Capítulo ocho
Fin de semana. Heidi se ha unido al equipo de remo, así que se levantó y se fue a las seis de esta mañana.
No la vi, pero escuché los sonidos distantes de la cocina que confirmaban que estaba en pie y moviéndose.
Resulta reconfortante, en cierto modo, saber que hay otras personas cerca.
No me levanté a rastras para tomar café con Heidi, pero saber que podría hacerlo si quisiera me da la sensación de que no estoy completamente sola.
La noche puede parecer un capullo. Como si estuviera envuelta en una crisálida, esperando el día, el momento adecuado para emerger y desplegar mis alas.
Eamon se va a ver un partido de fútbol. Nos invitó a las tres a acompañarlo, pero como Heidi ya tenía otros planes, a Cally y a mí nos resultó fácil poner excusas.
Otra vez , dijimos. Quizá lo decía en serio.
Nunca he ido a un partido. A Jordan no le gustaba el fútbol.
Supongo que porque a mi padre no le gusta.
Nunca lo veía en la televisión, nada. Lo de Jordan era la música.
Tomó clases de guitarra en la escuela y se volvió bastante bueno.
Intentó enseñarme, más de una vez. Yo seguía quejándome de que me dolían los dedos.
Él decía que me acostumbraría, que mis dedos se endurecerían.
Se suponía que eso me haría sentir mejor, pero tuvo el efecto contrario.
No quería que mis dedos se endurecieran.
Me imaginaba callosidades, la piel dura y seca que le salía a mamá en los pies en verano cuando llevaba semanas usando sandalias sin calcetines.
Así que nunca aprendí. Ojalá lo hubiera hecho.
Ojalá le hubiera dejado enseñarme, que me hubiera transmitido esa parte de sí mismo.
Después... cuando Jordan... después de lo que pasó, quería quedarme con su guitarra, pero mamá quería deshacerse de ella.
No podía soportar tenerla en casa, dijo.
La quería tanto. Me hierve la sangre de resentimiento solo de pensarlo.
En realidad, yo quería aprender piano. Me imaginaba a Jordan con la guitarra, yo con los teclados, tocando en algún club.
Gente que supiera quiénes éramos; me emocionaba y me aterrorizaba.
Ser vista significa ser juzgada. Siempre significa eso.
Quería ser lo bastante conocida para tener un pequeño grupo de seguidores que nos adoraran, en lugar de estar bajo el ojo crítico de las masas.
Pero cuando se lo pedí a mis padres, dijeron que era demasiado caro.
No podían permitirse un piano. No podían permitirse clases.
No importaba cuántas veces lo pidiera, cuánto suplicara.
Dije que conseguiría un trabajo a tiempo parcial, que les devolvería el dinero, pero la respuesta siempre era no .
Así que me sentaba en la habitación de Jordan mientras él practicaba con la guitarra, y deseaba que algún día pudiera crear algo, que pudiera hacer algo, que algún día pudiera ser más que la hermana pequeña.
Con Eamon y Heidi fuera todo el día, escucho a Cally despertarse y moverse por su habitación.
Estoy bastante atenta a sus movimientos.
La oigo caminar por la habitación, abrir su armario, rebuscar entre las perchas.
Hay una pausa mientras se viste, y luego el clic de su puerta al abrirse.
Normalmente va directa al baño, hace pis, se lava, se cepilla los dientes, toda esa rutina diaria aburrida.
Aunque es bastante rápida. Nunca tengo que esperar mucho para usar nuestro baño compartido si lo necesito.
Algo que caracteriza a Cally: siempre lleva maquillaje, incluso si solo se queda en el piso.
Yo a veces me pongo un poco de base si tengo algunos granos pero, en general, intento ir de desastre con estilo.
Estoy bromeando; acepto que soy un desastre.
Le doy diez minutos después de oírla tirar de la cadena e ir al salón, y luego voy yo también.
Ha traído el edredón de su habitación y está acurrucada en uno de los sofás viendo un drama hospitalario en Netflix.
Es Chase MD, ese programa basura sobre un médico que está aún más jodido que sus pacientes.
Sus pacientes están aún más jodidos que yo.
Es simple escapismo; uno de esos programas en los que no tienes que pensar demasiado para poder disfrutarlo.
Eso es una suerte porque pensar no es mi punto fuerte.
—Buenos días.
Le dedico una sonrisa, y ella me la devuelve.
—Hola —dice con su marcado acento de Liverpool.
Ya tiene café; me preparo uno y me acomodo en el otro sofá. Los fines de semana son para holgazanear.
—¿Te arrepientes de no haber ido al fútbol? —se ríe.
—Joder, no. Café y Chase MD contigo... no se me ocurre nada mejor.
Las dos nos reímos. Es tan bueno poder relajarme con alguien de nuevo, poder charlar y reír y sentir que puedo ser yo misma. Sentir que no tengo que preocuparme de que la gente hable de mí. Estar lejos de casa. De mi pasado. De todo.
Mi teléfono empieza a sonar en el brazo del sofá junto a mí. Doy un pequeño salto.
—Perdona —le digo a Cally, y pulso el icono verde para contestar.
—¿Hola?
Al otro lado de la línea oigo ruido de fondo. Suena concurrido. Gente charlando, bullicio de la calle. Respiración, pero ninguna palabra.
