No puedo dormir Capítulo Diez
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Capítulo Diez

Lunes por la mañana, estoy en clase con Cally. Esta vez llegamos antes y conseguimos asientos en el centro del aula. Hoy todavía no he tropezado con nadie. He conseguido desayunar. Pinta bien el día.

Unos diez minutos después de empezar la sesión, mi profesora está en plena forma, pasando diapositivas mientras nos ofrece su animada charla sobre la no ficción creativa popular. Estoy garabateando apuntes cuando mi teléfono empieza a vibrar: una llamada.

Intento ignorarlo. Lo noto contra la pierna, pero sé que nadie más sabrá de dónde viene. Quizá Cally, que está a mi lado, pero nadie más. Sigo con el bolígrafo en la mano, los ojos en mis apuntes.

El zumbido continúa durante lo que parecen minutos, pero nadie ha dicho nada, así que yo tampoco. Lo dejo seguir, que vibre a su aire. Que le den. Quien quiera que sea, ya se cansará.

La profesora está describiendo en detalle «A sangre fría» de Capote. Lo leí en el instituto, pero no levanto la mano cuando hace una pregunta.

A veces, simplemente no me apetece. Mi letargo me vuelve muy apática a veces. A menudo. Casi siempre.

Intento concentrarme mientras la profesora analiza cómo el autor manipula las simpatías del lector.

¿Se puede sentir simpatía por un asesino?

Yo la sentí cuando leí el libro. Me manipuló, desde luego.

Es una pregunta interesante. ¿Solo vemos de las personas lo que nos muestran y aceptamos esa superficie como la verdad, o deberíamos indagar más?

La vibración en mi bolso se detiene. Noto que los hombros se me relajan. Ni siquiera me había dado cuenta de lo tensa que estaba, de cuánto me estaban afectando las llamadas, pero ahora que ha parado, siento el alivio. La pausa dura solo un momento: el zumbido vuelve a empezar.

Cally me mira y señala discretamente hacia mi bolso. Se ha dado cuenta. Le respondo con un mínimo encogimiento de hombros. No quiero hacer nada al respecto. No quiero que me presionen. Todas esas llamadas del sábado. No pienso seguir contestando solo para que me reciba el silencio.

—Apágalo —dice en voz baja, aunque sin llegar a susurrar.

Miro hacia la profesora y veo que me está mirando. Ya no hay dónde esconderse. Articulo un «lo siento» y meto la mano en el bolso. Intento buscar a tientas sin mirar, procurando interrumpir lo menos posible la clase. No consigo encontrarlo.

Suelto un suspiro de fastidio, me pongo el bolso en el regazo y lo abro del todo.

Ahí está. En la pantalla iluminada parpadea «Número desconocido».

Podría abrirme paso entre la fila de estudiantes a mi derecha y salir a contestar. Podría apagarlo y hacerme la tonta.

Sé que se me va a quedar en la cabeza, que no voy a poder olvidarlo sin más. Todo se está acumulando, dándome vueltas en la mente. La presión va en aumento. Joder, necesito dormir. Necesito dormir desesperadamente.

Opto por apagar el teléfono, aunque solo sea porque no soporto la idea de montar un numerito molestando a otros ocho estudiantes que intentan concentrarse en clase, solo para contestar esta llamada —probablemente silenciosa—. Meto el teléfono en el bolso y lo dejo de nuevo en el suelo.

Veo la expresión desconcertada de Cally. También decido ignorarla.

Al terminar la clase me pregunta qué voy a hacer, y pongo una excusa de mierda.

Quiero estar sola la próxima vez que suene el teléfono.

La próxima vez voy a contestar. Voy a enfrentarme a mi misterioso llamante.

No puedo dejar que esto siga así. Cally me lanza una mirada suspicaz, pero me deja marchar.

Vuelvo a mi habitación y me pongo a revisar los apuntes de clase. Lo creas o no, a pesar de todo lo que ha pasado y de todo lo que está pasando, quiero hacerlo bien en este curso. Quiero estudiar. Quiero echarle horas. Quiero sacar buenas notas.

Periodismo: era el trabajo soñado de Jordan.

Estaba en el periódico estudiantil del instituto, siempre escribiendo artículos sobre cualquier cosa.

Incluso antes de eso, recuerdo que me entrevistaba, años atrás, apuntando en un bloc de espiral con su grueso bolígrafo rojo Beryl.

Abría la tapa y se sentaba con el bolígrafo preparado y expresión seria, como si yo fuera una gran celebridad a la que estaba sacando una exclusiva.

¿Cuál es tu color favorito? ¿Cuál es tu galleta favorita? ¿Quién es tu hermano favorito?

