. No está demasiado cerca, pero sí lo suficiente como para que me sienta incómoda. Nos hemos sentado así muchas veces en las últimas semanas, y nunca me había sentido así. Resulta demasiado íntimo. Me siento amenazada, expuesta.

—¿Heidi y Eamon no están? —pregunto.

—No he oído nada.

Se encoge de hombros y se inclina hacia delante, esperando a que hable.

Al menos los terapeutas siempre empiezan con una pregunta.

Mi médico abre con un saludo, me pregunta cómo estoy.

Mis padres, bueno, supongo que se rindieron en su intento de hacerme hablar.

Hace tanto que mamá lo intentó que ya ni lo recuerdo.

Cally espera. Bebe un poco de té y se aparta de golpe, sopla suavemente sobre la superficie.

—Mira, lo siento —digo.

Es una manera de empezar.

—¿Ha sido... o sea... ha parecido un poco de locos?

—¿Sabes qué? —dice—. No lo sé. La verdad es que no sé por lo que has pasado. No sé qué pasó. No sé qué te pasa por la cabeza.

Clavo la mirada en mi taza. No quiero que lo sepa.

—Es el insomnio. No puedo explicarlo. Me hace cosas raras en la cabeza.

Y añado rápidamente:

—No estoy loca ni nada. Solo muy cansada. Agotada. Hecha polvo.

—¿Qué ibas a hacer si pillabas a esa chica?

No lo había pensado mucho. Hablar, supongo. ¿Qué pensaba Cally que iba a hacer?

—Desde luego que no soy peligrosa, si es eso lo que insinúas.

No dice nada. Da un sorbito a su té y nos quedamos sentadas en silencio, sin mirarnos.

—Yo nunca he dicho...

Empieza a hablar, pero no termina la frase; no hace falta.

—Lo sé, pero lo piensas, ¿a que sí?

—¿Estás viendo a alguien por lo del insomnio?

Se refiere a un psiquiatra, seguro. No pienso hablar de eso. Ni de coña.

—He ido al centro de salud, sí. Tengo medicación, pero, bueno, en realidad nada me ayuda.

¿Ya he tenido esta conversación con ella? Me suena. Quizás porque tengo esta conversación con tanta gente, tantas veces. La verdad tiene tantas versiones. ¿Qué quiero revelar? ¿Qué quiero ocultar? ¿Qué quiero que pienses de mí?

Joder, solo quiero encajar. Eso es todo. No me juzgues. Acéptame. Soy así; esto es lo que soy. Soy un desastre y solo puedo disimularlo durante un tiempo.

Cally sigue hablando.

—Solo lo digo porque me preocupo por ti. Estoy preocupada. Veo lo... —busca una palabra que no resulte ofensiva pero que encaje— lo difícil que debe de ser para ti. Con todo. Pero asegúrate de que estás recibiendo la ayuda adecuada.

—¿Y cuál es esa? —pregunto, con un deje de amargura en la voz.

Lo capta al instante.

—No hace falta ponerse a la defensiva —dice—. Intento ser tu amiga.

¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué no puedo ser como todo el mundo?

Siento que alguien me está observando. Creo que alguien me está siguiendo. Alguien me está jodiendo. Es aterrador, terrorífico, pero no puedo decírtelo porque, si no piensas ya que estoy loca, lo pensarás en cuanto te lo cuente.

Pienso esto y no lo digo.

En su lugar, digo:

—Gracias. Gracias por intentarlo.

Se hace otro breve silencio, y luego añado: —Quizá mejore. Cuando me adapte. Quizá. Puede que tarde un tiempo. Estrés, falta de sueño. Soy un desastre.

—Todos lo somos, ¿no? Todos somos copos de nieve únicos y especiales. Todos jodidos a nuestra manera.

Asiento despacio, con solemnidad. Es verdad.

Aunque sea un desastre, aunque haga cosas estúpidas, puedo pasar desapercibida entre la multitud de otros desastres.

Puede que ellos no hayan pasado por lo que yo, ni visto lo que yo he visto, ni hecho lo que yo he hecho, pero la vida puede ser jodidamente dura.

Así que no digo nada sobre la biblioteca. No quiero seguir hablando de esa sensación de que la gente me observa. Ya me ha visto en acción; ya ha visto suficiente.

Complejo de culpa.

Paranoia.

Falta de sueño.

Jodida.

Sé lo que soy. Eso no significa que tenga que contárselo a todo el mundo.

Cuando estaba en casa, en Harborough, contarle a la gente lo de mi insomnio nunca fue un problema.

No había nadie a quien contárselo. Nunca tuve que dar explicaciones a desconocidos.

Mis padres lo sabían, por supuesto, y eran las únicas personas con las que realmente hablaba.

Hubo una reunión con el colegio, donde me senté en silencio mientras mis padres explicaban mi «condición» y preguntaban qué «ajustes» podían hacerse para mí.

Yo no quería ninguno. No creía necesitarlos.

Después de la muerte de Jordan estuve más motivada que nunca.

Tenía algo que demostrar. Tenía algo que lograr.

Era su sueño, claro, pero él ya no podía hacerlo realidad, así que iba a hacerlo yo por él.

Lo estoy haciendo. Puede que haya perdido la concentración, pero he ganado determinación.

Sé hacia dónde voy; eso me da una razón para vivir.

Los profesores estuvieron bien. Quiero decir, hicieron los comentarios predecibles sobre mantenerme despierta en clase y me dijeron que si necesitaba dormir durante el día, podía ir a la sala de primeros auxilios y usar el sofá de allí.

Lo hice una vez, solo para ver cómo era.

Predeciblemente clínico. Espuma fría cubierta de plástico; no era un sitio donde nadie quisiera dormir.

El sofá además estaba a casi un metro del suelo, elevado sobre patas metálicas mugrientas; probablemente me habría caído si hubiera conseguido pegar ojo.

Aunque no quisiera usar las maravillosas instalaciones para dormir que me proporcionaban, me gustaba saber que había un lugar al que podía ir para estar sola, si alguna vez lo necesitaba.

Lo necesitaba. A veces lo necesitaba. Estar rodeada de gente todo el tiempo puede ser demasiado para mí.

Lo era entonces, y lo es ahora. Incluso sentada con Cally, aunque solo estemos las dos aquí, siento agobio.

Eso en cuanto al colegio. Mis padres, bueno, tenían bastante con intentar asimilar la muerte de su hijo favorito.

Diría que querían que volviera a ser como era antes de la muerte de Jordan, pero creo que en realidad querían que fuera la persona que era antes de convertirme en adolescente.

Algo cambió dentro de mí cuando cumplí trece años, al parecer, y pasé de ser esa dulce y encantadora princesita a convertirme en una niña endemoniada.

No creo que fuera mi «edad» lo que lo provocó.

Probablemente fueron mis hormonas. Me vino la regla y me convertí en una jodida loca.

Por supuesto que no.

Solo era una chica que se estaba haciendo mujer.

Eso es todo.

¿Y ahora qué soy? No lo sé. Ya no sé quién soy, ni qué soy. Una especie de zombi, quizá.

Ahora que estoy en la universidad, habito en la tierra de los vivos. Estoy rodeada de gente todo el tiempo. Tengo tanto contacto con otros que quizá deba empezar a hablar con algunos de ellos. Quizá tenga que empezar a explicarme, a explicar mi condición y lo que me provoca.

Hablar de mí misma significa etiquetarme.

Significa que otras personas me etiquetarán.