Capítulo 24 #7
—Cuando tenía alrededor de veinte años y terminé el community college , decidí mudarme de Willowbrook a Santa Fe para probar suerte.
En aquel entonces estaba entre Santa Fe y Albuquerque, pero debo admitir que por esa época, esta ciudad me intimidaba.
Era una ciudad enorme, pintoresca, con ese colorido ambiente universitario, y creí que aquí me sentiría diminuto.
Creí que aquí mi sensación de fracaso sería más aplastante, por eso me fui al otro lado, a un lugar que consideraba más neutral y que tuviera menos significado para mí y para mis sueños.
Una vez en Santa Fe, comencé a tocar las puertas de las editoriales.
Por supuesto, me dirigí a las editoriales pequeñas y no albergaba muchas pretensiones.
Me bastaba con que me consideraran al menos para un cargo menor o como aprendiz, con la única intención de abrirme campo en este negocio.
Fue así como llegué a Sandia Peak , una de las empresas que puedes ver en el extracto del que seguramente te habló tu madre.
Me entrevisté con el editor, un sujeto culto, pero accesible, que me aseguró que, aunque no tenían vacantes, siempre estaban en la búsqueda de correctores de estilo que trabajaran como colaboradores externos.
En esa época, la editorial no solo estaba recibiendo constantemente manuscritos de autores de la región, también estaba preparando varias colecciones de ciencia ficción, aventura, clásicos de la literatura y sus reediciones necesitaban que alguien con la minuciosidad y la paciencia de un buen lector le echara un vistazo para asegurarse de que no había errores, páginas enteras mal transcritas o sin transcribir…
En fin… Me consideraron y me pusieron a prueba con una obra que amé desde mi adolescencia: La vuelta al mundo en ochenta días de…
—Julio Verne. Me la leíste muchas veces de niña —ese recuerdo bonito se quedó flotando entre los dos, aligerando las cosas.
—Pasé la prueba de corrección y comenzaron a entregarme más manuscritos.
Me pagaban por página corregida, así que mi mayor aspiración era que me encargaran un volumen grande para sacar una buena tajada de un trabajo que amaba y que me hacía feliz…
¡Que me pagaran por leer! ¿Alguna vez imaginaste eso?
—Emily rio con suavidad—. Por aquel entonces abrí la cuenta bancaria a la que pertenece ese extracto.
Decidí crear mi historial financiero y manejar una cuenta nueva solo para mis asuntos profesionales, una cuenta que a día de hoy tiene veintiséis años y que todas las empresas con las que he construido una sólida relación profesional desde aquel entonces conocen bien y manejan para tramitar todos mis pagos.
En fin… Allí, en Sandia Peak, había una correctora que trabajaba directamente para la editorial.
Su nombre era Mercedes Herrera. Conforme mis proyectos con la editorial se hicieron regulares y confiaban en mi buen trabajo y criterio, pasó a ser ella y no el editor la encargada de recibir mis copias corregidas, los informes que a veces preparaba cuando se trataban de manuscritos inéditos para recomendar si valía o no la pena su publicación, y de asignarme nuevas tareas.
Veía a Mercedes todas las semanas, me reunía con ella para ponerla al tanto de mis avances y me marchaba a casa con más material para seguir trabajando.
Por esa época también viajaba ya a Albuquerque, recibiendo encargos similares de la Distribuidora Regional , oportunidad que conseguí gracias a una buena carta de recomendación que me dio el editor de Sandia y que vaya que me sirvió de mucho para abrirme puertas en el negocio.
Esta industria parece enorme, pero no te dejes engañar, Emily…
Como en todos los rubros, somos pocos, la gente valiosa se reconoce y comienzan a recomendarte…
Así fue como fui construyendo una relación profesional sólida con todos esos sellos regionales, algunos más pequeños, otros más grandes…
Lo cierto es que mi labor se fue diversificando conforme yo iba creciendo también profesionalmente.
En algunos casos trabajaba como corrector de estilo, en otros solo tenía el poder de autorizar o no un manuscrito, fungiendo como una especie de editor externo, en otros apoyaba a editoriales pequeñas a crear su propia identidad, a definir su línea editorial, aconsejándoles qué tipo de autores u obras publicar, dependiendo de sus objetivos y…
Como imaginarás, todo eso tenía su precio.
Más crecía mi reputación, más crecían mis honorarios, pero especialmente, algo que me caracterizó siempre, y esto lo puedes comprobar llamando a las personas claves de cada una de estas editoriales, era mi calidad de persona.
Mi integridad profesional, mi honestidad, tanto para rechazar una obra como para aupar su publicación con el mayor entusiasmo del mundo.
Hacía lo que hacía desde el corazón, mi amor, y eso es algo que las personas notan, pero me estoy desviando…
En este viaje profesional, se produjo también un viaje amoroso y, como imaginarás por lo que ya sabes —Emily frunció los labios.
