No puedo dormir Capítulo trece
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Capítulo trece

Salgo de mi habitación temprano la mañana siguiente para ir a mi cita en el centro de salud.

La recepcionista parecía dudar cuando me dijo que la única hora disponible era a las ocho y media, pero yo no tengo el lujo de quedarme en la cama como otros estudiantes.

Las ocho y media me viene tan bien como cualquier otra hora, y me alivió conseguir cita tan pronto.

Me hacen pasar directamente a la consulta de Fisher. Sonrío y me siento en la silla que me ofrece.

—Rebecca, hola. ¿Qué tal te han ido las pastillas nuevas?

La doctora está frente a mí, vuelta hacia mi lado, completamente concentrada. Es todo un contraste con mi nervioso removerse en la silla. Odio hablar de mí misma.

—No muy bien —digo.

He ensayado cómo voy a describir lo que pasó en la biblioteca. Ahora que estoy sentada aquí, me pregunto si tendrá algo que ver siquiera con las pastillas para dormir.

—Vale... —Me anima a continuar y espera a que hable.

Respiro hondo y empiezo.

—No me han ayudado a dormir.

—A veces tardan un poco en hacer efecto —dice en tono suave y tranquilizador.

—Pero hay otra cosa. He tenido algunos síntomas que creo que podrían estar relacionados con la medicación. Como... paranoica, algo nerviosa.

—¿Algo en concreto?

Emito un murmullo, suspiro y voy al grano.

—Para empezar, tuve un episodio en mitad de la noche en el que pensé que mi abrigo y mi bolso eran alguien plantado en mi habitación.

—Suelto una risita para que sepa que sé que es una locura—.

Y luego... pensé que alguien me estaba siguiendo en la biblioteca.

—Hago una pausa—. Creo que alguien me seguía.

No lo sé. Probablemente. O sea, sí me seguían. Sí.

—Si alguien te estaba siguiendo, eso no es un problema médico. No tiene nada que ver con tu medicación, es algo de lo que deberías hablar con Seguridad. —Está mortalmente seria. No sé qué respuesta esperaba.

Empiezo a describir lo que pasó.

—Estaba trabajando en la biblioteca. Estaba sola.

Oí unos golpes y cuando fui a mirar había pilas de libros en el suelo.

No vi a nadie cerca que pudiera haberlos tirado.

Parecía, bueno, sentí que alguien lo había hecho a propósito para llamar mi atención.

Volví a mi escritorio y alguien había tecleado algo en la pantalla mientras yo andaba por ahí mirando.

Y... dejaron una nota debajo de mi portátil.

Sonaba mucho menos amenazador contado así.

Me mira, esperando más.

—Eso es todo —digo—. Bajé corriendo las escaleras, pero no vi a nadie sospechoso, y el bibliotecario no me sirvió de nada.

—¿Qué escribieron ? ¿Qué decía la nota?

—«Los libros son para ti» —digo.

—¿Todavía la tienes? Quizá, si estás preocupada, deberías llevarla a Seguridad y explicárselo todo.

—Eh, no. Cuando volví a mi portátil, quiero decir, cuando abrí los ojos... cuando... —¿Qué pasó? Intento recordar qué había sido de la nota—. Había desaparecido. Y las palabras de la pantalla... también se habían esfumado.

—¿Cuando abriste los ojos?

—Sí, volví a sentarme en el escritorio y...

¿Qué había pasado? Me había llevado las manos a la cabeza, y quizá cerré los ojos, quizá solo un minuto. Quizá más. Quizá por eso mi instinto me dijo que no fuera directamente a Seguridad.

—¿Crees que existe la posibilidad de que... de que te hubieras quedado dormida? ¿Crees que tuviste un microsueño?

No dice que te lo imaginaste ni que lo soñaste . Se lo agradezco, pero creo que es lo que quiere decir.

—Pero los libros. Los guardé. Los recogí y los devolví a las estanterías.

Recuerdo haberlo hecho. Seguro que moví los libros.

Al menos... estoy bastante segura de que lo hice.

Bueno, excepto uno. Yo... —No quiero admitirlo, pero no creo que vaya a delatarme ante los bibliotecarios—.

Le di una patada y lo metí debajo de la estantería, cerca de la pared.

Me lanza una mirada inquisitiva. No estoy segura de que se esté creyendo nada de esto. Cuanto más hablo, más dudo yo también de mí misma.

—Era... —Suspiro y lo suelto—. El libro se llamaba « Tú lo mataste ». Sentí que alguien intentaba hacerme daño. Por lo de Jordan, ya sabes.

—¿Y los otros libros...?

—Todos eran sobre privación del sueño, insomnio y cosas así. Es el tema de mi trabajo. Ya sabes, escribe sobre lo que conoces. —Intento sonreír, pero no lo consigo del todo.

Asiente y mide bien sus palabras. —Todo lo que ha pasado...

todo lo que has descrito... está relacionado con lo que está ocurriendo en tu vida y en tu cabeza ahora mismo.

Uno de los efectos secundarios de este medicamento es que a veces las personas simplemente pierden la noción del tiempo.

¿Crees que quizá eso podría haber pasado?

Ya estoy asintiendo. Paranoia. Imaginaciones. Sueños. Podría tener razón.

También estoy pensando en el libro al que le di una patada para meterlo debajo de la estantería. Si no me lo imaginé todo, si no fue un sueño, el libro seguirá ahí. Nadie habría sabido que lo empujé allí, a la oscuridad y el polvo. Nadie lo habría recogido.

