No puedo dormir Capítulo quince
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Capítulo quince

Algunos días estoy demasiado agotada para hacer nada.

La oscuridad de la noche se funde con el gris aguado del día, y me quedo en la cama.

Me levanto cuando lo necesito. Preparo algo de comida, voy al baño, bebo algo, vuelvo a la cama.

Puedo seguir así durante mucho tiempo, tirando como puedo, pero al final me derrumbo.

Tengo que tomarme un Día para Mí . Necesito ese respiro.

Si no te tomas esos días para ti, te lo recomiendo.

Aunque duermas como un bebé, sé buena contigo misma. Dedícate tiempo.

Nunca he entendido del todo esa expresión. Dormir como un bebé. Que yo sepa, los bebés duermen cuatro horas como mucho y pasan el resto del tiempo llorando o comiendo. Yo con cuatro horas sería feliz. Estaría eufórica.

Cuando empezó el insomnio, tenía que rellenar un «Diario del Sueño».

Mi psiquiatra, la doctora Balliol, me pidió que apuntara todas las horas (¡ja!) que dormía y que valorara la calidad del sueño.

¿Alguna vez te has parado a pensar en la calidad de tu sueño?

No. Lo das por sentado. Lo sé. Yo también.

¿Qué es un sueño de calidad ? Ahora, cualquier cosa más larga que esos cabezazos fugaces de los que entro y salgo. Una hora ya me parece un lujo.

Mantener un diario del sueño cuando eres insomne tiene sus problemas.

Obviamente, sí tengo los microsueños que me mantienen viva.

Pero la mayoría de las veces no soy consciente de ellos.

A veces son como un parpadeo largo, o al menos así los vivo yo.

Si no me he fijado en la hora cuando me quedo dormida, ni siquiera sé cuánto han durado.

O sea, sé que no duermo cinco horas ni nada parecido, pero a veces no sabría decirte si han sido cinco segundos o cinco minutos. Es muy desorientador.

Cuando estaba con el diario, le pedí a mi madre que me observara y que llevara el registro por mí. No podía hacerlo todo el tiempo, claro. No me seguía a todas partes, no estaba conmigo en el instituto. La verdad es que después de que muriera Jordan, solo iba al instituto o me quedaba en casa.

Ya no tenía a Jordan.

Ya no tenía a Mischa.

No tenía ninguna razón para salir de casa salvo las clases.

Pensaba que dormía quizá una o dos veces al día, diez o veinte minutos como mucho.

Mi madre registró dos horas de microsueños en veinticuatro horas.

No es mucho, lo reconozco, pero todos esos pequeños ratos sumaban mucho más de lo que imaginaba.

Calculo que ahora duermo unas cuatro horas mínimo a lo largo del día, pero no lo llamaría dormir.

Nos curamos cuando dormimos, crecemos cuando dormimos.

Nuestro cerebro necesita dormir para desconectar, almacenar recuerdos, organizarse.

Sin sueño, no hay manera de hacer eso. Por eso estoy tan despistada.

Tengo el cerebro hecho un lío, literalmente.

Mis pobres neuronas se esfuerzan mucho, pero no tienen nada que hacer.

Paso mi día libre en mi habitación. Fuera está nevando, y me quedo un rato mirando el parpadeo blanco.

Es como ver una tele sin sintonizar. Extrañamente relajante.

Parece que hace mucho frío ahí fuera. Me alegro de estar aquí, en mi chándal, en mi cama.

Fuera, todo el mundo va envuelto en trencas o en esas chaquetas acolchadas enormes que parecen sacos de dormir brillantes.

Disfruto mirándolos, pero no me apetece nada salir.

Leo un rato. Antes me gustaban las novelas de fantasía, esos libros de unicornios y hadas; supongo que era escapismo.

Ahora que mi vida flota en una especie de duermevela sin sueño, ya no necesito fantasía.

Ahora tiro por los thrillers. Prefiero lo que te mantiene en vilo.

Si no duermo, no puedo tener pesadillas, ¿no?

Eso no es del todo cierto. No puedo concentrarme en tramas complejas ni en dramas largos.

Dame algo simple y absorbente. Dame algo intenso y directo.

