No puedo dormir Capítulo dieciocho #2
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Capítulo dieciocho #2

Se encoge de hombros.

—¿La conoces?

Niego con la cabeza.

—No.

—¿Por qué iba a mirarte entonces?

—Uf —suspiro—. Ya sé que suena raro, pero... quizá solo me estoy volviendo paranoica.

Vuelvo a mirar. Sigue mirándome fijamente. No consigo sacudirme esa sensación.

—Puede ser —coincide Cally.

Una punzada de irritación me atraviesa. No quiero que me dé la razón; quiero que me tranquilice.

Casi abro la boca para contarle a Cally lo de la biblioteca, pero eso significaría iniciar una espiral que me llevaría a confesarle muchas otras cosas.

No puedo hablar de la biblioteca sin hablar de las palabras en la pantalla del ordenador, la nota y, lo más importante, al menos para mí, el hecho de que estoy yendo a ver a Brightside.

Ser normal y encajar importa más que hablar de mi paranoia y mi terapia psiquiátrica.

No quiero que me señalen.

No quiero que vuelvan a acosarme.

Por favor. Otra vez no.

Déjame ser normal.

Déjame seguir con mi vida.

¿Qué haría una persona normal?

—Voy a hablar con ella —digo como si fuera lo más normal del mundo.

—No estoy segura de que...

Cally empieza a hablar, y sé cuáles serán las siguientes palabras, así que las ignoro. Me pongo de pie y echo a andar.

Cuando me acerco a la chica, ella también se levanta. Doy un traspié, un pequeño tropezón, y casi decido parar. Quiero hablar con ella, preguntarle por qué me mira. Eso es lo normal, ¿no?

Odio este tipo de confrontación, en la que no sé qué está pasando, donde alguien se levanta, camina...

Se aleja, se dirige hacia la puerta. Debe de haber estado mirándome. Seguro que sí. Si no, no tendría motivo para irse ahora. ¿Por qué iba a verme y luego levantarse e irse? No tiene sentido.

Se abre paso entre las mesas largas y las sillas desparejadas que le dan al bar su ambiente bohemio. Hay mucha gente deambulando ahora, pero no la suficiente para ocultarla entre la multitud. No le quito los ojos de encima mientras la sigo.

—¡Becky! —oigo a Cally, que intenta llamar mi atención de nuevo, pero camino con determinación tras la chica.

Ni siquiera miro atrás.

Si es ella la que me ha estado acosando... porque seguramente eso es lo que es, acoso , ¿cómo lo llamarías si no? Si era ella, quiero saber por qué, y quiero que pare ya.

No pude verle la cara con suficiente claridad en el bar para saber si la reconozco.

Es otra de esas estudiantes con sudadera de serie.

No estoy juzgando, yo también soy una de ellas.

Es cómodo y fácil. Elijo mi ropa con cuidado para ser igual que todos los demás.

Quiero parecerme a ellos, quiero ser como ellos. Quiero encajar, es lo único que quiero.

Podría ser alguien de mi curso, de mi clase, una de las calladas que se sienta en el medio para no llamar la atención. ¿La habría notado? ¿La conocería? No puedo evitar pensar en lo que pasó en Rachel's . Esa chica, la última vez que dejé que mis pensamientos se apoderaran de mí.

¿Es eso lo que estoy haciendo? ¿Es esto lo mismo? Estoy dudando de mí misma.

Sigo caminando. Más rápido ahora. Más rápido porque la chica acelera el paso.

Hay una zona entre el bar y la salida a la plaza donde los frikis juegan al billar y a juegos arcade retro.

Aquí todos somos frikis, o al menos casi todos.

No ha mirado por encima del hombro, ni una sola vez se ha girado para ver si la sigo, pero lo sabe.

Igual que yo sentí sus ojos clavados en mí en el bar, ella debe sentir el peso de mi mirada y ser consciente de que la persigo.

Debe de serlo, porque mientras se abre paso entre el grupo disperso de adolescentes acalorados en el vestíbulo, casi echa a correr.

Pienso en gritarle, pero no aquí. No con toda esta gente alrededor. ¿Qué le gritaría? No sé su nombre.

No llames más la atención de la necesaria. Mi cerebro inicia un monólogo interno que me dicta qué hacer, qué no hacer.

La chica empuja las puertas dobles de cristal y su mano deja una huella clara en el cristal empañado por el vapor.

