No puedo dormir Capítulo catorce
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Capítulo catorce

Le doy vueltas todo el camino de regreso a mi habitación. ¿Qué significa esto? ¿Qué demuestra? No tengo ni idea. Si pensaba que ir a la biblioteca me ayudaría a tranquilizarme, estaba equivocada. Ha conseguido justo lo contrario.

Llego a casa, cuelgo la chaqueta y dejo caer el bolso.

—Y tú tampoco me vengas con tonterías —le digo a mi abrigo. Menos mal que no hay nadie que me oiga. Lo último que necesito es que alguien me pille discutiendo con mi ropa.

El teléfono empieza a sonar; instintivamente lo saco del bolsillo y pulso el botón de responder , pensando que será la doctora Fisher con noticias sobre mi cita.

Las llamadas misteriosas que estaba recibiendo parece que han parado.

He pasado de no querer volver a terapia a resignarme, y de ahí a querer hablar con alguien de verdad. Sí quiero ayuda. La necesito.

No es el centro de salud, es mi madre. Hago una mueca y al instante me siento mal por ello.

—Hola, Becky —dice. Suena realmente sorprendida de que haya contestado. ¿Siempre dejo que salte el buzón de voz? ¿Cuándo fue la última vez que contesté cuando llamó?

—Hola, mamá. ¿Estás bien? —Sonrío para que pueda oírlo en mi voz, aunque no me siento nada feliz. No quiero que se preocupe por mí. Al menos, no más de lo que ya lo hace.

— Yo estoy bien. ¿Y tú cómo estás?

Hablo antes de pensar.

—Igual que la última vez que hablamos. Solo fue hace un par de días. —No pretendía que las palabras sonaran así.

—Lo siento. Estaba viendo algo en la televisión y me acordé de ti. Yo... mira, lo siento, Becky. No quiero seguir molestándote. Es solo que... es difícil para mí, que tú estés ahí y solo estemos papá y yo aquí.

Presiento que vamos a tener esta conversación muchas veces.

—Lo sé, mamá. —Fuerzo la voz para que suene más suave.

Pienso en ella viendo sus concursos de la tarde, con su té, mojando una galleta en la taza, pasándome el paquete.

Pienso en Jordan quitándomelas y riéndose mientras yo corría por toda la casa detrás de él.

Papá sentado en su silla sin decir nada; mamá resoplaba con fingida exasperación y luego se reía cuando nos sentábamos otra vez con ella para ver el final del programa.

Pasar de eso a estar sentada sola en nuestra casa, una casa demasiado grande para que solo ellos dos deambulen por ella, bueno, eso tiene que ser duro.

—Te echo de menos —digo. Y es verdad. Echo de menos a la familia. Echo de menos el hogar. Echo de menos el pasado, cómo era todo antes—. No hay problema. Llama cuando quieras —hago una pausa—. Y yo intentaré acordarme de llamarte también.

Oigo la sonrisa en sus labios.

—Gracias, cariño —dice.

No tenemos mucho más que decirnos. Nos despedimos, pulso finalizar llamada y veo que hay una notificación de llamada perdida y un mensaje de voz del centro de salud.

La voz de la recepcionista me informa de que me han dado cita con la doctora Brightside para el viernes por la mañana, dentro de dos días, y que si hay algún problema les llame directamente.

Ha dejado el número casi como si se le hubiera ocurrido a última hora.

La fecha y la hora me vienen bien. Solo me sorprende que sea tan pronto.

Hablar con mamá me ha hecho sentir más decidida a intentarlo.

No quiero volver a terapia, pero necesito ayuda.

Quiero estar mejor. No sé si me refiero a que quiero mejorar y recuperarme del insomnio, la paranoia y toda esa mierda, o si simplemente quiero que mi vida mejore.

Creo que la doctora Brightside puede ayudarme, sea lo que sea.

Eso no lo había sentido con Balliol.

—No puedo ayudarte si no hablas conmigo.

Era obvio, pero tenía que decirlo.

Me senté con la mirada perdida. Me concentré en recuerdos felices, repasé algunos de mis días favoritos. Así era como sobrevivía a las sesiones con la doctora Balliol.

Mi primera cita con ella había sido solo tres semanas después de la muerte de Jordan. No había aceptado que se hubiera ido, no estaba ni de lejos preparada para hablar de ello.

No me di cuenta de lo aislada y sola que estaba hasta que dejé de tener a Jordan. Había llegado a depender de él por completo.

Después de perder a Mischa, él era mi mundo. Lo era todo.

Quizás habría intentado arreglar las cosas con Mischa, explicárselo todo a su madre, poner las cosas en su sitio... pero nunca tuve la oportunidad.

Llegué al instituto para mi última sesión de repaso, dos semanas antes de que empezaran los exámenes.

No esperaba una gran asistencia, pero solo había otros tres alumnos, sentados al fondo del aula.

Estaban charlando cuando entré, pero en cuanto me vieron, se callaron.

Estaba acostumbrada a que hablaran de mí, y luego me acostumbré a que me ignoraran. Esto era diferente.

El profesor llegó para la sesión y no pudo mirarme a los ojos.

Intenté concentrarme, de verdad, pero resulta bastante desconcertante cuando crees que todos los demás en la sala saben algo de lo que tú no formas parte.

Fue una clase discreta: sin bromas, sin distensión.

El ambiente era asfixiante. Quería salir de allí, pero sabía que tenía que hablar con el profesor.

Intentó coger el bolso y llegar a la puerta antes de que pudiera acercarme, pero ya me había plantado en su camino antes de que pudiera escabullirse.

—¿Qué está pasando?

No dijo nada. Bajó la mirada y fingió que había algo muy importante que tenía que encontrar en el bolso.

Me mantuve firme.

—¿Qué está pasando?

Estaba dispuesta a repetirlo tantas veces como hiciera falta hasta obtener una respuesta.

Soltó un suspiro incómodo y sacó el móvil. Lo vi escribir un mensaje, pero aun así no me habló. No vi lo que escribió, pero cuando llegó la respuesta, por fin me miró a los ojos.

—Ven conmigo —dijo.

Me guio por los pasillos. No había muchos alumnos por allí, y lo agradecí.

Resultaba tremendamente humillante seguirlo sin saber lo que todos los demás sabían de sobra.

Si hubiera tenido más amigos, si hubiera estado en los grupos de WhatsApp y en el chat de Messenger, si hubiera sido Alguien Con Quien Se Habla, todo aquel recorrido espantoso habría sido innecesario.

Había perdido a Mischa. La había perdido dos veces. La primera, cuando su madre nos separó, y la segunda... bueno, ya sabes el resto. Ya sabes lo que me dijeron cuando llegué al despacho del señor Foster.

Dos meses después, también perdería a Jordan.