Capítulo doce
De camino a South, los nervios me hacen pararme cada pocos metros para mirar por encima del hombro.
Me sorprendo viendo formas en las sombras, imaginando que todos los que me miran me observan fijamente.
Más que eso, sus miradas parecen juicios.
Toda esta gente, estos desconocidos, claro que no me conocen.
No saben nada de mí. Aun así, siento sus ojos marcándome la piel.
Camino más rápido de lo habitual y cuando llego a la entrada principal de South, me lío con los números del código.
Parpadea un mensaje de error en rojo y por un momento no consigo recordar cómo reiniciarlo para volver a intentarlo.
Me viene a la cabeza, poco a poco, y tecleo los números correctos con cuidado.
La puerta se abre con un clic y la empujo, aliviada.
De vuelta en el piso, el salón está vacío, y asomo la cabeza por la cocina. No hay nadie.
He venido pensando en esto todo el camino a casa: tengo que hablar con Cally. Claro que, si tuvo algo que ver con lo que pasó en la biblioteca, es poco probable que lo admita. Tengo que pensarlo todo bien, intentar encajar las piezas.
Cally. ¿Sería capaz de hacer esto? ¿Por qué iba a hacerlo? No lo haría. ¿O sí? No estoy segura de nada.
Mientras tanto, voy a llamar al centro de salud para hablar otra vez con la doctora Fisher.
Tampoco sé cómo voy a plantearle las cosas.
No quiero que piense… bueno, no quiero tener que ir a un psiquiatra otra vez.
Esto no es culpa mía. Nada de esto es culpa mía.
Intento alejarme de ello, pero de alguna forma me persigue.
No quiero olvidar nunca a Jordan, pero por favor, dejadme superar lo que pasó.
Doblo la esquina del pasillo donde están la habitación de Cally y la mía.
Al pasar por su puerta, me llama la atención la luz que se refleja en el espejo del baño de enfrente, y miro dentro.
Tengo un aspecto horrible. O sea, siempre parezco demacrada y agotada, pero hoy, joder, estoy fatal.
Me froto los ojos, y la Yo-del-Espejo se frota los ojos.
Me da pena que mi reflejo tenga que cargar conmigo.
Podría irle mejor. Me echo agua fría en la cara y me la seco con una toalla.
Genial. Me siento… exactamente igual. Me doy cuenta de que hoy ni siquiera he tenido microsueños.
He estado activa todo el día, y con todo lo que pasó en la biblioteca, tengo el cerebro frito.
Cuando empujo la puerta de mi habitación, lo único que quiero es tirarme en la cama y quedarme frita.
La cama parece tan acogedora. He intentado que sea así.
Quiero engañar a mi mente para que crea que la cama es un buen lugar donde estar.
Quería organizar mi habitación para que estuviera despejada y limpia y sin desorden, porque eso es lo que dicen los libros.
Algunos de los libros que estaban apilados para mí en la biblioteca probablemente contenían ese consejo.
Se me eriza la piel de frustración y rabia y…
ni siquiera sé qué es este otro sentimiento.
¿Miedo? Desde luego que hay miedo. El miedo a no saber qué coño pasó hoy, y el miedo a no saber si va a volver a pasar.
¿Quién coño me está haciendo esto?
Consigo convencerme de no tirarme en la cama de inmediato, y en su lugar, me siento en el escritorio y saco el móvil. Voy pasando los contactos hasta llegar a Centro de Salud y pulso para llamar.
La próxima cita con la doctora Fisher es dentro de dos días. La cojo.
Pasa otra hora antes de que oiga gente en el salón.
Oigo la voz retumbante de Eamon, pero no distingo lo que dice desde aquí.
No aguanté mucho sin echarme en la cama, y he estado tumbada a lo largo, trasteando con el móvil.
He pasado el rato pensando, y dándole demasiadas vueltas, y luego intentando no pensar. Es un círculo vicioso, muy vicioso.
Tengo la cabeza pesada y espesa como un desagüe atascado.
Preferiría quedarme aquí, apoyarla en la almohada, seguir pensando, permanecer inmóvil, inerte, pero quiero hablar con Cally.
Me levanto y me doy cuenta de que tengo la cabeza aún más nublada de lo que pensaba, y me tambaleo hacia un lado.
Con mi torpeza, tiro el despertador al suelo al golpearme la cadera contra la mesita de noche.
Me froto donde espero que me florezca un moratón en las próximas horas.
Idiota.
Vuelvo a poner el reloj en su sitio y me dirijo al salón, maldiciéndome por lo bajo.
Jodida idiota torpe.
Heidi y Cally están sentadas juntas en un sofá de una plaza; Eamon está de pie en el centro de la habitación, con dos tazas en una mano y una en la otra.
