No puedo dormir Capítulo siete
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Capítulo siete

Entre clase y clase, compro un sándwich en Rachel's y saco el portátil de la mochila.

Si tuvieran tarjeta de puntos, ya tendría para comer gratis.

No es que sea vaga para cocinar, pero sí soy vaga en general.

Me da pereza volver andando a South a prepararme el almuerzo cuando Rachel's me pilla tan cerca.

Tengo una hora libre entre Edición Digital y Creatividad Cultural. No pienso desperdiciarla caminando.

A la hora de comer siempre está lleno, pero no tanto como para quedarse sin mesa.

El ambiente cambia mucho entre la gente madrugadora que había aquí a las seis y los clientes más habladores y animados de ahora.

Se nota otra energía. Si soy sincera, prefiero el ambiente de primera hora. Es más tranquilo, más relajado.

Picoteo el sándwich mientras miro la pantalla, esperando que llegue la inspiración.

Para mí, lo peor es mirar la pantalla en blanco cuando acabo de empezar a escribir.

Si tuviera unas cuantas palabras, las demás vendrían solas.

Podría colgar otras frases de ellas como en el juego de los Monos Locos.

Mi cerebro está tan en blanco como la página. Escribo:

Semana Tres.

De eso no puedo colgar muchos monos.

Me recuesto, bebo un poco de Coca-Cola y suspiro frustrada. Si durmiera más, quizá se me ocurrirían ideas más creativas. Aunque quizá no. Quizá solo sea una excusa fácil.

Semana Tres . Eso es todo lo que tengo. Dejo vagar la mirada, distraída. Es entonces cuando la veo por primera vez.

No sé si la pillé con el rabillo del ojo o si se activó mi sexto sentido. A veces simplemente lo notas, ¿no? Cuando alguien te está mirando. Sentí un hormigueo que me hizo girar la cabeza hacia la derecha.

Una chica de pelo castaño, charlando con alguien que, por la nuca, supuse que era un chico.

Aunque no debería dar nada por hecho. Llevar la cabeza rapada también está de moda entre las chicas, al menos en esta universidad.

Es una forma de expresar la personalidad, ¿no?

Supongo que por eso mi pelo es un desastre.

Refleja mi vida, mi personalidad. Rubio, rebelde, descuidado.

Me doy cuenta de que ahora estoy mirándola fijamente, mientras mi cuerpo reacciona antes que mi mente.

Mirando fijamente la cabeza rapada. La chica ha apartado la mirada.

Pero estaba mirándome, directamente a mí.

Vuelvo la vista al portátil e intento seguir con mi trabajo.

Tengo que escribir un informe breve una vez a la semana.

Sirve para ir creando mi portafolio. Formativo , lo llama el profesor.

Básicamente, es trabajo que hacemos pero que no se califica; no cuenta para la nota final.

Es práctica, una oportunidad para escribir.

A algunos les molesta dedicar tiempo a trabajos que no se evalúan directamente.

Joder, yo solo quiero escribir. Quiero mejorar en lo que hago; quiero aprender cosas nuevas.

Además, tengo tanto tiempo libre que bien puedo aprovecharlo.

Tecleo unas cuantas palabras, pero sigo distraída.

En realidad no sé ni lo que estoy escribiendo.

Noto el peso de su mirada sobre mí otra vez.

Intento mirar sin girar la cabeza; muevo los ojos ligeramente, los bajo un poco.

Me vendría bien ser uno de esos animales con excelente visión periférica.

No ojos de halcón . Eso solo significa que puedes ver a distancia, captar detalles.

Los animales con mejor visión periférica son las presas, no los depredadores.

¿Conoces esos memes de cabras con cara de tontas?

Tienen los ojos como puntitos a los lados de la cara...

es para poder ver a su alrededor cuando tienen la cabeza agachada, pastando.

Pueden seguir con sus rutinas diarias y aun así vigilar el peligro.

Eso es lo que necesito ahora mismo. Ojos de cabra.

No tendría que girar la cabeza para ver lo que sé que es verdad: me está mirando. Mirando. Mirando.

Ya he sentido esto antes. En el instituto. Los ojos de todos sobre mí. Señalada. Observada. Vigilada. Objeto de burla. Respiro hondo y giro la cabeza para devolverle la mirada. De nuevo, en cuanto la miro, ella aparta la vista.

Siento un nudo en la garganta. Beber un trago de Coca-Cola no ayuda.

Apenas distingo mi reflejo en la pantalla del portátil.

Me pregunto si tengo algo en la cara, o si se me ha levantado el pelo, o si me he manchado de rímel.

A veces me pasan estas cosas. Quizá haya una razón por la que sigue mirándome.

No la conozco. No la reconozco. Vuelvo a mirar, solo para asegurarme.

Me ve, le dice algo a su acompañante y se levanta.

Viene hacia aquí.

Miro la pantalla, me concentro en mis palabras. Llevo los auriculares puestos, así que puedo fingir que no la oigo. Puedo hacer que piense que no la veo.

Pero no hay dónde esconderse. Ya está delante de mí. Agita la mano frente a mis ojos.

Me quito los auriculares.

—Hola —dice.

No parece enfadada ni antipática.

—Hola. —Respondo con cautela.

—¿Eres Becky?

Frunzo el ceño. Entonces me conoce de algo. Estoy segura de que no la he visto en mi vida.

—No te acuerdas de mí, ¿verdad? Nos conocimos en la semana de novatos, Lee y yo. —Se ríe—. ¡Debías de ir borracha!

Sonrío. —Debía de estarlo. —Nunca bebo. Ya no. Pero es verdad que no la recuerdo.

—¿Quieres venir a sentarte con nosotros? Estaba intentando llamar tu atención, pero estabas absorta en la música y... —Mira la pantalla—. Trabajo de clase, supongo.

—Sí, tenemos muchísimo que hacer. —Lo digo en un tono que espero le deje claro que no me interesa unirme a ellos.

Asiente. —En algún momento tendrás que tomarte un descanso.

Mantengo esa pequeña sonrisa y no digo nada más.

—Vale —dice, cuando ya la he hecho sentir bastante incómoda—. Me alegro de verte, en cualquier caso. Pásate cuando termines si te apetece charlar.

—Gracias —digo—. Lo haré.

No lo haré.

—Me alegro de verte también.

Me da igual. La verdad es que no me importa. No quería que me interrumpieran, aunque no estoy consiguiendo casi nada. No quería compañía.

Vuelve a su asiento y le dice algo a Lee. Por supuesto, no puedo oírla, pero Lee se da la vuelta y me mira.

Seguramente le habrá dicho (porque sí, la de la cabeza rapada es una chica) que soy una borde.

Me da igual. No dejo de recordarme que quiero encajar, pero es tan difícil cuando no quiero hablar con nadie. La falta de sueño me deja tan irritable que a veces ni siquiera me soporto.

La inquietud, la incertidumbre y la paranoia no son los monstruos que se esconden debajo de la cama.

No acechan en la oscuridad. Son portátiles.

Puedes metértelos en el bolsillo y llevarlos contigo todo el día.

Tumbada despierta en una habitación en penumbra a las tres de la madrugada, o sentada en una cafetería abarrotada a mediodía, esos sentimientos pueden asaltarte en cualquier momento.

No quiero que me observen. Ni siquiera quiero que me vean.