Vaya si sabía—, Mercedes y yo pasamos de ser colegas y profesionales que colaboraban entre sí a enamorados.
No te mentiré, Emily, com o tampoco le mentí a tu mamá esta noche…
Mercedes Herrera fue el amor de mi vida…
—¿Lo sigue siendo? —Se miraron a los ojos y Lucas vio en sus ojos verdes una sombra que lo inquietó.
—No, mi amor —su honestidad fue expansiva y ella la sintió en su corazón—. Es decir, Mercedes y yo seguimos en contacto. La veo prácticamente cada vez que vengo a Albuquerque… —La hija lo miró con una atención suprema—. Tenemos una tradición, ¿sabes? Almorzamos en…
— Page Turner Books & Café.
Lucas se quedó sin palabras. Emily se puso de pie, fue hasta el closet de su habitación, sacó de él una de las camisas de su uniforme con el logo de la librería y dejó al padre literalmente pálido cuando volvió a sentarse junto a él en el sofá y la extendió sobre sus rodillas.
—Lo sé. Hace meses que los veo almorzar allí a ti… A Mercedes y a…
—Thomas.
—Thomas… Así que ese es el nombre de mi hermano.
Volvieron a mirarse a los ojos por minutos.
Lucas asintió despacio y tomó con manos temblorosas la camisa.
Acarició con la punta de sus dedos el logo bordado y no sabía qué sentir.
Su hija trabajaba en una de las librerías más grandes e importantes de Albuquerque, pero también conoció su secreto del modo más doloroso posible.
—¿Hace cuánto estás cargando con esto?
—Desde noviembre del año pasado.
—¿Eso quiere decir que nos has visto…?
—Unas cinco o seis veces ya —suspiró—. Tengo fotos de sus primeros encuentros, de hecho, porque desde mi oficina se ve todo el café. Vi cómo abrazas a ese chico, vi cómo miras a los ojos a esa mujer…
—Emily —la tomó por la mano y ella volteó a verlo de inmediato.
En sus ojos había sombras de celos muy profundos y él identificó su herida en el acto—.
No es lo que parece y te lo puedo jurar.
Podríamos vernos hoy mismo con Mercedes y con Thomas y ellos te lo comprobarán.
—Ella paseó sus ojos verdes por el rostro de su padre y no vio en él ni una pizca de duda, menos aún de miedo—.
De hecho, después de esta noche necesito presentarlos lo antes posible… La próxima semana, a más tardar…
—Si no es lo que creo que es, entonces…
—Mercedes y yo tenemos una amistad que está por encima de todo, Emily. Fuimos dos personas que se amaron con todo lo que tenían, como tú y Rory, pero un error nos separó.
—¿Qué error? —Ahora estaba sedienta por saber.
—Su embarazo. Al igual que tú y Rory, dispusimos vivir juntos en Santa Fe, pero ella quedó embarazada por un descuido de ambos y eso…
Eso, aunque nuestra relación era estable, fue más de lo que pudo manejar.
Sintió que ese embarazo estaba trastocando por completo todos sus planes.
Pensó en suspenderlo, pero yo le pedí que recapacitara, le ofrecí casarnos cuanto antes, encargarnos juntos de los cuidados de Thomas.
Me puse a su entera disposición para apoyarla, de tal modo que atender al niño no le restara oportunidades, pero ella…
Ella sencillamente rechazó todo lo que le ofrecí y me dejó. No tuve alternativas.
—Pero… —Emily estaba confundida—, pero eso fue una soberana estupidez… ¿Prefería ser madre soltera a aprovechar todo el apoyo que le estabas ofreciendo ?
—En el fondo me culpabilizaba de haber trastocado sus sueños…
—¡Ella también pudo cuidarse! —Salió en defensa del padre, a pesar de sus recelos—. ¡Ella también pudo seguir un tratamiento que le impidiera quedar embarazada! Lo acabas de decir, fue un descuido de ambos, no entiendo por qué tuviste que pagar las consecuencias de esa manera…
—Eso ya no importa, Emily. Es una historia muy larga y muy vieja, como esas que cuenta la Vetusta Morla y, si te sirve de consuelo, Mercedes tuvo que ir a terapia por años para entender que ya no era la chica pujante y soltera que podía abrirse camino en la industria editorial, sino una mujer que debía aceptar que la maternidad le había salido al paso sin quererlo, y que la opción no era odiar a ese hijo y al hombre que la ayudó a concebirlo, sino aceptarlo y amarlo tal y como la vida se lo había entregado…
—¿Quieres decir que Mercedes llegó a odiar a…?
—Sí, claro. Desde que lo supo en su vientre. Cuando lo dio a luz, apenas si lo miraba. Su madre y sus hermanas se hicieron cargo del niño… Su madre, sus hermanas y… Materialmente y en la medida de mis posibilidades afectivas, yo.
—¿Mercedes te impedía ver al niño?