No puedo dormir Capítulo Once
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Capítulo Once

No tengo más clases en lo que queda de día, así que paso un rato en la sala común y luego me preparo para ir a la biblioteca.

El edificio es un monstruo de cinco plantas.

Hormigón gris, diseñado pensando en su función más que en la estética.

La planta baja tiene un espacio abierto, con el mostrador de información en el centro.

Hay zonas de estudio, mesas rodeadas de sillas de plástico sencillas, salas laterales con espacios para trabajo en grupo; estas son más silenciosas, más propicias para la concentración.

En la zona principal, los estudiantes charlan entre ellos, teclean en sus portátiles y escuchan música en el móvil que se escapa de sus auriculares en un hilo metálico irreconocible.

Hay dos máquinas expendedoras, una de aperitivos y otra de latas o botellas.

Probablemente podrías vivir aquí. Está abierta las veinticuatro horas, así que quizá haya quien lo haga. Sale más barato que pagar alquiler.

Yo prefiero saltarme la planta baja y subir directamente a la tercera.

Ahí es donde están todos los libros de mi carrera.

Como ya he dicho, la mayoría está en línea, pero aun así a veces disfruto consultando directamente el libro en papel.

Me concentro mejor así. Me distraigo con tanta facilidad que hago todo lo posible por ponérmelo fácil.

Me dijeron que podía acceder a algo llamado Apoyo de Aprendizaje Adicional, pero querían que firmara un formulario autorizándoles a compartir mi información con otras organizaciones, y no quise.

No quiero que los profesionales hablen de mí.

No quiero convertirme en un número de expediente o en Esa Chica Que No Puede Dormir. Quiero seguir adelante con mi vida.

Camino por el pasillo central entre las estanterías y saco el libro de texto que necesito.

Su peso sólido tiene algo reconfortante.

Podría aprender todo lo que necesito con una búsqueda en Google desde el móvil, pero no es la misma sensación que hojear un libro en busca de respuestas. Si te gustan los libros, lo entenderás.

Elijo un escritorio lo más alejado posible de la entrada a la planta.

No quiero que me moleste el ir y venir de la gente.

Me siento junto a la ventana, más por la luz natural que por las vistas.

El día ha resultado lluvioso y deprimente.

El cielo es de un azul pálido y patético, salpicado de nubes gris carbón.

Me alegro de estar dentro, aunque sea estudiando.

Saco el portátil y me pongo a trabajar. Mis ojos van de las palabras que escribo en la pantalla a las del libro de texto. De vez en cuando percibo movimiento por la ventana y giro la cabeza para mirar afuera.

La mayoría de mis compañeros parecen pasar el tiempo libre en el edificio de la asociación de estudiantes, o se van al centro a las tiendas y los bares.

Yo paso bastante tiempo allí, pero mi incapacidad para dormir me da muchas más horas que al resto.

Soy rica en tiempo, pobre en sueño. Podría verse como algo positivo, eso de tener tantas horas extra al día.

Si quisiera buscarle el lado bueno, ese es más o menos el único que hay.

Incluso desde mi posición estratégica, de repente oigo que las puertas de la planta se abren y luego se cierran de golpe.

El ruido resuena en el vacío. Miro a mi alrededor, molesta por la interrupción, pero no veo a nadie; deben de haber cambiado de opinión.

Vuelvo a la pantalla y sigo con mi trabajo.

Una de mis tareas este trimestre es escribir un artículo de opinión para la revista que yo elija. Es solo un ejercicio, no tenemos que enviarlo de verdad. Aunque quizá acabe dándole uso. Quiero escribir sobre lo que estoy pasando; pienso escribir sobre el insomnio.

Escribo tres palabras en la pantalla:

No puedo dormir

Observo el cursor parpadear, una sola línea vertical que destella encendido-apagado-encendido-apagado. Es hipnótico.

Suena otro portazo y me giro más rápido esta vez. Aun así, no veo nada. Las palabras en la pantalla me miran fijamente, me invitan a continuar, a escribir, a compartir mi historia, a compartir mi dolor.

Desde mi izquierda, justo detrás de la estantería más cercana, oigo un golpe sordo.

Luego otro.

Y un tercero.

Está claro que alguien no ha leído los carteles de silencio de la biblioteca.

Cuando suena un cuarto golpe, me levanto y camino hasta el final del pasillo.

Estoy a punto de decir algo, pero no hay nadie a quien decírselo.

El pasillo está vacío, salvo por cuatro libros grandes apilados ordenadamente en el centro.

Desde unos pasillos más allá, oigo otro golpe.

Dos. Tres. ¿Qué coño? Me lanzo hasta el final de la estantería y asomo la cabeza.

Nadie. Una pila de libros en el medio. Niego con la cabeza.

No me gusta dejar el portátil y el bolso así.

No me gusta correr por la biblioteca como una idiota.

Tengo la sensación de que alguien me está gastando una broma, pero no conozco a nadie aquí lo bastante bien como para que quiera hacerlo.

A nadie excepto a Cally, y no parece de las que harían algo tan estúpido.

—¿Puedes parar, por favor? —digo con la voz más alta y severa que puedo.

