Capítulo 24 #6
—Tengo algo más que decirte… Veo a Thomas en Albuquerque con regularidad —Claire volteó a verlo incrédula—.
No es lo que te estás imaginando. Tienes una extraña habilidad para pensar siempre lo peor de las personas —Lucas se acomodó un poco en el sofá—.
Me pediste la verdad y eso tendrás, aunque te duela; aunque nos duela…
Aunque me mates luego de escuchar todo lo que tengo por decirte: Mercedes Herrera fue el amor de mi vida.
—Claire se sintió morir. Sus piernas le flaquearon un poco—.
De ese amor que se truncó por un mal paso queda, sin dudas, una bellísima amistad.
Nos queremos por encima de todo. Somos ese tipo de personas que, aunque ya no se tienen de la forma en la que alguna vez se tuvieron, siguen conservando un lazo indisoluble, que está por encima de nuestro hijo.
Precisamente por eso, porque casi me he perdido la vida de Thomas para ser espectador en primera fila de la vida de mis niñas, no desaprovecho la oportunidad de verlo, de hablarle, de saber de su vida cada vez que voy a Albuquerque, reuniéndome también con su madre, que, pierde cuidado, está casada con un buen tipo desde hace unos diez años.
—Lucas vio cómo Claire por fin se dejaba caer en el sofá, sin fuerzas.
Un silencio denso se levantó entre los dos. Por un momento sintieron, sin temor a las dudas, que después de esa noche no tendrían jamás una palabra en común, pero Lucas cambió eso en el último minuto, añadiendo:
—Hace un rato dijiste algo muy cruel… —Rio sin fuerzas y sin que eso fuese siquiera una risa.
Se parecía más a una exhalación de derrota—.
Bueno, siendo honesto, has dicho cosas muy duras esta noche, pero estás en todo tu derecho y creo que las merezco todas…
Dijiste que irrespetaba a mi hijo por mantenerlo oculto en mi propia familia…
Esa no fue una decisión únicamente mía, solo para que lo sepas.
—Claire lo miró de soslayo, su mirada era vacía—.
Hace muchos años que Mercedes me pidió que no mencionara el nombre de Thomas aquí en casa de no ser estrictamente necesario.
Para ese momento ella había intentado rehacer su vida con un par de hombres y sí, tal y como dijiste hace un rato, suele ser así: a algunas personas no les gusta la gente con pasado, menos cuando te consideran una madre soltera con un hijo adolescente.
Volvieron a guardar silencio y Claire vio cómo Lucas se ponía de pie, despacio.
—Te quiero pedir un último favor. —Ella resopló con desdén—.
Sí, sí, ya sé. Soy un maldito miserable, un maldito mentiroso y los tipos como yo no tienen concesiones, lo sé, sin embargo, voy a apelar a tu buen juicio ahora mismo…
—La miró a los ojos—. No le digas nada a las niñas —Claire escrutó cada milímetro de su rostro—.
Esto no es asunto tuyo. Esto no es tu responsabilidad.
Es mía. Enteramente mía, así que es a mí a quien le corresponde darle la cara a mis hijas y, pierde cuidado.
Antes del domingo, Emily e Indie conocerán muy bien mi secreto.
Tomó una chaqueta que estaba colgada del respaldo de la silla del comedor que había estado usando cuando se tomaban el té, se la puso, metió su teléfono en un bolsillo, el extracto bancario que dobló en otro y bajó despacio las escaleras.
Desde allí Claire escuchó cómo abría la puerta del depósito, llegó a sus oídos como un susurro el rugido del motor de su furgoneta al encenderse y minutos más tarde supo que Lucas Harper se había ido.
A una hora y unos minutos de Willowbrook, Emily y Rory se preparaban para ir a tomar algo con unos amigos.
Ella comprobaba en el espejo del dormitorio que la camisa que había escogido le quedara bien, mientras que él, sentado en el borde de la cama, se ataba las agujetas de sus zapatos.
El teléfono de ella comenzó a sonar sobre el velador.
—¿Quién podrá ser a esta hora? —comentó distraída, prestando más atención a su reflejo en el espejo. Sería una vanidad admitirlo, pero su padre tenía razón: estaba más bella que nunca.
—¿Millie Sullivan?
Emily soltó una carcajada.
—¿Puedes echarle un vistazo, amor? De seguro es uno de los chicos para anunciar que ya llegó o que no sabe dónde está el pub.
Rory alzó los ojos y vio en la pantalla del teléfono de su novia la palabra PAPÁ.
—Em… Te llama Lucas…
—¿Papá? —Rory ya le pasaba el teléfono sin levantarse de la cama. Ella lo tomó con un gesto de curiosidad suprema—. ¿Hola?
—¡Emily! —La voz de él se escuchaba terrible y ella lo notó al instante. Se puso muy nerviosa. Supo que su madre había lanzado la bomba—. Te pido perdón si te interrumpo de alguna manera, mi amor, pero… Voy en camino a Albuquerque…
—¿En…? —Estaba atónita.
