No puedo dormir Capítulo dieciséis
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Capítulo dieciséis

Mi primera cita con la doctora Brightside es a las diez de la mañana del viernes.

Tengo que coger un autobús para llegar. Apenas he salido del campus desde que me mudé aquí; a veces olvido que hay un pueblo justo al otro lado de los límites de la universidad.

He ido al supermercado, y casi fuimos al cine la primera semana que nos mudamos al piso, pero terminamos en el bar de la Unión de Estudiantes.

El viaje en autobús no es una experiencia agradable.

El movimiento de vaivén del vehículo, junto con el calor que sale de la rejilla de ventilación que recorre el lateral, debajo de los asientos, bastaría para adormecer a cualquiera.

Si no fuera por el niño en el cochecito de la parte delantera gritando durante todo el trayecto, hasta yo podría haber dado una cabezada.

Estoy tan irritable últimamente. Y cuando digo últimamente, me refiero a los últimos dos años de mi vida.

Me traje un libro para leer durante el viaje, pero es imposible.

Si sigo viniendo a estas sesiones, voy a tener que coger taxis.

Podría pedirle a Eamon que me lleve, pero eso supondría dar más explicaciones de las que quiero.

Ni Cally ni Heidi tienen coche y yo no he aprendido a conducir.

No creo que lo haga nunca. No me fiaría de mí misma al volante, pero tampoco me gusta especialmente ir de pasajera.

Ahora tengo que sentarme en el asiento de atrás, como si fuera en un taxi o algo así.

No voy a pedírselo a Eamon. Ni hablar.

Llego a la consulta de la psiquiatra cinco minutos antes de lo previsto.

A pesar de saber lo mucho que necesito estar aquí, llevaba semanas temiendo mi primera sesión con la doctora Brightside.

Ahora, sentada en la sosa sala de espera de su consulta, siento algo que roza el terror.

Después de todo lo que me ha estado pasando, o quizás no pasando, en las últimas dos semanas, tengo mucho de qué hablar con ella; lo que pasa es que no quiero.

Me siento y paso las páginas de una de esas revistas de cotilleos de famosos que me traen sin cuidado.

Está llena de fotos de gente que no conozco, en situaciones que no me interesan.

Aun así, es mejor que pensar en la hora que tengo por delante.

Estoy mirando una sección dedicada a no sé qué fiesta literaria de un autor del que nunca he oído hablar cuando llaman mi nombre.

Cierro la revista con parsimonia, la devuelvo cuidadosamente a su lugar en la mesa y camino despacio por el pasillo para encontrarme con Brightside.

La sala de consulta es fría y clínica en comparación con la consulta privada a la que iba en mi ciudad. Intento ocultar la decepción en mi rostro mientras entro y estrecho la mano que se extiende hacia mí.

—Rebecca, hola. Soy la doctora Brightside. Por favor, pasa.

Es una mujer alta y estilizada. De esas que parece que nunca necesitarían la ayuda de una psiquiatra. Primeras impresiones: no tiene problemas de salud mental. Por supuesto, su primera impresión de mí es exactamente la contraria; para eso estoy aquí. Sonrío y entro en la pequeña y luminosa celda.

La consulta privada tenía un despacho que parecía más el estudio de la casa de alguien rico.

Como esos que salen en las series de detectives privados, si es que ves ese tipo de programas: estanterías de madera oscura, un sofá de cuero suave como la mantequilla que olía de maravilla, ventanales que dejaban entrar la luz natural.

Incluso cuando odiaba las sesiones, que era casi siempre, la habitación resultaba acogedora, cálida y confortable.

La sala de Brightside es cuadrada, desnuda y austera.

La luz es dura y fluorescente. Aunque, curiosamente, las sillas sí parecen ser de cuero.

Son profundas y grandes, y casi llenan el pequeño espacio desaliñado.

Me indica con un gesto que me siente en el sillón junto a la ventana, y ella se sienta más cerca de la puerta.

El psiquiatra siempre ocupa el asiento más cercano a la salida; supongo que es una precaución por si el paciente se vuelve violento, amenazante o intenta atraparlo en la habitación.

Yo no tendría energía ni aunque quisiera hacer algo tan estúpido.

—Hoy tenemos una hora, y me gustaría ir directa al grano, si te parece bien.

Su voz es tan suave y tersa como su apariencia.

Asiento con la cabeza y me suelta el discurso de siempre sobre confidencialidad e intercambio de información y bla, bla, bla.

—El doctor Fisher me ha puesto un poco al corriente —dice, acomodándose—. Pero quiero oírlo de ti. Dime, con tus propias palabras: ¿por qué estás aquí?

Esperaba que me pidiera que le contara lo que pasó. Supongo que, en cierto modo, eso es lo que me está preguntando. Claro que, al formularlo así, me ha pasado la pelota a mí.

La habitación está en silencio salvo por el tictac de un reloj en la pared, a mi espalda.

