No puedo dormir Capítulo tres
9%

Capítulo tres

Consigo sobrevivir a la clase de No Ficción Creativa sin desplomarme, aunque hay varios momentos en que casi lo hago.

Se me cae la mochila en la puerta. Sin más, se me escapa de las manos.

Cuando me agacho a recogerla, el chico que viene detrás sigue caminando —no ve que me he parado porque está demasiado ocupado mirando el móvil— y casi se cae de bruces al tropezar conmigo.

—Mierda. Lo siento —digo.

Me lanza una mirada fulminante, como si lo hubiera hecho a propósito.

Me cuelgo la mochila al hombro para no causar más accidentes.

—¿Qué te pasa? —dice Cally mientras volvemos arrastrando los pies hacia South.

—¿Eh? —Sé de qué está hablando, obviamente.

Pero no quiero hablar de ello con ella. No quiero ser la Chica Que No Puede Dormir.

No quiero ser... No quiero que nadie aquí empiece a hablar de lo que pasó.

Me mudé a quinientos kilómetros de casa para escapar de todo eso.

Podría haber ido a la Universidad de Harborough sin más.

Algunos de mis amigos, bueno, algunas de las personas que conocía en el instituto, que no eran amigos de verdad, para nada...

fueron allí. Habría conocido gente. Lo que significaría que ellos me habrían conocido a mí. Estar aquí es una escapatoria.

—Ojeras. Te quedas dormida en clase. Torpeza —hace una pausa, pero sé que hay más—. Mal humor.

—Supongo que aún no nos conocemos tan bien, Cal.

Da un pasito rápido, se planta delante de mí y me detiene en seco.

—Espera —dice. No me queda otra o la atropello. Me agarra de las muñecas y me aparta del camino. Nos sentamos en un banco de madera mientras los estudiantes pasan junto a nosotras: unos vuelven a sus residencias, otros van hacia el Centro de Estudiantes.

No me resisto. Cedo. Ya estamos otra vez, otra oportunidad de contar la historia.

—Sí. No duermo muy bien —digo sin mirarla.

—Te he oído dando tumbos por el piso a horas intempestivas. Ya me lo imaginaba.

Su habitación está al lado de la mía. Por mucho que haya intentado no hacer ruido, está claro que no lo conseguí.

—Sí —repito.

—Así que... —me mira. Aunque no la estoy mirando, noto sus ojos clavados en mí. Estoy acostumbrada a esto, a esta sensación. A que me observen. A que me vigilen.

—Llevo así unos años. Pasó algo... —me vuelvo para mirarla y veo cómo arquea las cejas—. No quiero hablar de ello. Yo... simplemente no lo llevé muy bien. Dejé de comer, dejé de dormir. Lo de comer... eso fue más fácil de solucionar. No fácil, pero más fácil. Pero aun así, no consigo dormir.

—¿Nada de nada?

—Breves destellos de sueño. Lo justo para ir tirando, supongo. Y microsueños como el de clase hace un momento. La mayoría de la gente no se da cuenta. Nadie suele estar pendiente de mí, supongo —le dedico una pequeña sonrisa, intentando mostrarle que aprecio que se preocupe.

Se queda callada unos momentos. Tiene el ceño fruncido, concentrada.

—¿Puedo hacer algo? —pregunta al fin.

Esta vez le dedico una sonrisa amplia. —Solo sé tú misma —digo—. Solo sé mi amiga.

—Tienes razón, aún no nos conocemos tan bien. Pero... estoy aquí para lo que necesites. Ninguno de nosotros se conoce bien todavía. La universidad ya da bastante miedo sin tener que lidiar encima con toda la mierda que tú cargas... ¿vale?

Asiento, y estoy pensando en acercarme a darle un abrazo cuando extiende el puño. Con eso basta.

Volvemos al piso. El móvil empieza a vibrarme en el bolsillo cuando empezamos a subir las escaleras.

Lo dejo sonar hasta que se corta, y unos veinte segundos después suena un triple zumbido que me avisa de que tengo un mensaje de voz.

No lo saco porque estamos llegando a la puerta y Cally está rebuscando su llave.

