Capítulo Dos
Me registré en el centro de salud antes de matricularme en mis clases. Mi insomnio controla todo lo que hago, todo lo que no hago. No quiero que me defina, pero es difícil evitarlo. La falta de sueño es una tortura lenta.
Quería quitármelo de encima, si soy sincera. Sabía que cuando fuera a ver al médico, tendría que repasarlo todo otra vez. Cada vez que veo a otro profesional, tengo que contar toda la historia. Hablar de ello no mejora las cosas. Normalmente las empeora.
Oí hablar de un lugar donde inundaron un pueblo, convirtieron la zona donde había estado en un embalse.
Así me siento yo. Como si hubiera intentado borrar todo lo que me duele recordar.
Ahogarlo. A veces el nivel del agua baja, a veces hace tanto calor que empiezan a asomar los tejados de los edificios.
A veces podría entrar directamente en ellos, quitarme las botas y sentarme en esas puñeteras casas.
Hablar de ello me agota. En todos los sentidos.
—Rebecca Braithwaite —dije, inclinándome hacia la ventanilla donde estaba sentada la recepcionista, bebiendo té de una taza con el lema «¡No me hables antes de que me tome el café!».
—Vale —dijo, tecleando en el ordenador sin levantar la vista—. ¿Piso Tres, Bloque Sur?
—Ese mismo.
—Tome asiento. La doctora va puntual hoy. No debería tardar.
Puntual. Tuvo que decírmelo porque es una situación tan excepcional hoy en día. Esperas tener que esperar en una sala de espera. Está en el nombre. Para eso está la sala. Sentarse y esperar.
La doctora se giró hacia mí y sonrió. Era más joven de lo que esperaba.
Siempre me imagino a los médicos de cabecera como gente mayor.
Supongo que todavía me los imagino hombres.
La doctora Sally Fisher no era ninguna de las dos cosas.
No es ninguna de las dos. Sigue siendo mi médica.
Han pasado tres semanas; todavía no ha tenido tiempo de deshacerse de mí.
Le devolví la sonrisa con torpeza, los nervios ya burbujeándome en la garganta.
—Tome asiento, señorita Braithwaite.
—Becky —dije—. Me atrevería a decir que nos veremos mucho, así que puede llamarme Becky.
Entonces le tocó a ella parecer incómoda. Quizá la mayoría de los pacientes no llegan con la intención de ser clientes habituales.
—Vale. ¿Qué puedo hacer por ti, Becky?
Fui directa al grano.
—Llevo dos años con insomnio. Tengo una lista de los medicamentos que he estado tomando. No sabía si ya tendría mi historial.
Saqué el papel del bolso y se lo pasé.
—Todo está en el sistema informático —dijo.
De todos modos me cogió la nota y le echó un vistazo por encima.
Claro, estaría en el sistema. Perdí el tiempo escribiendo eso.
Supe entonces que me había marcado como una de esas pacientes .
Del tipo que cree que lo sabe todo. Del tipo que se obsesiona con su propia enfermedad.
Del tipo que hace listas para su médico.
Me di cuenta de que estaba sentada en silencio, y de que probablemente parecía idiota.
Pienso mucho en lo que piensan los demás.
Excepto cuando no. A veces no pienso en eso en absoluto.
—Dos años —repitió, y asentí—. Tiene que ser muy duro. ¿Quieres contarme un poco? ¿Cómo empezó? ¿Cómo te afecta?
La verdad es que no.
—Sí —dije. Bajé la mirada hacia las botas e intenté recordar cómo solía empezar la historia. Érase una vez una chica llamada Rebecca Braithwaite.
No dije eso. Me quedé callada. Se me cerró la boca, seca, rota.
—Tómate tu tiempo —dijo de una forma que me hizo sentir todo lo contrario.
—Pasó algo malo. Hubo un... un suceso desencadenante .
Asintió con gesto alentador.
Le conté la versión más resumida de los hechos que pude. Si fuera una chocolatina, habría sido de las tamaño mini . No había nada divertido en ello.
—¿Y has dejado de ver a tu terapeuta?
—Mi psiquiatra. Sí. Quería que venir aquí fuera un nuevo comienzo. Quería alejarme de todo eso.
No quería ser la Chica Que Iba al Loquero.
La doctora Fisher se volvió hacia el ordenador, se puso a navegar por la pantalla y tecleó algunas notas.
—Ella dijo que estaba preparada —sentí la necesidad de justificarme—. Fue una decisión compartida.
—¿Pero sigues sin poder dormir?
—Eso no es... O sea, no es solo por...
—Está bien. —Su voz era calmada, tranquilizadora. La consulta estaba caldeada. Tenía que seguir hablando.
—Solo quiero más medicación, la verdad. A eso he venido.
Medicación. Suena mucho mejor que drogas .
—Veo que has probado varios medicamentos. ¿Ninguno te ha ayudado?
—Algunos un poco, quizá. No lo suficiente.
—Estoy dispuesta a recetarte Somniclone. No parece que lo hayas probado. Pero piénsate si te vendría bien hablar con alguien. Si no quieres ver a un psiquiatra ahora mismo, podría derivarte a un terapeuta.
Ahora mismo. Como si inevitablemente fuera a pasar algún día. Como si definitivamente fuera a necesitar... pasar por eso otra vez.
—Ajá —dije. Sigue el juego. Acepta. Pon buena cara—. Claro. Quizá. ¿Hay lista de espera?
Esperaba que sí. Quería un descanso de todo eso. Lo deseaba con todas mis fuerzas.
—En realidad, no. Tenemos un equipo estupendo aquí en la universidad. Puedo gestionártelo en cuanto te hayas instalado.
No soportaba la idea de volver a eso sin más.
—¿Puedo probar primero con la medicación? Le aviso en cuanto tenga los horarios claros y, claro, sí, hablaré con alguien.
Me miraba las manos mientras me arrancaba la piel de alrededor de las uñas. Es un hábito que he cogido sin darme cuenta.
—Si usted cree que debería.
La doctora asintió y me puso la mano sobre la mía. Sé que pretendía ser un gesto reconfortante y tranquilizador, pero aparté la mano instintivamente.
—Estoy aquí siempre que necesites venir a verme. —Lo dijo con tanta calma, con tanta suavidad... Como si le hablara a un perro callejero, tratando de calmarlo.
—Sí —repetí. Quería coger la receta y largarme de allí. Me miré la muñeca, donde llevaría el reloj si lo tuviera puesto. Ojalá lo llevara. Es un buen truco eso de fingir que tienes que estar en algún sitio—. Debe de estar muy ocupada. Ya le he robado bastante tiempo.
Retiró la mano y se puso a teclear.
—Por supuesto. Debe de ser... No me puedo ni imaginar cómo... Te imprimo esto y, bueno, ya me contarás qué tal te van.
Casi le arranqué la hoja de la mano. En cuanto me la dio, ya estaba de pie y camino de la puerta.
—Cuídate, Becky —me dijo a mi espalda mientras me iba. Sin volverme, levanté la mano a modo de despedida, con la receta aún en el puño.