Me tumbo en la cama, pasando páginas, leyendo sobre un mundo aún más jodido que el mío.

Sobre las siete y media voy a la cocina esperando encontrarme al menos a una de las otras. La cocina está vacía. No hay platos sucios en el fregadero; no hay señales de que ninguna haya comido aquí. Parece que tengo el piso para mí sola esta noche.

Caliento una lata de sopa en el microondas, sin esforzarme lo más mínimo en lo culinario.

En el salón, apoyo el cuenco en el brazo del sofá y mojo sin ganas un trozo de chapata que no me molesto en untar.

Las cosas simples me hacen feliz. Apunto con el mando hacia la tele y voy pasando por Netflix sin prestar mucha atención.

Elijo un documental de animales y me acomodo para pasar la noche.

Me gusta estar en mi espacio, tener que preocuparme solo de mí.

No soy buena compañía para los demás, pero me basto a mí misma.

Con tantas horas que llenar, tengo que saber llenarlas.

Todo está tranquilo. Todo está en paz. Veo la tele a medias mientras trasteo con el móvil, perdiendo la noción del tiempo.

Oigo un rasguño en la puerta.

Suena como si alguien estuviera manipulando la cerradura, intentando meter una llave que no acaba de encajar.

Me incorporo de golpe, alerta.

Estoy tan tensa que miro a mi alrededor buscando algo que usar como arma, por si acaso. Solo veo el mando a distancia. No me va a servir de mucho. Podría correr a la cocina, coger un cuchillo. Lo que sea.

Voces en el pasillo, ruido amortiguado. Debo de haberme quedado dormida porque estoy desorientada y confusa.

¿Qué puedo hacer? He esperado demasiado.

La puerta se abre de golpe.

Mis compañeras de piso entran en tropel.

—¿Dónde estabas esta noche? Pensaba que ibas a quedar con nosotras —dice Cally.

Arrastra las palabras, borracha, y supongo que las otras también van igual.

—He estado aquí toda la noche. Sola —digo.

No me hace gracia que mis compañeras de piso hayan salido sin mí. Mi tono es pasivo-agresivo, pero me da igual.

Vuelvo a dejar el mando en el brazo del sofá, sintiéndome un poco tonta. Habría sido una defensa inútil.

—Podrías haber venido si cambiabas de opinión. Sabías dónde estábamos —dice Cally.

Podría haber supuesto que estaban en el bar, pero no lo sabía .

—¿Cambiar de opinión?

—Dijiste «esta noche no» cuando te lo pregunté —dice Cally.

Parece tan confundida como yo.

Se sienta a mi lado en el sofá. Su aliento huele a ginebra con tónica, dulce y empalagoso.

—No te he visto desde esta tarde. Estoy segura de que me acordaría si hubieras mencionado lo de las copas.

—Llamé a tu puerta. Sobre las siete. Antes de salir. Te dije adónde íbamos. Dijiste que esta noche no.

Su voz suena clara ahora, va en serio.

—¿Me oíste decir eso?

—Yo también lo oí —dice Heidi—. Supongo que estarías medio dormida.

—Eh... ¿las siete?

Heidi asiente.

—No nos iríamos sin ti.

Se pone delante de mí y se inclina para darme un gran abrazo. Su pecho está suave y cálido; podría quedarme con la cara hundida en su jersey toda la noche. Huele mucho mejor que el aliento alcohólico de Cally. No sabría decir qué perfume usa. Algo ligero y floral. Seguramente caro.

No pienso en el deseo. No me lo permito. Pero ahora mismo no puedo evitar sentir algo. No sabe lo que estoy pensando. Se aparta y sonríe, y yo también sonrío.

Quizá sí vinieron a buscarme. Quizá fue durante un microsueño. No debería dudar de ellas. ¿Qué motivo tengo?

No todo el mundo va a por mí.

Quizá nadie lo hace.

Miro a las dos chicas y les dedico una sonrisa que me nace de dentro. Quiero creer que podrían ser mis amigas. Quiero creer que las merezco.

Eamon se ha desplomado en el otro sofá; es el que peor pinta tiene de los tres. A veces me alegro de no beber.

—La próxima vez —digo, y lo digo en serio.