Capítulo dieciocho
Al día siguiente, después de las clases, estoy agotada. No dejo de pensar en aquella figura de ahí fuera.
Todos estos pequeños fragmentos, estos retazos de paranoia, se van acumulando, apilándose unos sobre otros.
Hablaré con Brightside sobre ellos en la próxima sesión.
Hablaré. Lo haré. Ella lo entenderá, o al menos me ayudará a mí a entender qué está pasando, o qué no está pasando.
Todo es un lío. Es como si mi cerebro fuera uno de esos mapas que se ven en las películas de detectives, con las fotografías y fragmentos de información clavados ahí, conectados por hilos.
Solo que a mí me faltan los hilos. Mis recuerdos, mis pensamientos, todo; todo está inconexo, fragmentado.
Necesito dormir. He perdido de vista ese objetivo, he renunciado a la esperanza de volver a dormir alguna vez. Me las apaño para existir sin él.
Aceptación. Rendición.
Vuelvo en mí con un sobresalto. Cally está inclinada sobre mí, con las manos en mis brazos. Me agarra, y casi le lanzo un golpe. Consigo controlarme justo a tiempo.
Estoy en el salón, en el sofá. Ni siquiera recuerdo haberme tumbado aquí.
—Eh. Tranquila. Estás bien.
—Joder. ¿Qué ha pasado? —digo.
—Debías de tener una pesadilla. Sé que dijiste que no te despertara, pero estabas gritando. Bueno, chillando.
Se sienta en el suelo junto a mí y apoya la mano en mi brazo. No me importa; resulta reconfortante, quizá me ancla a la realidad.
Sacudo la cabeza.
—Lo siento. No quería... Quiero decir que no puedo evitarlo, supongo.
—No te disculpes. Está bien, de verdad.
—Los demás. ¿Siguen fuera?
Asiente.
—Sí, aún no han vuelto.
—Prefiero que no sepan lo de... —me interrumpo. Sabe a qué me refiero, porque vuelve a asentir.
—Por supuesto. Becky, no tienes que decir nada, pero...
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—No parabas de decir... estabas agitando los brazos y... era como si estuvieras luchando contra alguien.
—Qué raro —digo—. No recuerdo qué estaba soñando.
Ni siquiera sabía que estaba dormida.
Sin previo aviso, pregunta:
—¿Qué pasó en Chester?
Es como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago. Apenas puedo hablar.
Al final, consigo tartamudear:
—¿Q-qué?
—Chester —repite—. Mientras te agitabas, eso es lo que no parabas de decir. «Chester».
Me río. No sé por qué. No tiene ninguna gracia. No hay nada gracioso en ello.
—Nunca he estado en Chester —digo, con sinceridad.
Ella también suelta una risita, pero suena falsa, forzada.
—Es curioso cómo funciona el cerebro, ¿no?
Estaba tumbada en una posición incómoda que me ha dejado el cuello dolorido. Me lo froto mientras me incorporo. Cally se levanta de un salto y se sienta en el sofá a mi lado.
El corazón todavía me late con fuerza en el pecho.
La verdad es que no recuerdo el sueño que estaba teniendo; Cally parece saber más de él que yo.
Me alivia que cambie de tema y pregunte:
—¿Has comido? ¿Vamos a buscar algo de comer?
Si digo que sí, podemos salir de aquí, pero sobre todo, no tendré que hablar de Chester.
Está el bar de la Unión de Estudiantes, Rachel's o el Café de la Primera , que, como su nombre indica, está en la primera planta del edificio de servicios compartidos.
—¿La UE? —sugiero.
He ido a Rachel's Coffee Shop demasiadas veces esta semana. Tampoco es que haya mucha variedad en el campus. Es una comunidad muy cerrada.
Cally se encoge de hombros.
—Vale.
Me mira.
—¿Segura de que estás bien?
—Sí. Solo ha sido una pesadilla, supongo. Voy al baño y estoy lista.
Hace un saludo estrafalario con dos dedos y sonríe.
Cruzamos el campus del brazo hacia el edificio de la unión de estudiantes.
Bueno, ella me coge del brazo, y yo no me resisto porque así entramos en calor, y hace un frío de cojones.
Llevo puesta la sudadera con capucha, el gorro de pompón y los gruesos guantes de piel de oveja que compré en una tienda de segunda mano, y aun así estoy temblando.
Acelero el paso y Cally me sigue el ritmo.
Son solo las cuatro y media, demasiado temprano para los bebedores nocturnos, pero la UE ya ha empezado a llenarse. La comida aquí es el típico menú de comida rápida: frita o de microondas. Yo opto por los trozos de pollo y las patatas con queso: el colmo de lo insípido.
—¿Qué tal te estás adaptando? —le pregunto entre bocado y bocado.
Soy consciente de que en la mayoría de nuestras conversaciones recientes, el tema he sido yo. Mis problemas, mis historias, mi pasado. Quiero equilibrar la balanza, pero también estoy bastante harta de hablar de todo. Desde luego, no quiero que vuelva a preguntar por Chester.
Se encoge de hombros.
—Bien.
Coge una de sus patatas y la mordisquea.
—Echo de menos a mi madre y echo mucho de menos a mi hermana, pero aparte de eso...
Me mira. Quizá le resulta incómodo hablar de su hermana. Tengo ese efecto en la gente; hago que se sientan incómodos.
Asiento.
—¿Y tus amigas? ¿Adónde se fueron?
—Cada una a un sitio. Mi mejor amiga está en Aberdeen. ¡Más lejos imposible! Pensé en pillar un vuelo barato para ir a verla en la semana de lectura. ¿Y tú?
