Capítulo Seis
La vida universitaria hasta ahora ha sido un vaivén constante entre clases y pereza.
Intento con todas mis fuerzas hacer lo mismo que los demás.
Tengo suerte de tener un grupo de compañeros de piso con los que es fácil llevarse bien.
Eso me facilita socializar. Aunque sigue siendo un esfuerzo.
Soy introvertida por naturaleza. De niña, siempre tuve a Jordan como compañía constante.
No necesitaba a nadie más que a él. En la adolescencia, no tuve mucho éxito haciendo y manteniendo amigos.
En parte es culpa mía, claro. No quería dar la cara.
Además, simplemente no soportaba las camarillas, los cotilleos y la competitividad general de las chicas que conocía.
En mi segundo año de instituto, trabé amistad con otra chica tímida y callada llamada Mischa Brake.
Supongo que éramos iguales, así que acabamos juntas.
No busqué hacerme su amiga. No estaba buscando compañía.
Pero pasó. Ella entendía lo difícil que era hacer amigos, y le gustaban las mismas cosas que a mí.
Teníamos nuestro propio club de lectura para dos.
Nos quedábamos a dormir en casa de la otra.
Bailábamos en la cocina de sus padres al ritmo de los viejos discos de los Rolling Stones de su madre.
En mi casa no había nada de eso. La música no existía en nuestra casa hasta que Jordan empezó a escuchar a un grupo llamado The Testaments.
(Son una banda de indie rock de cerca de Harborough, por si no los conoces.
Échales un vistazo.) En fin, Jordan estaba muy metido con este grupo, y escuchar su música a través de la pared que separaba nuestras habitaciones bastó para que a mí también me engancharan.
Me estoy desviando del tema. Siempre me pasa.
En fin, una mañana fui a casa de Mischa como todas las mañanas, para ir andando al instituto con ella.
Estaba lloviendo y llegué empapada. Esperaba que me invitara a entrar, que me dejara secarme el pelo.
Cuando hacía frío o llovía, su madre solía ofrecerse a llevarnos en coche, así que cuando abrió la puerta, tenía esperanzas.
En lugar de invitarme a entrar, se quedó plantada en la entrada y me dejó en la calle, bajo la lluvia.
—Voy a llevar a Mischa al instituto a partir de ahora —dijo.
Al principio lo entendí mal. Pensé que quería decir que nos llevaría a las dos. Se quedó allí, mirándome con una expresión de disgusto que nunca le había visto. No sabía qué decir. No lo entendía.
Mischa y yo llevábamos dos años siendo amigas, mejores amigas.
Su madre había jugado con nosotras, me había ayudado con los deberes, me había enseñado a hacer brownies de triple chocolate.
Su madre hacía conmigo las cosas que deseaba que mi propia madre hiciera.
Teníamos mucha confianza. Me había sentido parte de su familia.
Y después de todo eso, aquella mañana me miró como si fuera basura.
—No vuelvas por aquí —dijo.
—Perdona, ¿qué?
Fue entonces cuando caí.
Lo decía en serio. Algo había cambiado. Algo terrible había pasado.
—Y por favor, no hables con Mischa en el instituto. No quiero que esto sea más difícil para ella de lo que ya es.
¿Difícil para Mischa? Me quedé boquiabierta, sin comprender. Intenté mirar más allá de la señora Brake en busca de Mischa. Si pudiera llamar su atención, averiguar qué estaba pasando, quizás podría arreglarlo todo.
No estaba por ninguna parte.
Su madre me miró una última vez y me cerró la puerta en la cara.
Me quedé allí en el umbral. La lluvia se mezclaba con mis lágrimas, me cubría entera. Tenía frío. Estaba perdida. Nada tenía sentido. El mundo era un lugar gris.
No tardé mucho en atar cabos. Cuando llegué al instituto, había una nota metida en mi taquilla.
Una palabra. Garabateada con rotulador en un trozo de papel.
Tortillera.
Ni siquiera sabía lo que significaba.
Miré a mi alrededor. Me sentí como un antílope en la sabana, al descubierto, con los ojos de un cazador clavados en mí. Pero no era solo un cazador; era una manada. Todos estaban en mi contra. Estaba sola.
A medida que avanzaba el día, oía susurros cuando pasaba junto a otros estudiantes. Me veían venir y se daban la vuelta para refugiarse en sus grupos.
