Capítulo cinco
No pude ir a Estados Unidos con mis padres y Jordan. En vez de eso, me quedé con mi abuela en Bridlington durante quince días.
Mi padre estaba trabajando en Estados Unidos, y la empresa le dio un billete para mamá.
No éramos una familia rica. Quiero decir, vivíamos bien, nunca nos faltaba dinero, pero no éramos ricos.
No lo bastante ricos como para pagar el viaje de dos hijos a Estados Unidos.
Me prometieron que podría ir la próxima vez, que habría una próxima vez, pero nunca la hubo.
No veía a mi abuela muy a menudo. Bridlington está a hora y media de donde vivíamos, donde mis padres aún viven.
Ya sabes cómo es, la vida se interpone y nunca llegas a hacer todas las cosas que podrías.
O deberías. La abuela murió ese invierno, así que, mirando atrás, me alegro de haber pasado ese tiempo con ella.
Pero en aquel momento, cuando estaba allí, me fastidiaba.
No ella. Solo el hecho de estar allí y no en Estados Unidos. Cualquier niño se habría sentido igual.
Tenía una idea descabellada de cómo era Fort Worth. Allí era donde estaban. No era uno de los principales destinos turísticos, solo un lugar en Texas que sonaba como una extensión de Dallas. Aun así, me imaginaba el deslumbrante esplendor de las grandes ciudades que había visto en televisión.
Jordan me dijo que se aburría casi todo el tiempo. Estaban en medio de la nada, sin internet, sin otros niños, sin nada que hacer.
«Ojalá estuviera en casa de la abuela contigo» , me dijo. Pensé que estaba exagerando para hacerme sentir mejor. Hacía eso. Siempre lo hacía.
Yo tampoco pude jugar con otros niños. Jordan y yo compartíamos nuestro aislamiento intercontinental.
Pero a mí no me importaba. Me gustaba estar sola.
En aquel entonces, no me preocupaba tanto encajar.
Todavía no necesitaba la aprobación de los demás.
Era feliz siendo yo misma. No me importaba lo que pensara la gente. Ahora sí.
Como dije, no había visto mucho a la abuela Mary antes, pero conectamos enseguida.
Vivía en una casita en la ladera, con vistas al mar.
Era como estar en la cofa de un barco, mirando por la ventana del dormitorio al despertarme cada mañana.
Y sí, me despertaba cada mañana entonces, porque dormía cada noche.
Ella madrugaba mucho, y en cuanto se ponía en marcha, yo ya no podía seguir durmiendo.
Cogía su bastón y se iba al mercado a las nueve en punto. Si no quería quedarme sola, tenía que levantarme yo también. Era mi única oportunidad de salir, ese pequeño hueco por las mañanas.
El tercer día en la casita, me quedé dormida de más y me encontré sola.
Me quedé en la cama un rato, pero sin señal en el móvil no sabía qué hacer.
Desayuné y deambulé sin rumbo. Como a las once aún no había vuelto, tuve que buscar cómo entretenerme.
Empecé a explorar las habitaciones. Pensé que debía mantenerme alejada del dormitorio de la abuela, pero el resto de la casa estaba a mi disposición.
En el salón había un aparador de roble macizo. Lo abrí y encontré posavasos, manteles, fuentes y una pila de juegos de mesa. Cluedo, Monopoly, ajedrez, Scrabble. Todos los clásicos.
La abuela Mary había vivido sola durante cuatro años desde que el abuelo Pete murió.
Odio esa expresión. «Falleció» . No es tan mala como «se durmió» , pero casi.
Murió. Si más gente hablara abiertamente sobre la muerte, si morir no fuera un tema tan tabú, quizá me habría resultado más fácil lidiar con lo que le pasó a Jordan.
Más fácil. No fácil. Nunca podría ser fácil.
En fin, ella no tenía a nadie con quien jugar a esos juegos.
Sentí un golpe en el pecho, como una indigestión.
Cerré el armario, pero esa noche me ofrecí a jugar con ella.
Se le iluminó la cara con la propuesta, como si le hubiera ofrecido algo precioso.
Supongo que así era. Tiempo y compañía eran todo lo que tenía para dar, pero eran lo que la abuela más anhelaba.
Una noche, en mi segunda semana allí, nos sentamos a escuchar uno de sus casetes mientras jugábamos al Scrabble.
No conocía a nadie más que tuviera un reproductor de casetes, y mucho menos cintas.
Era como algo de un pasado remoto, una curiosidad.
La cinta había tenido una etiqueta, pero se había borrado con los años.
Ahora era de un color crema liso, descolorido por el tiempo.
Era un hombre cantando; cantando baladas románticas, creo que lo llaman.
Estaba bien. Inofensivo. A ella le gustaba y con eso me bastaba.
No reconocí la canción, pero la abuela tarareaba.
Parecía algo involuntario, como si algo dentro de ella se sincronizara con la música y la llevara a unirse.
Ya habíamos jugado una partida, que ella ganó, y llevábamos unos cuantos movimientos de la segunda.