—Joder, ¿por qué siempre hago esto? —murmura entre dientes mientras hurga en la mochila.

—Ya abro yo —tengo la llave en el bolsillo delantero de la mochila. Siempre la guardo ahí cuando no está junto a la cama. La saco y abro la puerta.

—Gracias —dice. La dejo pasar primero y la sigo de cerca.

Cally se desploma en uno de los sofás grandes y yo me acomodo en el otro.

El problema de no dormir nunca, una de las cosas que pasan cuando no duermes nunca, es que estás agotada todo el tiempo.

Siento como si mi cuerpo estuviera al borde de un precipicio, tambaleándome constantemente sobre el abismo.

Atrapada en una especie de estado intermedio.

¿Conoces esa sensación de cuando estás a punto de quedarte dormida y la mente empieza a divagar?

Como si parpadeara. Como un televisor viejo alternando entre estática y fragmentos de algún programa raro tipo La dimensión desconocida.

Todos esos pedazos que no tienen sentido.

La mitad del tiempo me siento así. La otra mitad tengo esa confusión algodonosa en la cabeza de cuando te estás despertando.

Esa desorientación de los sentidos, el zumbido borroso y desarticulado.

Ahora mismo es eso. Así me siento. Cally me está hablando y solo puedo concentrarme a medias en lo que dice.

Aunque, bueno, concentrarme a medias ya es más de lo que consigo algunos días.

Se ha quitado los zapatos y está tumbada en el sofá.

—¿Quieres hablar de lo que pasó? —pregunta. Supongo que aún le da vueltas.

—No mucho —digo.

En absoluto.

Nunca.

Entiendo su curiosidad. La mayoría de la gente empieza a hacer preguntas cuando coge confianza conmigo. Intento que nadie llegue a cogerla.

—No me gusta —digo. Espero que con eso baste.

—Si alguna vez quieres hablar, ya sabes dónde estoy.

—Claro. Gracias.

Es poco probable que alguna vez quiera hablar de ello.

Mis padres pagaron un dineral para que tuviera a alguien con quien hablar de ello, y tardé más de un año de sesiones en siquiera empezar.

Nunca le conté todo a la psiquiatra. Nunca le conté gran cosa, en realidad.

No le he contado a nadie exactamente qué pasó.

No hasta ahora. He dado versiones de la historia, pero solo las partes que puedo soportar contar en cada momento.

Cally sostiene el teléfono en alto y va pasando y tocando en sus redes sociales. No hace más preguntas, y me siento aliviada.

Compartimos el piso con Eamon y Heidi, que viven en las habitaciones al otro lado de la cocina.

Supongo que estoy más unida a Cally por las clases que compartimos, pero también hay una especie de hermandad entre nosotras por ser vecinas de cuarto.

Cally es de Liverpool, así que también somos el contingente norteño del piso.

Eamon viene de Londres, y Heidi de un pueblecito cerca de Brighton.

No recuerdo cómo se llama. A pesar de que nos juntaron al azar en el piso, nos llevamos bien.

Hasta ahora. Ninguno de nosotros es sucio, desordenado ni desconsiderado, así que es un buen comienzo.

Cuando vuelvo a mirar, el teléfono de Cally descansa sobre su pecho y ella está dormida.

Siento una punzada de celos, aguda, solo por un momento.

Es tan fácil para algunas personas. Si siempre has podido dormir en cualquier momento, en cualquier lugar, lo habrás dado por sentado.

Si alguna vez te quitan esa capacidad, la echarás de menos. Apréciala mientras puedas.

Cuando por fin entro en mi habitación y me vacío los bolsillos para prepararme para acostarme, veo la pantalla del móvil y recuerdo la llamada perdida.

Era de mi madre. El reloj marca las once y media pasadas.

Podría dejarlo para mañana, pero cuando lo hago, se disgusta.

Sabe que estoy despierta toda la noche. Sabe que habré visto su llamada.

Se preocupa por mí. Mucho. Es comprensible, teniendo en cuenta lo que pasó.

Tengo que devolverle la llamada. Esta noche.

