Capítulo diecisiete
Después de mi sesión con Brightside, cojo un taxi de vuelta al campus.
El piso está vacío. Me preparo una taza del Yorkshire Tea que me compró Cally y me la llevo a mi habitación.
Me siento en la cama y doy pequeños sorbos a la bebida, que aún quema.
Me invade una extraña nostalgia. Supongo que es por la mezcla del sabor del té y la conversación con la psiquiatra.
Me he portado como una idiota con mi madre, ahora lo reconozco.
Claro que le resulta difícil que esté lejos de casa; no puede vigilarme desde tan lejos.
Sonrío para mis adentros, me acurruco con las rodillas contra el pecho y las abrazo con fuerza.
Debería intentar hablar con ella como es debido.
Darle algo de tranquilidad. Es lo mínimo que puedo hacer después de todo.
Termino el té y me tumbo de lado, mirando hacia mi habitación, de espaldas a la ventana.
Es un espacio bastante deprimente, la verdad.
Quizá debería poner algún adorno. Hacerlo más acogedor.
Un jarrón, un póster, cualquier cosa para que parezca más un dormitorio y menos una celda de prisión.
Darle un toque de Feng Shui. Se supone que ahora es mi hogar.
Hogar, hogar, hogar. Sí, debería llamar a mi madre.
Meto la mano en el bolsillo de los vaqueros y saco el móvil. Respiro hondo para prepararme y hago la llamada.
—Hola —digo.
—Oh, Becky. Hola.
No intenta disimular la sorpresa. Me hace sentir aún más culpable.
Pasamos por el preámbulo de rigor, preguntándonos cómo estamos, y enseguida vuelve al tema de siempre.
—Ojalá no te hubieras ido tan lejos. Me preocupo muchísimo por ti. Constantemente.
Más culpa. La odio.
—Mamá, estoy bien. De verdad.
—Estabas avanzando con la doctora Balliol antes de irte. Creo que... podrías haber... ella podría haberte ayudado.
Le tiembla la voz. No soporto oírla llorar. Quiero que esto pare. Quiero colgar, pero si cuelgo, ella seguirá ahí, a quinientos kilómetros, llorando por mi culpa.
—En realidad, estoy viendo a alguien. Lo arreglé nada más llegar. Debería habértelo dicho. Así que no tienes que preocuparte. Tengo una psiquiatra.
Uso la palabra técnica, intentando sonar seria y sensata.
Su respiración se calma y juro que le noto una sonrisa en la voz cuando responde.
—Oh, cariño, me alegro tanto. Son muy buenas noticias. No quería presionarte, pero yo, bueno, tu padre y yo creemos que es mejor que sigas recibiendo algo de apoyo.
Apoyo. Siempre lo llama apoyo , nunca ayuda , y desde luego nunca tratamiento psiquiátrico .
Intenta que no me sienta tan débil, tan vulnerable, tan necesitada.
Sé lo que soy. No estoy bien. No estoy del todo cuerda.
Han pasado tantas cosas en las últimas semanas que creo que puede que esté perdiendo la cabeza.
Quiero lo que mi madre quiere. Quiero estar mejor.
—Ha sido difícil estar lejos de vosotros, de papá y de ti —digo, repitiendo lo que sugirió la doctora Brightside—. A la mayoría de la gente le cuesta cuando se muda a un sitio nuevo sin sus padres por primera vez. Y con todo lo de antes, ya sabes, soy más propensa al estrés.
—No estás haciendo ninguna tontería, ¿verdad? ¿Y estás comiendo bien?
Me tenso de inmediato. Siento el cuerpo como si me hubieran sustituido los órganos por pesas de plomo. Me hundo en la cama.
—Estoy comiendo, sí. Estoy... mira, no hay peligro, ¿vale? Por favor, no empieces...
A entrometerte es lo que quiero decir. No quiero que mamá y papá me controlen, me vigilen, llamen a mis profesores, a mi médico de cabecera o incluso a Brightside.
Sé que ella no puede contarles nada sobre mí ni sobre lo que hablamos en nuestras sesiones, pero me preocupa lo que mamá pueda decirle a la doctora Brightside.
No quiero que influya en cómo me ve Brightside.
Quiero que mi psiquiatra me conozca tal como soy, no por lo que mi madre pueda decirle.
—Mamá, de verdad. Estoy bien.
Hay un casi silencio al otro lado de la línea.
Apenas distingo el ruido de fondo de su día, la televisión baja, pero todavía audible.
Intento imaginarla sentada en el sofá marrón de rizo, en el salón del único hogar de verdad que he tenido en mi vida.