—¿Quieres un café? —pregunta—. Iba a preparar.
Cuando empecé con el insomnio, intenté evitar la cafeína. Era una de las recomendaciones de mi médico de cabecera.
Elimina la cafeína.
Intenta evitar la estimulación innecesaria antes de acostarte.
No mires pantallas durante la hora antes de irte a la cama.
Probé todas esas cosas, y muchas más, pero ninguna pareció servir de nada. Estuve seis meses enteros bebiendo esa porquería descafeinada, créeme. Al final, pensé «qué demonios» y volví a mi hábito de cinco tazas de café normal al día.
—Sí —digo—. Mi taza está en la cocina. —Luego pienso un instante y añado—: Te echo una mano.
Se encoge de hombros y los dos vamos a la cocina.
—Ha estado bastante tranquilo esto por aquí esta tarde —digo mientras abre el armario y saca las tazas.
—Fuimos al súper. Llamé a tu puerta, pero debías de haber salido, ¿no?
—¿Ah, sí? ¿A qué hora? —Esto es más fácil de lo que pensaba.
—Debió de ser sobre las dos. Paramos a por hamburguesas a la vuelta. Ya sabes cómo es Heidi.
Ya lo sé. Típico de nuestras salidas de compras. Comprar un montón de comida para cocinar y luego pedir comida a domicilio.
—¿Solo vosotros dos?
—Cally también. Se compró de estas… —Saca una caja de bolsitas de té del armario y me la enseña. Yorkshire Tea. Es el té que compra mamá, y un torrente de emociones encontradas me invade.
—Qué bien. Luego os preparo uno a todos —sonrío. La sonrisa se me borra cuando recuerdo que estaba culpando a Cally, mentalmente, por lo que pasó hoy. Quizás no culpando. Quizás solo sospechando—. Siento habérmelo perdido. Estaba en la biblioteca.
—Yendo por delante. Bien hecho. ¿Tienes mucho entonces?
—Un huevo. Muchísimo.
Me siento más relajada ahora. Charlar sobre cosas normales y cotidianas tiene algo que me tranquiliza.
Eamon está estudiando... en realidad, no recuerdo el nombre de su carrera. Es una de esas carreras que suenan inventadas. Antropomorfismo social o algo así.
—¿Cómo se llama tu carrera otra vez? —le pregunto.
—Antropología biológica —responde con una sonrisa.
Lo que yo decía.
Vierte el agua en las tazas, prepara los cafés y llevamos dos cada uno donde están las chicas.
—Gracias por comprar ese té, Cal —digo mientras le entrego su bebida.
—No hay de qué.
Levanta su taza en un pequeño gesto de brindis .
Todo el tiempo que estuve en la biblioteca, estos tres estaban juntos en el supermercado. Parece una explicación tan anodina y simple del paradero de Cally, pero no tengo motivos para dudar de ella.
Todavía estoy alterada por lo que pasó esta tarde, pero no sé qué puedo hacer al respecto. Quizás sea algo puntual. Podría haber sido alguien intentando provocarme, por alguna razón retorcida. Bueno, desde luego lo consiguieron. Espero que estén contentos.
No. Qué va; espero que se pudran en el infierno.
Me quedo en el salón con mis compañeros de piso el resto de la noche.
Antes de venir a la universidad, me aislaba mucho, pasaba demasiado tiempo sola en mi habitación.
Después de Mischa, y luego Jordan, dejé de confiar en la gente.
Ahora paso tantas horas nocturnas a solas que he empezado a obligarme a ser más sociable durante el día.
No me resulta fácil, pero con estos tres es diferente, de alguna manera.
Aunque con quien más conecto es con Cally, Heidi es una chica cálida y efervescente.
Creo que sus padres eran hippies o algo así; ella es todo paz, amor e incienso.
No es que sean cosas malas. Si no estuviera tan jodida y tan desinteresada en las relaciones, probablemente sería mi tipo.
Prefiero no pensar mucho en ello. No me gusta pensar en todo lo que el insomnio me ha quitado.
Eamon encaja en el grupo, que por lo demás es femenino, con una facilidad que le viene de haber crecido con dos hermanas.
Desde el día que nos mudamos, no se ha quejado ni una sola vez de que le tocara vivir aquí con nosotras tres.
Somos iguales y nos llevamos bien. No diría que somos un equipo, solo han pasado tres semanas desde que nos conocimos, pero somos un grupo feliz y equilibrado.
Supongo que por eso estar con ellos resulta tranquilizador y reconfortante.
Nadie va a meterse conmigo mientras esté aquí sentada con mis compañeros de piso.
Creo que puedo contar con que cuiden de mí. Espero no tener que hacerlo.
Obviamente, sigo pensando en lo que pasó en la biblioteca.