Estaba pensando en cómo ella y el abuelo debían de haberse sentado aquí así, jugando a este mismo juego juntos.
Quizás escuchaban la misma canción. Quizás él siempre la dejaba ganar, o quizás no hacía falta.
Estaba pensando en cómo puedes estar con alguien durante tanto tiempo, y luego, sin más, ya no están.
—¿Cómo es? —le pregunté.
Tenía quince años. No sabía mucho de nada. No sabía lo que era el tacto ni la sutileza.
—Perder a alguien. Como al abuelo.
Levantó la vista del tablero de Scrabble y se pasó la lengua por los labios. La dejé pensar en las palabras adecuadas para describirlo. Por poco que supiera, sabía que pensamientos así necesitaban tiempo.
Se inclinó hacia delante y colocó una palabra con las fichas.
V – A – comodín – Í – O
Fue el comodín lo que me impactó. Justo ahí en el medio. Ese hueco. Puedes distinguir cuál es la palabra, igual que casi puedes distinguir lo que es tu vida sin la persona que has perdido. Pero sabes que falta algo que no se puede expresar. Un espacio vacío.
Asentí. Creí que lo entendía. Creí que aquella imagen se convertía en mi cabeza en algo parecido a las emociones que ella sentía, pero nunca entendí el lenguaje de la pérdida hasta que perdí a Jordan.
La abuela Mary era la madre de mi madre.
Supongo que se distanciaron como mi madre y yo, solo que no por las mismas razones.
Cuando mamá vino a recogerme, anduvieron dando vueltas la una alrededor de la otra en el salón, intercambiando cortesías y luego sentándose en un silencio incómodo mientras yo recogía el resto de mis cosas.
En algún momento, habían olvidado cómo comunicarse.
Ese vínculo se había roto. Me pregunté entonces si eso nos pasaría a mamá y a mí, aunque supongo que siempre supe que pasaría.
Nos fuimos con buenos deseos y cortesías vacías. Nunca volví a ver a mi abuela.
Abro los ojos de golpe y estoy en la cafetería. Cally sigue sentada frente a mí, leyendo algo en el móvil.
—¡Mierda! —digo—. ¿Estaba dormida?
—No mucho. Esperaba que durmieras más. Diez minutos, como mucho.
Mis tortitas están frías, y el plato de Cally está vacío.
—¿Estaba bueno? Siento lo de...
—No pasa nada —dice—. Lo entiendo. Bueno, en realidad no lo entiendo, pero comprendo que estas cosas te pasan sin más. No me lo tomaré como algo personal.
Le dedico una sonrisa.
—Un momento estabas hablando conmigo, y al siguiente bajaste la vista al plato y, zas, desapareciste. ¿Siempre te pasa así?
—Bueno, nunca he visto lo que hago, pero ya me lo han dicho antes. Que así es como suele pasar. Aunque nunca me quedo así mucho rato.
—¿Debería despertarte cuando pasa, o qué? ¿Qué es mejor? —Parece preocupada de verdad.
—Joder, no. No me despiertes. Esas cabezaditas son lo único que duermo. Dudo que pudiera sobrevivir sin ellas. Si esperas diez minutos con paciencia, volveré en mí.
Asiente y apura su café.
—Antes de que te quedaras dormida... te pregunté sobre lo que pasó. Dijiste que tu hermano había muerto. No... no sabía qué decir, la verdad. Tengo una hermana y no puedo ni imaginar cómo sería. De verdad, debe ser horrible. ¿Erais muy unidos?
Tengo la boca seca, reseca. Inspiro hondo y exhalo la palabra «sí».
Asiente en silencio.
No suelo hablar de Jordan. No quiero.
—Era el mejor. El mejor hermano mayor que puedas imaginar.
Siempre pensaba en mí. Siempre me daba prioridad.
Era el favorito de mis padres. Era chico.
Nació primero. Pero... lo compensaba tratándome como a una princesa.
—Es más de lo que he dicho sobre él en meses—.
Lo quería muchísimo. Lo quiero. Todavía lo quiero.
—Oh, Becky. —Se inclina hacia mí y dejo que ponga su mano sobre la mía. Se hace un silencio mientras piensa qué decir.
—¿El insomnio empezó justo después de que él... justo después de lo que pasó?
—Sí. Cuando murió. Desde ese día. No he dormido una noche entera. —No quiero hablarle del psiquiatra, del querido doctor Balliol, ni de todos los medicamentos que he tomado y dejado. Ahora mismo tengo su compasión. No quiero su juicio.
—Siento haberte amargado el día —digo.
—No, qué va. Ha estado bien madrugar, desayunar algo rico. Perdona que no hayas podido comerte el desayuno caliente. Deberíamos repetirlo. Si tienes otra mañana en la que estés despierta y sola, llama a mi puerta.
Es tan dulce. De verdad. Su acento es áspero y cortante, pero su personalidad es como su mono de unicornio. Suave y esponjosa. Espero que vayamos a ser amigas. Siento que quizá ya lo somos.
—Lo haré —digo. Y lo digo en serio.