Capítulo ocho #2
Articulo un lo siento con los labios hacia Cally, pero ella le quita importancia con un gesto. Se levanta y agita su taza hacia mí: la señal universal de «¿quieres otro té?». Asiento y le tiendo la mía.
Para cuando vuelve con el café, ya me he despedido de mamá, prometiéndole llamarla pronto. Al colgar, veo dos llamadas perdidas de Número desconocido . Mantengo pulsado el botón de apagado.
Heidi llega a casa a las dos y se va directa a su habitación a echarse una siesta.
Cómo la envidio. Antes no le daba importancia, acurrucarme en la cama o en el sofá, o en cualquier sitio blandito y calentito, y dormir durante el día.
Me la imagino allí en su habitación, quitándose las zapatillas y metiéndose directa en la cama.
Bajo el edredón, ojos cerrados, dormida al instante.
Puede que yo haya dado alguna cabezada mientras veía la tele con Cally; eso es todo lo que espero conseguir hoy.
Voy a mi habitación y decido volver a encender el teléfono, a ver si ha habido más llamadas de El Desconocido.
Tarda unos momentos en arrancar. No hay nada nuevo.
Ni llamadas perdidas. Ni mensajes. Unos cuantos correos basura, que ignoro.
Lo pongo en silencio y lo dejo sobre la mesa antes de tumbarme en la cama.
Voy a leer un rato antes de que llegue Eamon y todos empecemos a arreglarnos para salir.
A mí nunca me lleva mucho porque, bueno, como ya he dicho, tampoco me esfuerzo demasiado.
Me echo algo de maquillaje. Elijo algo limpio que ponerme. Y listo.
Estoy leyendo un thriller psicológico sobre una mujer perdida en el bosque. Una ventaja de mi insomnio es que tengo mucho tiempo extra para leer. Además, ya da igual si leo libros que puedan darme pesadillas, total, no duermo.
Era broma. A medias. Cuando consigo dormitar, puedo tener microsueños durante esas cabezadas. A veces no estoy muy segura de si estoy recordando sueños o recuerdos reales. Todo se mezcla.
No paro de mirar el teléfono, esperando que suene en cualquier momento, pero no lo hace. Me molestaba cuando sonaba, pero la amenaza silenciosa de que pueda volver a sonar es igual de frustrante, si no más.
Para cuando empiezo a arreglarme para salir, el teléfono sigue sin sonar. Supongo que era alguien que marcó sin querer desde el bolsillo, pero no consigo imaginar quién. Qué raro. Una de esas cosas. Los grandes misterios de la vida.
Llegamos al bar con tiempo suficiente para pillar mesa, pero desde luego no somos las primeras. Ya hay un murmullo de conversaciones y el calor de los cuerpos empaña las ventanas.
Aunque yo no bebo y los demás sí, hemos acordado pagar las rondas entre todos.
La verdad es que la Coca-Cola cuesta casi lo mismo que las cervezas que se están metiendo entre pecho y espalda.
El único problema es que beben más rápido que yo.
Como no busco emborracharme, tampoco me resulta tan divertido seguir tragando refrescos empalagosos.
—¿En Yorkshire no beben? —pregunta Eamon.
Sonríe, como si fuera un chiste. Intento devolverle la sonrisa, pero no me sale.
—Tuve una mala experiencia —digo.
Espero que con eso baste. Su sonrisa se esfuma.
—Lo siento, no lo sabía.
Sé que no lo preguntó con mala intención, pero esa simple pregunta ha enrarecido el ambiente. Agradezco que no insista.
—Pero no me importa pagar las vuestras. No os preocupéis —digo.
Irónicamente, me da un poco de pena. Apenas sabe nada de mí. ¿Cómo iba a saber que no debe preguntar por qué no bebo?
—Lo siento —dice, pero niego con la cabeza.
—Está bien. De verdad. Además, si no bebes, no hay resaca, ¿no?
Levanta su botella, con los últimos restos de cerveza chapoteando en el fondo, y la choca contra mi Coca-Cola.
—Brindo por eso —dice.
Ahora sí consigo sonreír, aunque no es tan gracioso como él cree. Es buen tío, eso sí. Que no se me malinterprete. Me cae bien.
—¿Otra ronda? —pregunto, primero a él y luego a Heidi y Cally.
Las chicas también quieren, así que me levanto y me abro paso entre la multitud hacia la barra.
Estamos tan apretados que siento el calor de los cuerpos a mi alrededor, el olor a sudor, a aliento, a cerveza.
Ojalá fuera más alta, poder asomar la cabeza por encima de la multitud e inhalar el aire que circula allá arriba.
Estoy aplastada contra la espalda de alguien con chaqueta de cuero; mi camiseta se engancha y se sube.
Me la bajo de un tirón. Estoy atrapada, y mi respiración empieza a acelerarse.