No voy muy por detrás de ella. Cuando irrumpo en la plaza, el aire frío me mordisquea la cara, como una nube de insectos.

Todavía es temprano. Deben de ser las cinco y media como mucho, pero ya está anocheciendo.

Por un momento pienso que la he perdido. Hay más gente aquí fuera, cruzando la plaza de camino desde el edificio de aulas a las residencias, y saliendo de las residencias hacia el SU. Hay un ir y venir constante; todos estos cuerpos, todos con prisa por llegar a algún sitio.

No puedo verla. O más bien puedo ver a tanta gente que podría ser ella que está camuflada aquí.

Nosotros, con nuestros uniformes, empeñados en pasar desapercibidos, la ocultamos, igual que nos ocultamos a nosotros mismos.

Ocultamos nuestra individualidad y nuestras personalidades.

Ella y yo somos igual de anónimas y desconocidas.

¿No es eso lo que yo quería? Pasar desapercibida.

No paro de repetirlo. Quizá es lo que ella quiere también.

Si es así, lo está consiguiendo de maravilla.

Giro la cabeza de izquierda a derecha, recorriendo la plaza abarrotada con la mirada. Por allí, junto a la entrada de servicios compartidos. Podría ser ella.

El día moribundo lo ha vuelto todo monocromo. Su sudadera es de un color que solo podría describir fielmente como oscuro . Si me pidieras que fuera más específica, no podría. ¿Quizá la persona que miro es más alta que la chica del bar? No estoy segura de que sea ella.

Miro hacia el otro lado. Hacia abajo, a través de la plaza, por donde iría a casa. Veo a otra chica que también podría ser mi acosadora, si es que así la llamo ahora. Supongo que sí.

Estoy a punto de seguirla cuando algo me llama la atención: un movimiento fugaz.

Subiendo por el camino hacia la biblioteca.

No tengo ninguna duda de que es ella.

Misma altura, misma complexión, misma ropa.

Su sudadera es azul, ¿no? No lleva bolso, y eso la hace destacar entre los estudiantes con sus mochilas.

Vale, yo tampoco llevo la mía, pero estaba con mi amiga en el bar.

Ella estaba sola. Me agarro a un clavo ardiendo, intentando poner orden en mis pensamientos.

No tengo tiempo de inventarme una vida para esta chica. No puedo quedarme aquí preguntándome por qué lleva o no lleva bolso. Tengo que ir tras ella.

—¡Becky!

Debo de haberme quedado quieta demasiado tiempo, porque Cally ha llegado desde nuestra mesa hasta este frío mundo exterior. Me toca el brazo.

—Becky, ¿qué haces?

Miro alrededor, atiendo a Cally y ahí, en ese instante, la chica se escabulle. Cuando vuelvo a mirar hacia donde estaba, sin siquiera responder a Cally, solo hay un espacio vacío.

Hay otro breve momento en el que tengo que tomar una decisión: correr hacia donde estaba la chica, buscarla, seguirle el rastro, cazarla, encontrarla... o volverme hacia Cally.

—Qué... Becky. Mírame. ¿Qué haces?

Su voz es tan plana, tan serena. Me siento como un animal al que intenta domar. Es cautelosa, quizá incluso temerosa de lo que pueda hacer. Esto no pinta bien.

Dejo caer los hombros, me rindo.

Miro una vez más hacia el lugar donde la chica ya no está. Hay mucho espacio vacío más allá de la biblioteca. Pronto ese espacio vacío será espacio vacío y oscuro, de esos en los que no quiero andar dando tumbos sola.

No quiero dejar pasar esto. No quiero perder la oportunidad de pillar a esta zorra y averiguar qué coño está pasando. Pero no quiero que Cally piense que estoy... ¿qué? ¿Paranoica? Ya lo piensa, por lo que veo. ¿Loca entonces? Eso no lo quiero. Es lo último que quiero.

Suelto un suspiro que forma una nubecilla blanca en el aire gélido.

—Lo siento —digo—. He tenido una semana muy dura. Agotada, ya sabes. Esta maldita falta de sueño.

Asiente, pero estoy segura de ver algo en sus ojos. Una señal de que ya no está del todo segura de mí.

Joder. A la mierda. Que se joda todo.

Entonces lo recuerdo. Chester. ¿Por qué coño estaba soñando con Chester?