Quiero esto. Lo quiero por él. Lo quiero por mí.

No sé, quizá una parte de mí piensa que si hago esto...

Si consigo terminar este curso, si consigo aprobar, de alguna manera me sentiré mejor.

Quizá esto es lo que necesito para poder pasar página, seguir adelante con mi vida.

Es honrar su memoria, de alguna manera, vivir su sueño.

Yo nunca tuve uno propio. Como dije, barajé la idea de estudiar psicología, pero no sé, nunca fue algo que fuera a hacer de verdad.

No me apasionaba, no como a Jordan el periodismo.

Al principio, mi psiquiatra, la querida doctora Balliol, intentó disuadirme de venir a la universidad.

Es demasiado para ti. Demasiada presión.

No estás en condiciones. Tienes que seguir con la terapia.

No puedo darte el alta. Esto no te conviene.

Tanta negatividad. Como si no quisiera que hiciera algo bueno por una vez.

Dame la oportunidad, solo una vez; déjame hacer algo bien.

Entonces empecé a hablar. Después de meses siendo un caparazón impenetrable, empecé a abrirme; empecé a compartir más con ella.

Cuanto más hablaba, cuanto más le contaba, más se ablandaba.

Empezó a ver con buenos ojos que avanzara, que tuviera algo en lo que concentrarme.

No tardó mucho en empezar a apoyar mis planes.

Al final, fue ella quien habló con mis padres, diciéndoles que la universidad podría ser «un paso positivo para Rebecca».

Vaya si avancé en esas sesiones finales. Era una mujer cambiada. Eso es lo que dijo. Pero ¿había cambiado algo en realidad? ¿Había cambiado yo ? ¿O solo le estaba diciendo a Balliol lo que quería oír?

Mi teléfono suena, justo como sabía que pasaría.

Número desconocido.

Esas dos palabras parpadean una y otra vez.

Dejo el bolígrafo, cojo el teléfono y escucho.

Ruido indistinto. Estática. Voces. Lejanas. Tráfico. ¿Una ciudad?

No digo nada. Quien llama tampoco dice nada.

Suena un claxon. Una mujer grita de fondo, nada que ver con la llamada.

Nada identificable. Nada que me diga quién llama o desde dónde.

—¿Quién es?

Tengo que ser yo quien hable primero.

Oigo la respiración al otro lado de la línea. Constante. Segura.

—¿Qué pasa? ¿Qué demonios quieres?

Esto consigue una reacción. Por fin, algo. Al otro lado oigo risas. Risas graves, pesadas.

—Sí. Muy gracioso. Que te jodan.

Cuelgo.

¿Alguien de casa? Eso es lo que pienso. Hace mucho que nadie me da problemas.

Toda aquella mierda del instituto paró después de lo que pasó con Jordan.

La gente me dejó en paz. Era como si ya hubiera sufrido bastante, supongo, sin necesidad de añadir más mierda.

¿Cómo iban a hacerme sentir peor después de lo que pasó?

Además, prácticamente había dejado el instituto para entonces, cuando murió Jordan.

Hice los exámenes finales y me largué de allí.

Conseguí que mamá y papá me dejaran ir a un instituto fuera de la ciudad.

No quería seguir con esas zorras. Quería alejarme de todo aquello, de toda la maldad, de cualquiera que me conociera, o al menos que creyera conocerme.

Mamá estaba tan contenta de que quisiera seguir estudiando y hacer el bachillerato, después de todo.

Podría haberme aprovechado de su compasión y haberme quedado tirada, deprimida, durante meses, años, lo que fuera.

A la mierda con eso. Quería seguir adelante con mi vida. Se lo debía a mi hermano.

Y ahora esto. Algún idiota cree que es gracioso llamarme para tocarme las narices.

¿Qué quieren de mí? ¿Qué sacan con cabrearme?

Hay gente que está mal de la cabeza, sin más.

Me encantaría pensar que fue un error, un número equivocado, pero ahora, después de las risas, no puedo convencerme de que no sea algo personal.

Aun así, últimamente estoy cada vez más paranoica.

Lo del incidente con mi abrigo y mi bolso, cuando estaba casi segura de que había alguien en la habitación.

Luego la chica de la cafetería, que simplemente me había reconocido de nuestra primera semana aquí.

Estoy exagerando mucho. Lo sé. Me apunto mentalmente que tengo que mencionárselo a la doctora Fisher cuando vuelva a la revisión de la medicación.

Quizás las pastillas nuevas me están haciendo más mal que bien.

Una cosa es segura: no me están ayudando a dormir.