Una vez oí a alguien decir que lo único peor que hablen de ti es que no hablen de ti. Qué mentira más grande. Que hablen de ti, que corran rumores sobre ti, ser el tema de conversación de todos, ser el titular en los grupos de cotilleos... es insoportable.
Como he dicho, nunca tuve muchos amigos, y era feliz así.
Nunca quise destacar. Ese día, todo cambió.
Me convertí en el centro de atención. Toda la atención, toda la negatividad, todo iba dirigido a mí.
Quería hacerme un ovillo, volverme pequeña e invisible.
Perdí a Mischa y perdí mi anonimato. Ese día, no estaba segura de cuál echaba más de menos.
Cuando llegué a casa del instituto, me encerré en mi habitación.
Por fin estaba sola. Podía meterme en la cama, esconderme bajo las sábanas, dejar fuera todo y a todos.
Lo único que quería era fingir que el mundo exterior no existía, porque no era un lugar en el que quisiera estar.
Todos apestaban. Todo apestaba. Que se jodiera todo.
Cuando mi madre llamó a mi puerta a la hora de la cena, no dije nada.
Enterré la cabeza bajo la almohada y lloré hasta que se me secaron los ojos.
Trajo comida a mi habitación e intentó hablar conmigo, pero no sabía qué decir.
No podía repetirle esa palabra. La palabra del papel.
Tortillera . ¿Era eso lo que era? Ni siquiera lo sabía entonces.
No sabía quién era ni qué quería. Ni siquiera había pensado en ello.
Solo era Becky Braithwaite. Solo era yo.
Desde luego no estaba preparada para tener esa conversación con mi madre.
Supongo que mamá pensó que era algún drama adolescente.
Odiaba ese tipo de cosas. No sabía cómo lidiar con ellas.
Me alegré. Eso significaba que se mantenía alejada, que me dejaba rumiar.
Jordan llegó sobre las diez y subió corriendo a mi habitación.
Había estado fuera con su novia Jennie, una chica apocada que había conocido en una cafetería del centro.
Era bastante maja, supongo. En realidad no la conocía.
Pero esa noche deseaba que él estuviera en casa conmigo, no por ahí con ella.
Lo necesitaba. Era el único con el que podía hablar.
En fin, Jordan llamó a mi puerta y supe que era él antes de oír su voz. Tenía una forma particular de llamar. Firme, amistosa. No sé cómo describirla. Siempre lo sabría. Nunca volveré a oír esa llamada. No puedo decirte cuánto me jode eso.
Abrí el pestillo, y nos quedamos allí un par de segundos, mirándonos. Su postura pasó de relajada, tranquila y feliz a tensa y preocupada en un instante.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
Me lancé a sus brazos, y él me abrazó. Sollocé contra su pecho, y él me abrazó. Le conté lo que había pasado, y él me abrazó.
—No importa lo que piensen los demás —dijo—. No importa lo que digan.
Pero sí importaba. Importaba más que nada. Importaba porque me había costado a mi mejor amiga. Me había costado la poca confianza que tenía en mí misma. Me había convertido en el centro de atención, y lo odiaba.
Nos sentamos en mi cama y me acarició el pelo. Me encantaba cuando hacía eso. Era tan reconfortante. Algo en su manera de hacerlo… no sé, simplemente me hacía sentir querida. Protegida. Son esas pequeñas cosas… Lo echo tanto de menos.
Pero lo intenté. Intenté que no me importara lo que los demás decían o pensaban de mí. Oía la voz de Jordan en mi cabeza cada vez. Cuando los oía hablar de mí, no me daba la vuelta ni tomaba otro camino. Me quedaba allí plantada, casi retándolos a que siguieran.
Eso incomodaba a la gente.
Y me gustaba.
En lugar de hacer que dejaran de hablar de mí, no reaccionar como esperaban tuvo el efecto de hacerles cambiar lo que decían.
En lugar de ser una bollera comecoños tortillera maricona pasé a ser rara bicho raro espeluznante .
¿Era yo alguna de esas cosas?
¿Era todas ellas?
Estaba intentando descubrir por mí misma quién o qué era. Lo último que necesitaba era ese tipo de presión.
Me aislé por completo, sin querer, por ser introvertida, y luego a propósito, por negarme a encajar.
Tenía a Jordan, y eso era lo único que importaba.