Capítulo 24 #5
—Te juro por mis hijos que lo intenté, Claire —se sentó en el sofá como si ya sus piernas no fuesen suficientes para sostenerlo—.
Desde que te conocí, lo intenté. Al principio era un joven soñador, inexperto e iluso, que no quería mezclar las cosas y perderte.
Precisamente, porque consideré que no te interesaría involucrarte con un hombre con pasado , como acabas de describirlo, preferí callar hasta que nuestra relación se hiciera más fuerte…
—¿Y te parece que una relación necesita veinte años para ser fuerte?
Se miraron a los ojos y Claire, aunque estaba furiosa, sintió miedo.
—Justo ahora, nuestra relación es más frágil que nunca…
¡Y no precisamente por Mercedes o por Thomas!
¡No! —Se puso de pie otra vez, dando un par de pasos hacia ella—.
Desde hace algunos años, cuando las niñas comenzaron a encaminarse hacia el cambio inminente, la adultez de Emily, la adolescencia de Indie, tú has estado perdiendo paulatinamente el control y yo he tenido que ver, perplejo, cómo las humillas, las insultas, las menosprecias, haciéndome muchas veces a un lado para no desautorizarte, hasta que ya no pude más.
De un tiempo para acá, sumida en esa depresión que sé que te está consumiendo silenciosamente, has delegado en mí todas las responsabilidades de Indie, como si nuestra hija fuese una pelota que puedes apartar de tu camino empujándola con el pie.
Tu compromiso emocional con nuestras hijas es inexistente, óyelo bien, inexistente, y esa debacle, esa fragilidad, no se la puedes adjudicar a mi pasado , porque con un pasado o sin él, hay algo que nunca podrás reprocharme y es que yo jamás, jamás he dejado de estar aquí para mis hijas; a mi manera, para ti.
Si no te hablé de mi pasado antes, fue porque en principio creí que era muy pronto para hacerlo, después empecé a identificar cosas en ti…
—¿Así que la culpa es mía? —Se defendió rabiosa.
—¡La culpa es de ambos! —aclaró con ímpetu—.
¡Mía por no tener coraje, tuya por no tener tolerancia!
Cuando comencé a identificar en ti a una mujer celosa, controladora, insegura, con una facilidad pasmosa para caer en los prejuicios, mis deseos de poner la verdad sobre la mesa se fueron desvaneciendo…
—¡No puedo creer que me estés culpando de tu propia basura!
—Temí —continuó ignorándola— que al saber de la existencia de Thomas, de mi compromiso para con él y para con Mercedes, usaras esa información para manipularme, para lastimarme de alguna manera, pero muy especialmente que la usaras contra las niñas, tergiversándolo todo e hiriéndonos a todos con tu habitual manera de dañarnos…
—Déjame ver si entendí… —Volvió a caminar alrededor de la sala sobándose las sienes—. Tú me mientes sobre tu pasado por veinte años, mantienes a una segunda familia en secreto…
—¡No tengo una segunda familia! —aclaró de nuevo, sin alzar la voz, pero hastiado—. Y si insistes en verlo así, en decir eso, es para justificar tu victimización.
—¡Has estado enviando dinero todos los meses! —Se detuvo girándose hacia él y apuntándolo con frenesí—. ¡Dinero de una cuenta personal que yo no sabía que existía!
—¿También tengo que darte cuenta de mis finanzas, Claire?
¿No tienes suficiente con revisar los bolsillos de mis chaquetas, cada rincón de mi van, mis conversaciones telefónicas?
—Ella se quedó boquiabierta y él sonrió, sin fuerzas—.
¿Qué? ¿Pensaste que en todo este tiempo no lo he notado?
Hace mucho que sé lo que haces cuando finges buscar algo en el depósito, limpiar un poco más la máquina de café o ajustar algunas cosas en la librería cada vez que regreso de mis viajes habituales a Albuquerque o a Santa Fe…
Hace años que sé que revisas todos los recovecos, porque me he sorprendido al ver cómo, sin explicación alguna, facturas de los viáticos aparecen de manera incomprensible archivadas en la contabilidad de la librería…
—¿Acaso revisas…?
—¿La contabilidad? Sí. ¿Qué me dirás ahora? ¿Que no tengo derecho a verificar las finanzas de mi propio negocio?
—¡Nuestro negocio! —gritó ofendida.
—¡Mi negocio! —aclaró, aunque nunca le había puesto ese límite y ahora lo consideraba más que necesario—.
Hablemos de esa cuenta personal que tanto te molesta, ¿te parece?
