No puedo dormir Capítulo trece #2
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Capítulo trece #2

Camino junto a las estanterías del fondo, intentando parecer despreocupada, como si buscara un libro.

Estoy buscando un libro, claro, solo que no en la estantería.

Paso el dedo por los lomos e intento imaginar más o menos dónde cayó la novela.

You Killed Him. El título resuena en mi cabeza.

La acusación. La mentira. Yo no lo maté.

Fue un accidente. No fue mi culpa. ¿Quién pensaría que yo lo había matado?

¿Quién…? Me da vueltas la cabeza, pero nada de esto tiene sentido.

Creo que por eso estoy empezando a creer que todo fue un sueño.

O una alucinación. O al menos que no fue real.

Quizás no quiero creerlo. Joder, qué quizás ni qué nada.

Por supuesto que no quiero creer que alguien está…

¿qué? ¿Jodiéndome? ¿Yendo a por mí? ¿Qué están haciendo siquiera?

¿Qué estaban haciendo? Ha sido un incidente aislado. Eso es todo.

El retortijón que siento en el estómago mientras camino junto a la estantería me dice que eso es todo no basta.

Miro los libros que tengo bajo los dedos; todos son thrillers psicológicos.

Ni siquiera sabía que la biblioteca tuviera tantas novelas de tapa dura en su catálogo.

Quizás el libro salió de aquí, al fin y al cabo.

Quizás se cayó de la estantería. Me estoy agarrando a un clavo ardiendo, intentando inventar alguna explicación racional para lo que puede o no haber pasado.

Sueno como si estuviera fuera de mis cabales.

No es de extrañar que Fisher quiera que vaya a ver a esta doctora Brightside.

Llego al extremo de la estantería y me detengo.

Creo que el libro se quedó aquí. Si está más abajo, lo veré si me agacho y miro debajo.

Solo quería llegar más o menos al lugar correcto para que los otros estudiantes del piso no piensen que estoy tan loca como evidentemente cree la doctora Fisher.

Me inclino, intentando que parezca que se me acaba de caer algo.

Ninguno de ellos me está mirando de todos modos, todos absortos en sus propios mundos.

No creo que puedan siquiera oírme desde aquí.

Estoy segura de que fue aquí.

Giro ligeramente la cabeza y miro debajo de la estantería.

No hay nada. Hay un poco de polvo, pero no la suciedad espesa y desagradable que esperaba.

Una capa fina, como azúcar glas sobre un bizcocho Victoria.

Azúcar glas gris y asqueroso. Giro la cabeza rápidamente, recorriendo con la mirada el suelo bajo la estantería.

La capa de polvo continúa, pero aparte de eso no hay nada más a la vista.

El libro no está aquí.

Entrecierro los ojos ante la suciedad gris frente a mí, intentando ver si quedó la marca de donde cayó el libro.

Está oscuro y cuesta distinguir. No podría asegurarlo al cien por cien.

Quizás alguien lo colocó en su sitio. Quizás.

Contaba con que siguiera aquí; habría confirmado que no me lo imaginé todo.

Joder —murmuro entre dientes.

No consigo recordar el nombre del autor. Debería haberle prestado más atención. Solo podía pensar en ese título. La foto llamativa del chico en la portada. Pero sobre todo, el título.

Me pongo de pie y empiezo a repasar los libros de la estantería. Los títulos son todos muy parecidos.

La mujer que algo.

El algo silencioso.

Desaparecida algo.

Los finales de los títulos son intercambiables. Hay un patrón, una fórmula. Algo en este género me dice que el mismo tipo de temas intriga a la gente. Estas ideas vagas emocionan a la gente, supongo.

El secreto de algo.

Perdida algo.

Hay muchísimos. No veo Tú lo mataste . Sigo recorriendo los títulos. Esto es inútil. Vale, ¿y ahora qué?

Es una biblioteca enorme, pero todo está catalogado. Puedo buscar por título en el catálogo. Lo encontraré, averiguaré dónde debería estar. Dejo la estantería y voy hacia el terminal. La pantalla ya muestra la página de búsqueda por defecto; tecleo el nombre del libro.

Cada letra me atraviesa. Las palabras me miran fijamente desde la pantalla.

Tú lo mataste

Aparto la mirada hacia el teclado y pulso enter.

No se encontraron entradas para este título.

Ninguna entrada. Ninguna copia del libro. Ninguna información sobre el libro. Vuelvo a mirar las palabras, aunque no quiero verlas, pero tengo que comprobar que no cometí ningún error.

No lo cometí. Escribí las palabras correctamente, aunque sean mentira.

Es solo un libro.

Solo un puto libro, joder.

Solo un libro.

Salgo corriendo por la puerta, y la chica de la sudadera ni se inmuta cuando paso como una exhalación.

Bajo las escaleras tan rápido que casi tropiezo.

Por suerte, la torpeza me ataca cerca del final del primer tramo, y me estampo la cara contra la pared en lugar de rodar escaleras abajo con el culo por delante.