—Sí —le digo a la doctora—. Quizás.

Se gira hacia la pantalla y teclea unas palabras.

—Me gustaría derivarla a alguien, si está de acuerdo —dice.

Ya estamos. Otra vez a terapia. No quería esto. No quiero esto.

—Creo que necesita trabajar sus sentimientos.

Intento interrumpirla, pero levanta la mano para frenarme.

—Sé que no quiere, y sé que ha estado en te... Sé que ya ha visto a un especialista… pero los síntomas que tiene… bueno, creo que hablar con alguien podría ayudarla. Y le retiraremos esos medicamentos.

Algo es algo.

—¿Me recetará otra cosa? ¿Algo distinto?

Frunce los labios y aspira aire, como si sorbiera por una pajita.

—Creo que vamos a darle un descanso de la medicación por un tiempo.

Capta mi decepción y continúa.

—Usted misma ha dicho que ninguno de los medicamentos le ha ayudado. Quizás deberíamos pedirle cita con la doctora Brightside y ver si podemos enfocarlo de otra manera.

Da miedo pensar en vivir sin medicación, pero cuanto más lo pienso, menos entiendo por qué debería darlo. Si nada ha funcionado, quizás esté mejor sin tomar nada. Quizás volver a ver a una psiquiatra, y esta vez implicarme de verdad, comprometerme… quizás así descubra por fin cómo volver a dormir.

—Vale —digo en voz baja.

Cuando mi médico de cabecera recomendó derivarme por primera vez, las listas de espera eran de meses.

Por eso acabé yendo a una doctora privada.

Mis padres querían que me saltara las colas y que me vieran lo antes posible.

Querían lo mejor para mí, lo sé. Espero que ahora sea igual.

Si llamo a mi madre y le digo que quiero volver a terapia, encontrarán el dinero, pero no quiero hacer eso.

Ya he sido bastante carga para ellos, tanto emocional como económicamente.

—Por suerte para usted, la doctora Brightside es una de mis mejores amigas —dice Fisher.

—¿De verdad se llama así?

Casi me río. Pensé que Fisher bromeaba cuando lo dijo antes.

— Su nombre, sí.

La doctora sonríe y es como si entrara un rayo de luz en esta consulta tan tensa.

—Abigail Brightside. Un nombre perfecto para una psiquiatra. Supongo que hay gente que nace para una profesión concreta.

Esta vez sí que me río un poco. Es como miel en la boca, dulce y espesa. Todo ha sido tan oscuro . Necesito esto. Necesito que pase algo bueno.

—La llamaré y veré cuándo podemos darle cita.

Vuelve a mirar la pantalla.

—Tengo su número aquí. ¿Termina en 247?

—Ese mismo.

—De acuerdo, la llamaré cuando lo tenga todo organizado. Deje de tomar el Somniclone. Piense en lo que pasó en la biblioteca. Si de verdad cree que alguien intenta hacerle daño, vaya a Seguridad. ¿De acuerdo? Inmediatamente.

Asiento.

Ha sido una consulta muy positiva y esperanzadora, aunque me voy sabiendo que volveré a terapia en un futuro no muy lejano. Las cosas podrían cambiar. Las cosas pueden cambiar.

Al salir del centro de salud, me dirijo hacia la biblioteca en lugar de bajar hacia South, hacia casa. Tengo que verlo con mis propios ojos. Tengo que saber si el libro sigue ahí, debajo de la estantería donde lo aparté de una patada.

Siento un hormigueo de nervios al entrar en la biblioteca. Tanto si lo soñé todo como si de verdad había alguien burlándose de mí, sigo sintiendo un nudo en el estómago mientras subo las escaleras hacia la Tercera. Es como volver a la escena del crimen, aunque se supone que la víctima fui yo.

Hoy la biblioteca está más concurrida. He visto a un grupo de estudiantes esperando el ascensor en la planta baja, y dos chicos han bajado las escaleras y se han cruzado conmigo mientras subía.

Intento subir siempre por las escaleras en vez de coger el ascensor, pero hay días que no tengo fuerzas.

Hay días que ni siquiera tengo fuerzas para salir de mi habitación.

Sobrevivo con muy poco sueño, pero, como ya he dicho, a veces es eso: pura supervivencia.

Empujo la puerta de la Tercera. Hay una chica en la mesa más cercana a la puerta, con la capucha puesta, el cable de los auriculares conectándola como un cordón umbilical a su móvil.

Oigo el tintineo metálico de su música, pero no distingo la melodía.

Se balancea sobre las patas traseras de la silla y deja caer las delanteras al suelo para dejarme pasar.

Cerca de la ventana, donde estaba sentada la última vez que vine, hay dos chicos vestidos casi igual, con vaqueros y sudadera.

Están encorvados sobre uno de los portátiles, viendo un vídeo.

Veo algo parpadeando en la pantalla y oigo el ruido que no se molestan en bajar por respeto a los demás usuarios.

La otra usuaria. Aparte de la chica y de mí, ellos son los únicos en esta planta.

Me alegro de que haya gente. No creo que me hubiera gustado andar por aquí sola.

Me da escalofríos estar aquí otra vez. No pasa nada malo cuando hay más gente…

¿verdad? A menos que sean ellos los que provocan que pasen cosas malas, pero eso sería demasiada coincidencia.