No puedo comprobar la hora sin girarme, pero ella lo tiene a la vista durante toda la consulta.

Esto no me lo cobran por horas, claro; la Seguridad Social corre con los gastos de mis sesiones.

Se lo agradezco mucho, sobre todo porque sé lo que les costó a mis padres el terapeuta privado al que iba antes.

En la salud mental se gana mucho dinero.

Quizás me estoy equivocando de carrera; quizás debería haberme quedado con aquel sueño infantil de ser psicóloga.

Siempre hago esto. Me voy por las ramas, dejo que mi mente divague, pienso en otras cosas.

Brightside no tiene prisa, sentada en su suave sillón de cuero color crema, con las manos juntas sobre el regazo.

Estoy pensando en todo menos en lo que debería estar diciendo.

Me he fijado en sus zapatos y me he preguntado dónde los habrá comprado.

Son de charol negro brillante con correas en forma de T.

Parecen elegantes y profesionales a la vez.

Profesionales pero bonitos. Lo mismo pasa con su vestido.

Es un sencillo vestido recto gris oscuro, de manga corta, escote discreto.

Por un momento se me pasa por la cabeza que ha elegido esta ropa precisamente para no llamar mi atención.

Quiere tener el control absoluto de la concentración de sus pacientes.

Los detalles distraen. Para mí, sin embargo, la falta de detalles es igual de mala.

La ausencia de algo puede ser tan interesante como su presencia.

Su ropa es elegante, pero también completamente anodina.

Lleva el pelo recogido con una pinza. Todo en ella parece estándar, genérico y soso.

Lleva pendientes de aro sencillos, de oro blanco, creo, o quizás plata o platino.

No sé por qué mi primer pensamiento fue oro blanco.

Lleva una pequeña piedra transparente en una cadena alrededor del cuello.

Supongo que es un diamante. Sus uñas están bien cuidadas, en un tono rosa neutro.

Me está mirando, pero no ha dicho nada más.

No ha intentado apresurarme, pero tampoco me ha dicho que me tome mi tiempo.

Me pregunto si me estará evaluando de la misma manera que yo la he evaluado a ella.

Supongo que forma parte de su trabajo, pero en mi caso es algo innato. Estamos en un punto muerto.

Inspiro, con la intención de que las palabras salgan al soltar el aire, pero no salen. El reloj sigue con su tictac, y yo permanezco muda.

Empiezo a sentir la presión de mi propio silencio, pero no sé por dónde empezar. Es una historia que he contado tantas veces, pero ¿por dónde empiezo ahora? ¿Por los acontecimientos más recientes o desde el principio?

Levanto la mano y me toco el cardenal de la cara.

Nadie lo ha mencionado siquiera. Cally, Heidi, Eamon...

han visto esta marca y ninguno ha dicho una palabra.

Hasta ahora no me había parado a pensar en lo extraño que resulta.

Quizás les daba vergüenza ajena. Cally sabe lo torpe que soy.

Me los imagino en el bar, hablando de mí.

La cara me ha empezado a palpitar, aunque llevo días con el cardenal.

No lo sé. Si se lo contara a la doctora, quizás podría explicarme por qué pasa eso.

A lo mejor es solo que soy consciente de él; me siento examinada, juzgada.

Si pudiera leerme la mente, ¿qué pensaría Brightside de mis pensamientos?

Tic, tic, tic, y aun así, no hablo.

La doctora parece muy relajada. Se la ve tan cómoda con el silencio.

—No maté a mi hermano.

No sé de dónde me salieron esas palabras, pero eso es lo que digo.

No parece sorprendida por mi frase inicial. Hace una pausa para dejarme continuar.

Trago saliva.

—Lo siento —digo—. No sé por qué… —Quiero rebobinar y empezar de nuevo—. Llevo dos años con problemas de insomnio. Desde… mi hermano… Ya vi a una psiquiatra antes, en Yorkshire, antes de venir a la universidad. En Harborough. Perdón, no sé cuánto sabe ya.

—Continúa, está bien. Me interesa lo que tengas que contarme.

Parece absorta en mis palabras, y sin duda es su trabajo estar atenta a lo que digo y cómo lo digo. Siempre me siento tan cohibida. Sé que juzgan todo lo que hago o digo.

Le cuento a la doctora Brightside lo de la biblioteca, los libros, el libro en concreto.

Le cuento que confundí la bolsa y el abrigo con una persona en mi habitación, lo de la chica en la cafetería, las llamadas telefónicas, que oí mi nombre en el bar.

Parece que estoy contando la historia al revés, o saltando de una escena a otra sin orden.

Supongo que les contamos a los médicos nuestros síntomas y esperamos que nos curen de lo que los haya causado.

Brightside asiente y emite sonidos de ánimo.

Me deja hablar hasta que le he contado todo lo que ha pasado desde que me mudé aquí.