Eso es una expresión del norte. Seguro que la pillas.

Duele que te cagas. Aúllo y me froto la piel.

No hay sangre, pero preveo un ojo morado en mi futuro.

Por el lado bueno (¿debería contarle esto a mi doctora?), no pasaba nadie para ver mi estupidez.

El accidente no me frena. Bajo a galope hasta la planta baja y voy directa al mostrador de información. Es la misma mujer con la que hablé la última vez que estuve aquí. Tiene la misma expresión vacía y ausente.

—¿Puedo ayudarte?

Ni siquiera me ha mirado. Está escribiendo algo en un post-it pequeño con forma de gato. Dibuja una carita sonriente al final que no se parece en nada a su propia expresión y finalmente, como no he dicho nada, levanta la vista hacia mí.

—¿Qué te ha pasado? —No disimula su sorpresa ante mi aspecto. Debo de tener peor pinta de lo que imaginaba. Sin dormir, con la cara magullada y... ¿me duché esta mañana? ¿Me he peinado hoy? Seguro que sí. Tenía la cita con la doctora Fisher. Eso fue hoy, ¿verdad?

—Me caí —digo con voz inexpresiva—. Necesito ayuda para encontrar un libro.

Estoy segura de que suspira antes de hablar.

—Puedes acceder al catálogo de la biblioteca a través de los terminales en cada planta del edificio.

—No está en el catálogo. En el catálogo. No aparece. —Intento ser paciente, pero estoy cansada y estresada y esta mujer es, por segunda vez, de muy poca ayuda.

—Si no está en el catálogo, no tenemos ese título.

Todos los libros están registrados en el sistema informático.

Así evitamos que la gente se los lleve de paseo.

A todos se les pone una pegatina de seguridad...

—Coge un libro de la pila que tiene al lado y abre la contraportada para enseñármela—.

...y sus títulos se añaden a la lista para que la gente pueda encontrarlos. A lo mejor escribiste mal el nombre.

—No —digo—. Lo comprobé. ¿Puedes buscarlo tú?

—¿Me estás pidiendo que teclee las mismas palabras que tú en el mismo sistema y obtenga una respuesta diferente? —Me mira como si le hubiera pedido que hiciera gárgaras con huevas de rana.

—Por favor —digo, como si me estuviera haciendo un ofrecimiento de verdad y no fuera simplemente una borde sarcástica.

La veo intentar mantener la compostura y eso me produce cierta satisfacción, a pesar de todo.

—¿Cómo se llama el autor? —Sus palabras suenan forzadas, cargadas de esfuerzo.

—No lo sé —digo—. Solo sé el título.

—¿Es para alguna de tus asignaturas? Puedo mirar tu lista de lecturas.

—No.

No quiero decir las palabras en voz alta, pero no me queda más remedio.

—Es una novela. Creo que es un thriller psicológico. Tenía esa pinta, ¿sabes? Se llama…

Hago una pausa y bajo la voz.

— «Tú lo mataste» .

Tuerce los labios.

—Nunca he oído hablar de él. ¿ Crees que es un thriller psicológico? ¿Ni siquiera estás segura de eso?

—No lo he leído —digo como si fuera obvio—. ¿Puedes ayudarme a encontrarlo?

Suspira con fuerza y se pone a teclear en el ordenador.

—No lo tenemos —lo dice igual que diría adiós . Como si fuera el final de la conversación.

—¿No está en ninguna parte de la biblioteca?

Vuelve a mirar el monitor y teclea un poco más.

—¿Estás segura del título? —pregunta.

Asiento. La portada está grabada en mi memoria. Estoy segura y se lo digo. Teclea durante lo que parece una eternidad y luego me lanza otra mirada impaciente.

—He buscado en internet. No hay ningún libro con ese nombre. Me temo que lo que buscas no existe.

El corazón me da un vuelco y por un momento creo que se me ha parado en seco.

—¿Qué?

—Ese título no aparece en ninguna lista. En ningún sitio.

Dudo que haya tenido tiempo de buscar en todas partes —en realidad no ha estado buscando una eternidad—, pero supongo que sabe dónde mirar para estar razonablemente segura de su conclusión.

Se encoge de hombros.

—Puede que alguien lo haya autopublicado y no lo haya puesto a la venta. Pero no está en ninguna lista. Lo siento.

—Yo… tenía un ejemplar. Lo perdí. Estoy intentando encontrar otro…

—¿Pero no sabes quién es el autor?

Niego con la cabeza. Esto no me va a llevar a ninguna parte. Se nota que la mujer quiere que me vaya, y ahora hay otras tres personas en la cola detrás de mí.

—Si se te ocurre alguna forma de conseguirme un ejemplar…

—De acuerdo —asiente.

Anoto mi número de móvil y luego mi correo electrónico de la universidad. Lo coge y apoya el papelito en la parte de atrás de su escritorio. Me jugaría los riñones a que lo va a tirar en cuanto me vaya. Aun así, sonrío y me marcho.