¿Cómo no iba a hacerlo? Por fuera seguro que parezco calmada y serena, pero por dentro estoy hirviendo, como una olla de leche a fuego lento.
Al mínimo aumento de temperatura podría desbordarme, perder el control. Puedo sentirla, esa tensión.
Cuando los otros tres se van a sus habitaciones, cada uno camino de varias horas de sueño profundo e ininterrumpido, me quedo sola, con mis pensamientos como única compañía.
Pienso en la biblioteca, en los libros, en la inútil de la bibliotecaria, pero sobre todo pienso en lo que estaba escrito en la pantalla.
Aunque el objetivo principal de mis citas con la doctora Balliol era mi insomnio, también pasamos mucho tiempo trabajando la culpa que sentía por lo que le pasó a Jordan.
No colaboré con ella durante mucho tiempo.
No quería hablar de lo que había pasado.
Durante el primer mes entero, me presentaba a las sesiones y me sentaba en silencio, mirándome las botas, pellizcándome las uñas, o buscando algo en la consulta lo bastante fascinante como para concentrarme en ello en lugar de responder a las preguntas de Balliol.
Me sorprende que esperara cuatro semanas antes de llamar a mis padres para hablar de mi falta de colaboración.
—Haz lo que sea necesario —le dijo mi padre.
—Para que cualquier tipo de terapia sea útil para el paciente, este tiene que participar —dijo Balliol, inclinándose hacia mis padres—. Rebecca y yo ya hemos tenido cuatro citas, y lo único que he conseguido de ella son holas y adioses gruñidos.
Eso es algo , pensé, pero no lo dije. Simplemente mantuve la vieja rutina.
No respondas.
No hagas esto.
No pueden obligarme a hacer esto.
Pero entonces vi la cara de mi madre. Las lágrimas que caían por sus mejillas hundidas, los ojos rodeados de la misma oscuridad que tienen los míos ahora.
Leí en su rostro el puro dolor, el desgarro, que no me había parado a reconocer antes.
Había olvidado que ella también estaba sufriendo.
Estaba tan absorta en mis propios sentimientos, en mi propia emoción, que nunca me había detenido a pensar que ella estaba pasando por su propio infierno.
Yo la tenía a ella y a mi padre para levantarme, para intentar ayudarme a superarlo.
Ella no tenía a nadie. Hice suposiciones, junté fragmentos de cosas que oí, cosas que vi.
La relación de mis padres se resintió. Ninguno de los dos volvió a ser el mismo después de Jordan.
Su matrimonio desde luego no volvió a ser el mismo.
Nuestro hogar pasó de ser un lugar cálido, de confort y felicidad, a algo parecido a una cueva: frío, oscuro y vacío.
—Debe haber algo que pueda hacer para ayudarla —dijo mamá.
Se le quebró la voz; el dolor se le notaba.
Por mucho que quisiera guardarme mis pensamientos y sentimientos, mi propio dolor insoportable y personal, tenía que hacer algo para mejorar las cosas para ella.
Lo único que podía hacer era intentar colaborar con Balliol, intentar mejorar.
Ella había perdido a Jordan, y me di cuenta de que en cierto modo sentía que también me había perdido a mí.
Le puse la mano sobre la suya.
—No —dije—. Me esforzaré más. Por ti. Te lo prometo. Lo intentaré.
La doctora Balliol asintió despacio, y en su rostro se dibujó una sonrisa genuina y cálida.
Lo hice por ella. Por mamá. Me abrí cuando lo único que quería era encerrarme en mí misma y aislarme por completo.
Pensé que sin Jordan no quedaba nada por lo que vivir, que ya nada importaba, pero estaba equivocada.
Estaba mamá. Tenía la universidad, tenía los sueños de Jordan que cumplir, y no iba a llegar a ninguna parte compadeciéndome de mí misma, haciendo que todos se sintieran como una mierda.
Supongo que una parte de mí pensó que cuando empezara a soltar todo ese dolor emocional y esa culpa, quizás volvería a poder dormir. No sirvió de nada. No me sentí mejor. No dormí mejor.
Mamá me abrazó, pero papá ya se levantaba para marcharse antes siquiera de que hubiéramos pedido la siguiente cita.
No digo que no le importara, ni que no le importe, solo que no estoy segura de que crea en la psiquiatría.
No cree que hablar sirva de nada. Supongo que por eso mamá y él se han distanciado tanto.
Quizás le preocupaba el dinero. No éramos tan ricos como para llevarnos a los dos hijos de vacaciones a Estados Unidos, ni como para pagar un psiquiatra privado, pero pagaron, y yo seguí yendo, esforzándome un poco más, aunque sin llegar a sentirme mejor nunca.