Lo conozco tan bien que no me cuesta evocar los detalles: el papel pintado con su cenefa floral pasada de moda a media altura, el calefactor con puerta de cristal y su efecto de «llama real».
Lo tendrá encendido ahora, bajo, para mantener la habitación calentita.
En casa lleva zapatillas, unas sin talón de color rosa.
Quizá esté apretando ahora los dedos del pie derecho contra el talón de la zapatilla izquierda; tiene esa costumbre.
No sé si siquiera es consciente de ello.
Conozco todos sus hábitos. La he observado durante tanto tiempo.
—Gracias por llamar —dice en voz baja.
—Yo...
¿Qué? No lo sé. Ya no sé qué decirle.
—No pasa nada. Te quiero, mamá.
Le digo lo que quiere oír. Es lo mejor que puedo hacer.
Cuando cuelgo me dejo caer de espaldas y pienso en meterme bajo el edredón. Ha refrescado mientras hablábamos; ya está oscureciendo. Estiro el brazo hacia la cortina y veo que ha empezado a nevar.
En casa la nieve cae espesa y abundante.
La casa de mis padres, hasta hace un mes mi casa, da a un páramo abierto.
Cada invierno, desde que tengo memoria, ha nevado.
Dos veces ha caído tanta nieve que bloqueó el camino sin asfaltar que lleva desde la calle más cercana hasta la pequeña hilera de casitas; la nuestra era la del extremo.
A veces la nieve se acumulaba contra el lateral de nuestra casa, formando un montículo en el que Jordan y yo podíamos tirarnos.
Era una especie de iglú instantáneo; frío pero acogedor, extrañamente seguro.
Jordan. Cada recuerdo que tengo parece ligado a él.
Aquí en Wessex, la nieve flota en el aire, indecisa, sin acabar de posarse. La oscuridad del exterior aparece salpicada de copos gruesos y pesados. Hay una belleza oscura en la escena.
Apenas hemos entrado en noviembre; los árboles se aferran a sus últimas hojas. Sé que son rojas, amarillas, naranjas, el extremo más cálido del espectro, pero con la luz del día moribundo, no son más que sombras.
Aquí tumbada, estoy tranquila, medio hipnotizada. El mundo monocromo es apacible.
Mi paz nunca dura mucho.
Al principio, no estoy segura.
Creo ver algo, pero como ocurre con casi todo en mi vida, siempre hay un elemento de duda.
No confío en mí misma.
No confío en mi mente.
Cuanto más miro, más convencida estoy.
Hay una figura.
Hay alguien ahí abajo.
Por supuesto, hay gente en el mundo exterior, eso lo sé.
Lo extraño de esta persona es que está junto al tronco de un árbol grande; quizá sea un roble, no sé mucho de esas cosas.
En fin, da igual. Lleva completamente inmóvil desde que la vi, y no parece que vaya a moverse.
Lo más inquietante es que está mirando directamente hacia arriba, hacia mí, clavándome la mirada, en mi ventana, en mi habitación.
Sin duda me está mirando fijamente.
Lo primero que pienso es: «¿será este el cabrón de la biblioteca?».
Casi lo había superado. Me había convencido de que me había quedado dormida y lo había imaginado.
O casi. Quienquiera que sea, está apoyado contra el árbol, sin siquiera intentar esconderse, aunque debe de haber visto que lo he pillado.
No distingo si es hombre o mujer. No distingo gran cosa, la verdad.
Mide alrededor de un metro sesenta y cinco, calculo, más o menos como yo, y lleva la misma ropa típica de estudiante que casi todos aquí: sudadera con capucha y vaqueros.
Lleva la capucha puesta, y no puedo ver ningún detalle de su cara.
De todos modos no hay luz suficiente, y está demasiado lejos. Podría ser cualquiera.
Busco a tientas por la cama el móvil que dejé después de llamar a mamá.
Antes de cerrar las cortinas para quitarme de encima a este bicho raro, voy a sacarle una foto.
Quiero tener alguna prueba de que esto está pasando de verdad.
Quiero tener algo que llevar a Seguridad si, bueno, si esta persona hace algo más que quedarse ahí fuera mirándome fijamente.
Encuentro el teléfono enredado en el edredón y me vuelvo rápidamente hacia la ventana.
No hay nadie.
Joder.
Vamos, me alegro de que este bicho raro se haya largado, pero quería dejar constancia de esto en la memoria digital además de en mi propia memoria de queso suizo.
La nieve todavía no cuaja, así que no es que pueda bajar corriendo a buscar huellas como la puñetera Nancy Drew. No tengo nada en lo que basarme.
Odio mi estúpido cerebro roto.
Cierro las cortinas de un tirón, cierro los ojos y rompo a llorar.