Me cambio primero. Aunque no puedo dormir, cumplo con el ritual. Es una de las pocas cosas que aprendí de mi psiquiatra.

—No te metas en la cama pensando que no vas a poder dormir —me dijo—. Sigue siempre tu rutina nocturna, igual que habrías hecho… antes.

Siempre sonaba nerviosa, insegura o temerosa de hablar del «antes». O del «evento desencadenante». Me parecía fascinante, teniendo en cuenta que ella era la profesional.

Otro consejo de oro que me dio fue: —Si no puedes dormir, quédate quieta. Inmóvil. Dale a tu cuerpo la oportunidad de hacer lo menos posible. Déjalo descansar.

Así que eso es lo que hago. Me he creado una rutina. No la rutina que tenía «antes», porque voy a ser sincera. Nunca tuve una rutina antes. Tenía dieciséis años. No tenía motivo para tener una rutina. Simplemente hacía lo que me daba la gana. Siempre hacía lo que me daba la gana.

Mi rutina incluye todas las cosas habituales.

Voy al pequeño baño que Cally y yo compartimos y me quito el maquillaje.

Me hidrato, me lavo los dientes, me cepillo el pelo.

Si no pienso lavármelo al día siguiente, me lo recojo en una coleta.

En la cama llevo camiseta y pantalones de chándal en invierno, pantalones cortos o bragas en verano.

No tengo pijamas. Desde luego no tengo un mono.

Contártelo, describirlo así, me resulta terapéutico.

Es como un patrón, un ritmo. Estas son las cosas que necesito.

Espero que si sigo haciendo esto, si repito los ritmos, con el tiempo llegue la siguiente parte de la canción: el sueño.

Soy consciente de que esta noche estoy completando todos los pasos de mi rutina antes de llamar a mi madre. Lo estoy posponiendo, procrastinando, pero una vez que estoy limpia y vestida para dormir, ya no puedo retrasarlo más.

No he escuchado el mensaje de voz. Simplemente desbloqueo el móvil y pulso el botón de llamada. Son casi las doce de la noche. Debería sentirme mal por dejarlo tan tarde. En cambio, me siento resentida por tener que interrumpir mi rutina para llamarla.

Contesta al tercer tono.

—Rebecca, cariño.

Me la imagino pasando toda la noche sentada con el teléfono en la mano, esperando a que le devuelva la llamada, y casi me da pena.

—Mamá. Hola. ¿Estabas en la cama? Perdona por llamar tan tarde.

Oigo a papá de fondo. Ya debe de estar en la cama. Los dos.

—No pasa nada, cariño —manda callar a papá y me habla en susurros.

—No he sabido nada de ti. Estaba preocupada.

Hablamos hace una semana más o menos. Quizás más. A veces pierdo la noción del tiempo. Mis medicamentos y mi estado: los dos conspiran contra mí.

—Lo siento —digo—. Pero estoy bien.

No estoy bien. Nunca estoy bien. Dudo que vuelva a estarlo alguna vez. No después de, bueno, ya sabes.

—¿Puedes acordarte de llamarme más a menudo, por favor?

Si no llamo más a menudo es porque la mayoría de nuestras conversaciones son así. Sin contenido real. Sin nada que decirnos. Ya no sabemos cómo hablarnos. No después de todo lo que ha pasado.

—Vale, mamá. Te prometo que lo haré.

No pregunta si ya duermo. No pregunta si me he buscado un psiquiatra aquí. No pregunta sobre medicamentos ni tratamientos ni nada de eso. Estas omisiones significan mucho para mí. Se lo agradezco.

—¿Qué tal las clases? —pregunta.

—Bien. Están bien. —Ya hemos tenido esta conversación antes.

—Me alegro. Hazlo lo mejor que puedas, cariño. Es lo único que queremos. Solo lo mejor para ti.

—Vale, mamá.

Se hace un silencio, y luego mamá dice: —Buenas noches entonces, cariño. Te quiero.

—Sí —digo—. Yo también. Buenas noches.

Cuelgo antes de que se le ocurra decir algo más y me quedo tumbada en la oscuridad, despierta y sola.