—Necesito hablar contigo y no puede pasar de esta noche. ¿Podemos vernos en algún lugar o…?
—Ven a la casa —ahora era Rory el que la miraba con una expresión irresoluta. De hecho, ladeó un poco la cabeza al escuchar aquello—. Ven al departamento y conversamos aquí. Te estaré esperando.
—Gracias.
Emily bajó despacio el teléfono de su oreja y miró a Rory. El momento había llegado.
Cincuenta y siete minutos más tarde, Lucas llamaba a la puerta.
Emily y Rory, con la mesada de la cocina entre ellos, se miraron a los ojos y él asintió despacio, dándole fuerzas a su novia con ese suave gesto.
Ella se dirigió a la puerta, la abrió y dejó entrar a su padre, a quien saludó con un breve abrazo.
Rory le estrechó la mano con el afecto de siempre, no había en él resentimiento ninguno.
Lucas pasó hasta la sala y se dio la vuelta. Vio a los chicos arreglados como para salir, pero también notó en ellos una expresión expectante, incrédula, que le provocó una pizca de vergüenza y un poco de risa.
—Veo que interrumpí sus planes…
—No te preocupes por eso, papá… Solo íbamos a tomar algo con unos amigos, no es nada que no podamos hacer cualquier otro día.
—Me alegra saber que no interrumpí nada importante. —Lucas parecía dar vueltas en círculo, y Rory notó de inmediato su incomodidad.
—Entiendo que tendrán una conversación privada y relevante —añadió el chico mirando a su novia y a su padre, muy serio—.
Yo podría encerrarme en el cuarto y escuchar un poco de música con mis audífonos, podría adelantar lecciones de mis clases de español, también podría salir a la terraza para darles su espacio…
Con el ruido de la calle, prácticamente no se escucha nada…
—¿Podrías…? —Lucas dudó—. ¿Podrías darnos ese espacio, Rory? Me avergüenza venir a importunarte en tu propia casa…
—¡Totalmente, Lucas!
Cruzó la sala y, al hacerlo, le dio un par de palmadas cariñosas sobre el hombro a su suegro, como si con ese gesto lo alentara, le diese fuerzas para lo que estaba por venir.
Emily vio con curiosidad cómo Rory tomaba de la mesita del fondo su ejemplar de Cien años de soledad , el mismo texto que había estado leyendo para su curso de literatura latinoamericana y que ella le había mencionado más de una vez con mucho entusiasmo.
Sonrió suavemente ante las sutilezas de amor de ese chico, siempre dispuesto a implicarse en todo lo que para ella fuese importante y tuviese sentido, si es que eso era necesario.
Abrió la puerta corrediza, la cerró detrás de sí, arrimó una de las sillas de la mesita de la terraza hasta el otro extremo, donde ya ellos no lo veían, e imaginaron que allí se acomodó a leer.
Lucas y Emily se miraron a los ojos y ella, tomando aire, lo invitó a sentarse. Allí estaban ya frente a frente y no aparecería Millie Sullivan a arruinarle las cosas.
—Emily —comenzó él con la cabeza gacha, mirando sus dedos entrelazados entre sus piernas flexionadas y un poco abiertas—. ¿Has hablado con tu mamá últimamente?
La vio a los ojos. Vio cómo Emily tragaba un poco de saliva y ese sutil movimiento en su cuello le dejó más que claro el panorama.
Podía ser un maldito mentiroso, pero conocía a sus hijas magistralmente.
Metió la mano en uno de los bolsillos de su chaqueta y sacó de él el extracto bancario, el mismo que puso sobre las manos delicadas de la chica.
—Ábrelo —susurró—. Tengo el presentimiento de que tu madre ya te ha hablado de esto.
Y sí, allí estaban todas esas operaciones que Claire enumeró, a los gritos y entre sollozos, cuando la había llamado dos noches atrás, pero lo que sorprendió a Emily no fue que algunas de las cosas que le había dicho su madre fuesen ciertas.
Lo que abismó a la joven fue notar la serenidad de su padre.
Sí, parecía avergonzado y deshecho. Se veía como alguien que no había tenido un buen día, pero su actitud era de rectitud estoica.
Las palabras de Fiona volvieron a su memoria y ella, girándose un poco en el sofá para verlo mejor, susurró:
—Tú eres el único dueño de esta historia —e inclinó el documento en sus manos para usarlo como prueba de sus palabras—, así que solo tú tienes la autoridad aquí para darnos todos los detalles. —Lucas se abismó de la sabiduría de su hija—. Te escucho, papá, pero solo voy a exigirte algo…
—Lo que necesites, mi amor.
—La verdad. La más absoluta verdad.
—Y eso es exactamente lo que tendrás.
Así fue como Lucas comenzó su narración.