Inhalaciones cortas y bruscas de aire caliente.
El pulso me late en las sienes. No puedo darme la vuelta y cambiar de opinión.
No hay forma de retroceder. Solo queda seguir avanzando, poco a poco.
Concéntrate. Mantén la calma. Céntrate.
Siento un movimiento junto a la pierna. Intento apartarlo como puedo.
Apenas puedo mover los brazos, los tengo casi aplastados contra el cuerpo.
Mis esfuerzos no sirven de nada. Parece una mosca o quizás una avispa, joder…
no. Es rítmico, constante. Pongo la mano con cautela donde lo noto y caigo en mi estupidez.
Es el móvil. Casi nunca lo llevo en el bolsillo.
No estoy acostumbrada a esta vibración, pero aun así me siento idiota.
Intento sacarlo, pero no puedo moverme, no llego a tiempo, y deja de sonar. El brazo me ha quedado en una posición incómoda; tengo que echarlo hacia atrás de un tirón. Le clavo el codo en el pecho a una chica que tengo a la derecha.
—Mierda. Lo siento —digo.
Se encoge de hombros como si fuera lo más normal del mundo, como si pasara constantemente.
Quiero decir algo más, soltar algún comentario sobre lo apretados que vamos, algo de sardinas en lata, pero esto se parece más a cerdos en un camión camino del matadero.
Nodigasesanodigasesanodigaseso.
No lo digo.
No digo nada. Recoloco brazos y piernas e intento no tocar a nadie más de lo necesario.
Por fin salgo a la superficie junto a la barra. El tipo que tengo delante se escabulle hacia la izquierda con dos pintas de cerveza en vasos de plástico que salpican y se derraman sobre una chica que le corta el paso. Ella se echa hacia atrás para dejarlo pasar y pisa a la chica de detrás.
—Becky.
Una voz a mi espalda. Giro la cabeza de golpe. No veo a nadie mirándome. Nadie intenta llamar mi atención.
Me vuelvo hacia la barra.
—¿Señorita? —El camarero me mira con cara de pocos amigos.
Hay demasiado jaleo como para que me quede embobada haciéndole perder el tiempo.
Tres Coronas, una Coca-Cola . Lo repito mentalmente para asegurarme antes de pedir. Botellas . Si pido botellas, nadie tiene que cargar con cuatro vasos de vuelta.
—Becky.
Otra vez esa voz. En algún lugar a mi izquierda.
Miro. Hay un mar de gente, pero nadie parece estar llamándome. No reconozco la voz. Es grave, suave, femenina.
—Señorita. Pida o apártese.
El camarero debe de haber tenido un turno complicado y yo no se lo estoy poniendo más fácil.
—Lo siento —digo—. Coronas y una Coca-Cola, por favor. Eh, tres Coronas. Botellas. Y la Coca-Cola. Una botella, por favor.
Directa y concisa. Muy fina, Rebecca.
El camarero me mira como a la idiota que acabo de demostrar ser y se gira hacia la nevera a por las bebidas.
—Becky.
Más alto esta vez. Desde mi derecha. Directamente en el oído.
—¿Qué quieres? —le suelto a la chica de al lado, casi gritando.
—Oh, gracias. Eh… vodka con Coca-Cola, por favor.
En mi vida he visto a esta chica.
—¿Estabas diciendo mi nombre? —pregunto lo más alto que puedo sin llegar a gritar.
Niega con la cabeza.
—Señorita. Sus bebidas. Son doce con ochenta.
Oigo al camarero y me vuelvo hacia él.
—Claro —digo, pasando la tarjeta.
La chica se queda sin su vodka con Coca-Cola esta noche. Cojo las botellas por el cuello, dos en cada mano, sujetas entre los dedos.
Mientras me abro paso entre la masa, sigo mirando a mi alrededor. Diez mil estudiantes en esta universidad, quizás once mil, y no reconozco a nadie. Si alguien me busca, quizás me siga, me encuentre en algún lugar donde pueda oírle y responder.
Vuelvo con los chicos y les paso sus botellas.
—Has tardado un rato —dice Heidi.
Señalo hacia la barra, donde hay colas de siete personas.
—¡Joder, qué lleno está! —dice Eamon—. Cada semana está peor.
—Cada vez más estudiantes se dan a la bebida —me río, pero sin ganas. La risa es para ellos, no para mí.
Me acuerdo del zumbido en el bolsillo y busco el móvil a tientas. Mi querido desconocido ha vuelto. Número Desconocido. Uno pensaría que la gente tiene cosas mejores que hacer un sábado por la noche. Dejo el móvil sobre la mesa, junto a mi botella, e intento no darle vueltas.
Alguien que dice mi nombre.
Alguien que llama a mi móvil.
¿Coincidencia inquietante? ¿O alguien me está tomando el pelo?