Como respuesta, suenan otros dos golpes.

—Que te jodan —grito.

Ni siquiera me molesto en ir a ver dónde están tirando los libros esta vez. Quien quiera jugar a este juego, que lo haga sin mí. No pienso malgastar mi energía. Vuelvo a mi escritorio y me siento de nuevo ante el portátil. Cuando miro hacia abajo, me quedo helada, y casi vomito.

Debajo de donde escribí «No puedo dormir» hay cinco palabras. Cinco palabras que yo no escribí.

Entonces veo algo más. Bajo la esquina del portátil hay un trozo de papel. Distingo el borde, un desgarro irregular. Tiro de él, lo saco para verlo bien. Tiene algo escrito.

Frunzo el ceño e intento darle sentido. Darle sentido a todo esto. ¿Alguien me atrajo hacia las estanterías para poder correr a mi escritorio y dejarme un mensaje?

Para.

Piensa.

No he oído más ruido desde esos últimos golpes. No he oído las puertas abrirse y cerrarse de nuevo. Quien sea, debe de seguir aquí.

—¡Esto no tiene gracia! —grito.

Solo después de que los libros empezaran a caer me di cuenta de que soy la única estudiante en esta planta. Al menos estaba sola. Parece que ya no.

—¿Por qué no das la cara? Cobarde de mierda. —Mi voz sube hasta que, al final de la frase, estoy casi gritando. Echo a andar por el borde de las estanterías, miro por cada pasillo, casi corro, cargada de adrenalina—. Que te jodan. Sal.

Prefiero enfrentarme a quien sea antes que dejar que me jodan así. Si hace falta, puedo salir corriendo de aquí. Hay personal abajo y estudiantes en otras plantas. Si necesito ayuda, puedo conseguirla.

—Vamos.

Alargo la n en un gemido angustioso.

Esto es una mierda.

Entonces lo oigo: la puerta se abre, la puerta se cierra de golpe. Se van. Entraron aquí, me tocaron las narices y ahora se largan.

Corro hacia la entrada y abro la puerta de un tirón.

No veo a nadie. El hueco de la escalera está vacío.

El ascensor muestra el número cinco en su resplandor digital rojo.

Debo de haber llegado unos seis segundos después de que se marchara.

No le ha dado tiempo a ir a ninguna parte.

Miro escaleras abajo, luego escaleras arriba.

Ni rastro de nadie corriendo, ni siquiera caminando. No hay nadie más aquí.

Bajo las escaleras corriendo hacia la planta baja. Es un impulso, y soy consciente de que he dejado el portátil y mis cosas sin vigilancia en la tercera. ¿A quién estoy buscando? ¿Qué voy a hacer si encuentro a alguien?

Cuando llego abajo, abro la puerta de la planta baja. Todo parece tranquilo. Hago lo primero que se me ocurre: preguntar a una bibliotecaria. Me planto frente al mostrador de consultas, sin aliento y sudorosa, y me inclino hacia la asistente.

—¿Puedo ayudarla? —pregunta.

Su tono es monótono, como si prefiriera estar en cualquier otro sitio antes que en su mostrador, atendiéndome.

—¿Ha pasado alguien corriendo por aquí? Alguien estaba... eh, quiero decir... Vengo de la tercera planta. Estaba intentando estudiar y alguien estaba tirando libros. Me han tocado el portátil.

—Debe responsabilizarse de sus pertenencias personales y objetos de valor en todo momento en la biblioteca —dice.

Ni siquiera la sugerencia de que alguien pudiera haber estado dañando libros la inmuta.

—¿Ha visto a alguien? ¿Alguien sospechoso? —pregunto.

—¿Qué aspecto tiene alguien sospechoso ?

Casi se burla de mí, apenas conteniendo su condescendencia.

Que te jodan , pienso.

—No lo sé. Supongo que lo sabría si lo viera.

Supongo que si alguien hubiera bajado corriendo las escaleras al vestíbulo, intentaría parecer lo más normal posible y mezclarse con los demás estudiantes. No creo que quisiera llamar la atención, a menos que fuera idiota.

—Puede que sí. Pero no. Nada sospechoso .

Su tono es tan sarcástico que me cabrea aún más.

—Genial. Gracias por la ayuda.

No me queda más remedio que rendirme. No hay indicios de que alguien esté actuando de forma extraña aquí, y soy muy consciente de que mi portátil y mi bolso están en la tercera planta.

Responsabilízate de tus pertenencias personales y objetos de valor.

Parece buena idea.

Vuelvo arriba y casi espero ver algo más escrito en mi pantalla. No hay nada nuevo. Todo parece estar como lo dejé cuando bajé corriendo. Leo la nota de nuevo.

Los libros son para ti.

Es una nota pulcra, escrita con bolígrafo negro. No puedo distinguir si la letra es de hombre o de mujer, ya que es pequeña y sin rasgos distintivos. No hay pistas inmediatas sobre quién la escribió. Le doy la vuelta, pero no hay nada en el reverso, y el papel es completamente anodino.

Joder. No puedo creer que esté tan tranquila. Los libros son para mí. Bueno, gracias. Genial. Supongo que los guardaré entonces. Cabrón.