—¿Hola? —repito. Miro a Cally y me encojo de hombros.
Todavía nada. Silencio no silencioso.
¿Alguna vez hay realmente silencio? En la quietud de la noche, me vuelvo consciente de cada pequeño ruido. Mis oídos captan todos los sonidos sutiles: estática, ruido blanco, el latido del corazón.
Una última vez: —¿Hola?
Cuando sigue sin haber respuesta, pulso finalizar llamada .
—¿Qué ha sido eso? —dice Cally.
—Nadie al otro lado. Probablemente alguna marcación automática intentando venderme algo.
Miro la pantalla antes de dejarlo. Número desconocido. Cómo no. No esperaba otra cosa.
—Nunca doy mi número a nadie desde que tengo mi nuevo teléfono. Una vez que tienen tus datos, no paran, ¿verdad?
Sorbe su café y vuelve a mirar la televisión.
Vemos en cómodo silencio hasta el final del programa. Antes de que continúe con el siguiente episodio, me da un golpecito con el pie para llamar mi atención.
—Oye, ¿vas a salir esta noche? Estamos pensando en ir al bar de la Unión de Estudiantes. Nada pesado.
Hemos salido un montón de veces desde que llegamos. Ella sabe que no bebo. Aunque es agradable que me sigan incluyendo.
—Claro —digo—. ¿Solo nosotras y los otros dos?
—Sí, para empezar. Aunque seguro que habrá otra gente que conocemos en el bar.
Supongo que interpretó mi pregunta como si quisiera un grupo más grande. A mí me habría bastado con que fuéramos las únicas en el bar. Pero no lo seremos.
—Vale. ¿Podemos llegar pronto y pillar sitio? No quiero pasarme toda la noche de pie.
Hay muchas mesas en el bar, pero hay muchos más estudiantes que mesas. Hemos llegado tarde un par de veces y nos ha tocado quedarnos en rincones oscuros toda la noche con las copas en la mano, la gente empujándonos al pasar, chocando con nosotras, rodeándonos.
Ella también debe acordarse de la última vez. Sonríe y asiente.
—Va-le —dice. Así suena cuando lo dice ella. Dos sílabas separadas, cortantes. Es un encanto. Me cae bien esta chica. No de esa manera. Me cae bien. Me gusta que sea lo más parecido a una amiga que tengo.
Mi teléfono vuelve a sonar.
Miro la pantalla y aparece Número desconocido .
Intento pensar un momento en quién podría estar intentando contactarme con tanta urgencia desde un número oculto.
Las únicas personas que se me ocurre que podrían llamarme son mis padres, mi médico o Cally.
No creo que mamá o papá ocultaran su número, así que parece poco probable que sean ellos.
El centro de salud está cerrado los fines de semana, así que dudo que sea mi médico.
Cally está aquí, claramente sin usar el teléfono.
Quizás sea alguien de la universidad. Un profesor o...
no sé, no se me ocurre quién podría ser.
Supongo que los profesores se ciñen al horario de oficina de lunes a viernes. No tengo ni idea.
Contesto. Mi voz suena más cortante esta vez.
—Diga.
El mismo ruido de fondo. Creo que oigo un aviso de megafonía de una estación de tren, pero no pillo los detalles. Gente. Ruido. Nadie habla.
—¿Quién es?
Se oye un leve crujido en la línea, como si la persona al otro lado se moviera y rozara el micrófono.
—¿Hola?
Esta vez es quien llama quien cuelga. La línea emite un clic y se corta, dejándome con el teléfono mudo pegado a la oreja.
—Qué raro —le digo a Cally.
Le mando un mensaje a mi madre.
¿Intentabas llamarme?
Sé que probablemente acabará llamándome de verdad, pero al menos sabré si quien me llama es mamá marcando sin querer desde el bolsillo.
Ya no me siento cómoda. Recojo las piernas y me acurruco en el sofá. Estoy inquieta, estresada.
—¿Estás bien? —pregunta Cally.
—Sí. Es que es un coñazo, ¿sabes? —digo.
Asiente. Supongo que a todos nos pasa. A veces no hay nada raro en lo raro.
Mi tono de llamada vuelve a sonar. Cojo el teléfono de golpe y miro la pantalla. Esta vez pone MAMÁ, con su número justo debajo.
—¿Está todo bien? —dice antes de que me dé tiempo a decir hola .
—Sí —digo—. Creía que tenía una llamada perdida tuya. —Miento. No quiero preocuparla. Ya se preocupa bastante por mí. ¿Para qué empeorarlo? Un día se preocupará tanto que acabará haciendo que papá la traiga en coche. Solo pensarlo me pone de los nervios.
—No, hemos salido esta mañana, cariño. Papá quería ir al centro de jardinería, ya sabes cómo es.
Siguen con la misma rutina, los mismos pequeños placeres, la misma vida que llevaban antes de que me fuera. ¿Por qué iba a ser diferente?
Me tiene al teléfono contándome hasta el último detalle de su día hasta bien entrado el siguiente episodio de Chase MD. Estoy medio viendo la tele, sin prestar mucha atención a lo que dice mamá, soltando los típicos «ajá» y «mmm» en el momento adecuado.