—Se sentó de nuevo, esta vez en el centro del sofá—.
Hablemos de esos ingresos por separado que te tienen fuera de ti solo porque no has podido echarles el guante durante veintiséis años…
¿De dónde crees que salió el dinero para hacer todas las reparaciones en esta propiedad que perteneció a mi bisabuela y que nadie en mi familia quiso reclamar por considerarla una causa perdida?
¿De dónde crees que vino cada centavo para comprar los primeros muebles de la librería y cumplir mi sueño de tener mi propio negocio?
¿De dónde crees que ese joven de veinticuatro años del que te enamoraste consiguió los recursos para comenzar desde cero?
¿Acaso crees que me lo dieron mis padres?
No. En aquel entonces ellos no aportaron nada…
—¡Pero nos endeudamos!
—Por tu culpa, sí …
—¡Era una magnífica inversión que salió mal, ya te lo dije!
—Bien, por las razones que sean, nos endeudamos… —Se dio una palmada sobre las piernas—. ¿A dónde quieres llegar?
—¡A que mientras nosotros teníamos el agua hasta el cuello, tú estabas recibiendo dinero que enviabas a ese supuesto hijo y a esa supuesta mujer de Santa Fe!
—¿Te consta? —Claire balbuceó, desconcertada—.
Déjame ver la fecha de ese extracto bancario…
—Se puso de pie, fue hasta la mesa y leyó: marzo 2006—.
¡Ah, claro! ¡Una buena época, sí! De aquí salieron también nuestras vacaciones a La Florida, ¿recuerdas?
—La mujer estaba atónita—. Esas vacaciones en las que Emily e Índigo fueron tan felices…
¡Y tú también! ¡Vaya que estabas contenta por aquella época!
Pero también recuerdo que no hiciste preguntas…
Yo hice las reservaciones y tú acataste encantada, pensando de inmediato que necesitabas un nuevo bañador, pero en este momento, poco te importó de dónde había salido el dinero.
En ese momento te daba igual que tuviera una cuenta separada de las finanzas familiares —se cruzó de brazos y la miró—.
¿Qué creíste, Claire? ¿Que me había ganado la lotería?
Cuando fuimos de vacaciones a San Diego, cuando Emily tenía diez años…
¿De dónde crees que salió el dinero? —Volvió al sofá y se sentó despacio—.
Si tanto te preocupa la idea de que dejé a mi familia de lado por ayudar a unos desconocidos que formaron parte de mi pasado, puedo ir el lunes al banco y averiguar si es posible obtener extractos bancarios de hace trece años…
Allí verás que las cosas no fueron tan buenas y hasta Thomas sufrió las consecuencias de tu desastre, porque sí…
Tu terrible decisión no solo nos afectó aquí, también me obligó a mí a tomar el dinero que debía enviarle a mi hijo para solventar las cosas acá, pero…
¿Sabes qué? Mercedes no me gritó como lo estás haciendo tú ahora.
Mercedes no me maldijo, ni me humilló. Mercedes entendió que, como era de esperarse, ustedes estaban primero, que estaba en juego mi casa, mi negocio, y me propuso, con la mejor actitud posible, que retomásemos la manutención de Thomas cuando yo estuviese listo para eso.
—Y si esa Mercedes es la santa que describes… —Lloraba con rabia y despecho. El sentimiento le quemaba la garganta—. ¿Por qué mierdas no te quedaste con ella?
—Porque ella me dejó… —dijo simplemente—.
Me dejó unos meses después de enterarse de que estaba embarazada.
Fue un embarazo no planificado que, en aquel momento de su vida, le trastocó los planes…
Frustrada, decidió hacerme a un lado de su vida aun y cuando la amaba como a nadie, pero respeté su decisión, no sin antes comprometerme a que no dejaría de ayudarla en cualquier cosa que ella o el niño necesitaran.
—¿Por qué la cuenta personal? —insistía—. ¿Por qué?
—Porque no estaba dispuesto a alterar los recursos de mis hijas, de la casa, por un compromiso que era solo mío.
¿Qué parte de esto no entiendes? Ustedes no tenían por qué hacerse responsables de un compromiso que era enteramente mío, así que mantuve mis habituales contactos, mantuve mis habituales proyectos personales, como una fuente de recursos que no solo me ayudara a que Thomas estuviese bien…
¡También me ayudara a que ustedes estuviesen bien y se beneficiaran además de eso!
Claire estaba perdida. Por un instante, la sala de su casa se sintió como un laberinto en la penumbra en el que todos los pasadizos lucen exactamente iguales.