Trago un pegote de pollo con patatas que no he masticado bien y me pongo a toser.
Cally me tiende mi Coca-Cola y le doy un trago.
—Gracias. Eh, la verdad es que no tengo muchas amigas.
Espero ver compasión en su expresión, pero sonríe.
—Ahora nos tienes a nosotros —dice. Nosotros. Incluye a Heidi y a Eamon. Creo que habría preferido que dijera «me tienes a mí». De eso sí podría estar segura. Podría creerla. Aun así, le devuelvo la sonrisa.
—¿Cuánto se tarda? ¿En volar?
En realidad no me interesa mucho, pero quiero que sigamos hablando. Quiero seguir centrada en ella.
—No lo investigué mucho, la verdad. Solo vi que hay vuelos directos de Wessex a Aberdeen y me hizo ilusión. Nunca he volado. A lo mejor lo odio…
Detrás de ella, algo me llama la atención. Una chica, sola. Nada extraño, claro, pero me está mirando fijamente. Ahora que me he dado cuenta, ahora que le devuelvo la mirada, no aparta la vista, sigue mirándome.
Pienso en Rachel’s , en… cómo se llamaba la chica, ni siquiera me acuerdo. La amiga de Lee. Estuve a punto de hacer el ridículo entonces. No puedo volver a hacerlo.
Cally sigue hablando. Algo sobre accidentes de avión. Vuelvo a prestarle atención e intento ignorar a la chica que tiene detrás.
—Impacto de aves —dice.
—¿Impacto de aves?
—Pues, cuando un avión está en el aire y… —Mueve las manos imitando una explosión. Hacia arriba y hacia fuera—. ¡Bum! Se meten en el motor y ya está. El avión está jodido.
No me cabe en la cabeza que algo tan pequeño e insignificante como un pájaro pueda hacer que algo tan grande y sólido como un avión deje de funcionar sin más y caiga del cielo.
Echo un vistazo rápido a la chica detrás de Cally. Sigue mirándome fijamente.
En serio, Becky. Otra vez no. Tranquila. Deja de mirar. Para ya.
—Aunque no debe de pasar muy a menudo. Seguro que estarás bien.
A la gente buena no le pasan cosas malas. Eso es lo que dicen, ¿no? Pero sí pasan, sí pasan. Puedes recitarme listas de estadísticas, explicarme los números, enseñarme tus cálculos, decirme las probabilidades, pero sé que aunque haya una posibilidad entre un millón de que te pase algo, puede pasar.
¿Cuáles crees que son las probabilidades de morir en un accidente de coche a lo largo de tu vida (« ja »)?
¿Una entre un millón? ¿Una entre mil? Lo busqué, claro.
Son de doscientas cuarenta a una. Doscientas cuarenta.
Hay más o menos esa cantidad de personas en este bar, quizá unas cuantas más.
Una de ellas acabará igual que Jordan. Podría ser yo. Podría ser Cally.
Podría ser esa chica que no deja de mirarme.
En Estados Unidos es de una entre ochenta y dos, así que supongo que eso es algo positivo a lo que agarrarse. Tienes menos posibilidades de morir en un accidente aéreo, salvo impacto de aves.
Probabilidad. ¿Todo se reduce a eso? ¿A la probabilidad? Claro que no es solo eso. Claro que no. Las cosas pasan. Un ciervo cruza la carretera. Te distraes. Vas demasiado rápido. Tu hermana borracha se cruza en tu camino. Tantas variables.
—Oye —dice Cally—. No te me vas a dormir otra vez, ¿verdad? Tenías los ojos abiertos, pero…
—No, perdona. —Me río y vuelvo a atacar mi pollo.
Busqué todas esas cosas: los hechos, las estadísticas, los números.
Cuando empezó el insomnio, y de repente tenía todo ese tiempo libre, me pasaba horas leyendo páginas en internet.
Una búsqueda en Google llevaba a otra, y caía en una espiral de datos.
Cuanto más leía, más quería leer. Cuando te quieres dar cuenta estás en una web para supervivientes de accidentes de tráfico que perdieron a alguien en el siniestro.
Todas esas almas tristes y afligidas buscando el tipo de respuestas que las estadísticas y los números nunca pueden dar.
Igual que yo.
Esas webs, porque sí, hay varias, están plagadas de complejos de culpa.
« Culpa del superviviente ». Me lo autodiagnostiqué antes de que Balliol se ajustara las gafas y me presentara el término como si fuera una nueva amiga que iba a quedarse conmigo una temporada.
Esa parte era cierta. Se está quedando conmigo.
—Podrías venir conmigo si quisieras —dice Cally.
—¿A Aberdeen?
Asiente.
—Sí. A Amelia no le importaría. O sea, seguramente le gustaría… le « gustarías ». Te aviso cuando vaya a reservar y… ya sabes. ¿Te apuntas?
Cally es tan dulce. Tan increíblemente dulce. Quizá vaya. A lo mejor me vendría bien alejarme de aquí un tiempo. Joder, si acabo de llegar. Llevo aquí casi un mes y ya estoy pensando así. Siempre huyendo. No puedo huir de mí misma. No puedo huir de lo que hay dentro de mi cabeza.
Cuando miro detrás de Cally por tercera vez y la chica sigue mirándome fijamente, le hago un gesto a Cally.
—Creo que esa chica me está mirando.
—¿Qué? ¿Quién?
—No mires —digo, mientras ella mira. Debería haber dicho eso primero.
Me vuelve a mirar.
—¿La de esa mesa de ahí? ¿La que está sola?
Asiento.
—Seguramente sea solo por cómo está sentada. Es que no puede mirar a otro lado.
—Sí, pero... ¿directamente a mí?