Por supuesto, eso es solo el principio. Bajo la superficie está todo lo demás, todo lo de antes.

Es como si la hubiera invitado a mi jardín y le hubiera mostrado las malas hierbas que crecen allí, que devoran mi vida, pero no hemos empezado con el sistema de raíces, y es jodidamente extenso.

Está bajo el jardín, bajo la casa, desestabilizando todo mi mundo.

Si va a ayudarme, necesito hablar de las cosas de las que no quiero hablar.

Eso lo aprendí con la doctora Balliol. No es que detuviera mi insomnio.

No es que me «curara». Pero empezamos a trabajar en cosas. «Cosas», es decir, «mis problemas».

No puedo quitarme de encima la sensación de que me observan en todo lo que hago, de que analizan todo lo que digo.

Cuanto más intento sentarme con naturalidad, mantener la voz neutra, no revelar demasiado de mí misma, más siento que me estoy delatando.

Sería terrible jugando al póquer. Me tiemblan las manos, tengo la boca seca. Quiero salir de aquí.

—Cuéntame sobre tus compañeros de piso.

Me alivia el cambio de tema. Quizás ve que aún no estoy lista para entrar en todos los antecedentes.

Me pregunto con cuántas personas habrá tratado, y lo jodidas que estarían.

Siempre tengo que compararme con alguien.

Me pregunto si soy la peor, pero supongo que hay personas con problemas mucho más serios que creer que su ropa es una persona en su habitación.

—Somos cuatro. Otras dos chicas, un chico y yo. Todos de primero, acabamos de empezar.

No sé qué decir. Quizás solo quería que hablara de algo que me resultara más fácil. Le sigo el juego.

—Cally está en la habitación de al lado, es del norte como yo —sonrío al decirlo.

Mi cariño por Cally queda patente, e inmediatamente vuelvo a sentirme cohibida—.

Luego están Heidi y Eamon, al otro lado del piso.

Tuve suerte con los compañeros de piso, la verdad.

Son divertidos, limpios y ordenados —me encojo de hombros—.

Y toleran que los despierte a horas intempestivas…

Brightside sonríe ligeramente.

—¿Has hablado con ellos de tu insomnio? ¿O de otras cosas?

—La verdad es que no hablo con nadie de todo lo que pasó —estoy acostumbrada a decirles esto a los profesionales—. A Cally le he contado lo de mis problemas de sueño. Aunque solo hace poco. No es de las primeras cosas que dices cuando estás conociendo a alguien, ¿no?

Asiente suavemente.

—Estoy aquí para ayudarte, Rebecca. Cuanto más te impliques conmigo y te abras a mí y al proceso, más podremos avanzar.

Parece que has tenido unas semanas muy duras.

El trastorno de mudarte aquí, estar lejos de tus padres, eso ya de por sí es una fuente de estrés enorme para mucha gente…

¿Es la primera vez que vives lejos de ellos?

Por alguna razón pienso en la quincena en Bridlington, la única vez que recuerdo haber estado separada de mis padres.

La única vez que estuve separada de Jordan hasta el 16 de junio de 2018.

Me pregunto si Brightside sabe lo de Bridlington.

Supongo que sí. Supongo que todo debe estar en mi historial.

Quizás esta sesión es una prueba. Ver qué información ofrezco voluntariamente.

Aunque probablemente no necesita oírlo de mí. No lo de esas dos semanas.

La expresión de Brightside es inquisitiva, pero no pregunta en qué estoy pensando.

—Supongo que sí —digo. ¿Por qué no dije simplemente «sí»?

Probablemente se pregunta lo mismo. Le estoy dando demasiadas vueltas otra vez.

—Es difícil estar lejos de ellos —digo.

—¿Hablas con ellos a menudo? ¿Con tus padres?

Suspiro, y eso probablemente le responde.

—He hablado con mi madre. Sigue llamando, pero… soy una hija bastante terrible, ¿sabes?

Brightside no muestra emoción, espera a que continúe.

—Sé que solo quiere saber que estoy bien. O lo más cerca de bien que puedo estar, supongo —digo, y me pregunto si Brightside percibe mi culpabilidad. Debería esforzarme más con mi madre. Sé que debería.

Los ojos de la doctora se dirigen al reloj; se me ha acabado el tiempo por esta semana.

—¿Ya ha pasado una hora? —pregunto. Se me ha hecho más larga. Siempre pasa. Aun así, estaba a punto de arrancar. Tardo un rato en entrar en calor.

—Me gustaría verte de nuevo la semana que viene, si es posible —dice Brightside, y me dedica otra sonrisa radiante y perfecta.

—Claro —digo.

Ya he empezado con esto, así que más me vale seguir adelante. Vine aquí porque quiero mejorar. Tengo que recordármelo. Tengo que seguir repitiéndomelo.

Vuelvo a ser La Chica Que Va al Loquero.

Pero ni de coña voy a contárselo a nadie.