No nacemos monstruos (288 Harmony Road 1) Capítulo 24 #4
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Capítulo 24 #4

Lucas miraba con un gesto imperturbable cómo la cortina metálica de la librería se deslizaba despacio hacia abajo. Cuando estaba próxima a cerrarse, vio la hora en su reloj y se dio cuenta de que eran las 18:32. ¿Por qué Indie no había llegado a casa?

—Porque me pidió permiso para quedarse con Rowan y accedí —mintió Claire en la cocina cuando Lucas le hizo la pregunta.

Es decir, técnicamente sí, Indie estaba con los Gallagher y tenía permiso para quedarse a dormir con su amiga esa noche, pero la que había puesto esa idea en su cabeza había sido Claire.

Esa mañana, después del almuerzo, mientras lavaba los platos y la niña la ayudaba a recoger algunas cosas, la madre, inocente, sugirió:

—Es viernes y mañana no hay escuela… ¿No te gustaría quedarte en casa de tu buena amiga esta noche?

Y lo demás fue coser y cantar. Índigo se entusiasmó, preparó en el acto una mochila con todo lo necesario y se marchó, feliz, a disfrutar de la compañía de una de las personas que más amaba en el mundo.

A cambio, Claire tenía el campo de batalla más que preparado para esa álgida conversación con Lucas, porque tal y como le había prometido a Emily después de hablar con ella el miércoles, las mentiras se acabarían en su casa más pronto de lo imaginado.

Estaban sentados en la mesa del comedor compartiendo un té.

Lucas parecía leer algo en su teléfono y ella, tamborileando la mesa con la punta de sus dedos, lo miraba de soslayo con una incomprensible curiosidad, recelo y desprecio.

Se aclaró la garganta como la actriz que interpretaría a Lady Macbeth cuando está lista para salir a escena y preguntó, en el tono más casual que encontró:

—Lucas… ¿Has oído hablar de Sandia Peak Editorial Services ?

—¡Claro que sí! —La sonrisa de él fue tan genuina que Claire se quedó pasmada.

Pensó que de solo mencionar esa empresa la línea de fuego se tendería en mitad de la sala, pero al parecer lo que había evocado en su marido era un grato recuerdo—.

Fue la primera empresa en la que trabajé al llegar a Santa Fe hace unos veintiséis años, más o menos —entrelazó los dedos alrededor de su taza de té y se puso anecdótico en el acto—: ¿Sabías que empecé trabajando con ellos como corrector de estilo?

Cuando fui a Sandia Peak buscando trabajo, no había vacantes, pero como por esa época tenían un flujo alto de manuscritos, lo que hacían era contratar correctores externos a los que les pagaban por página.

Recuerdo que la primera obra que revisé fue una reedición que estaban preparando de La vuelta al mundo en ochenta días de Julio Verne para incorporarla a su colección de clásicos y aventuras y, desde ese primer encargo, comencé a trabajar con ellos de forma regular…

—¿Hace veintiséis años? —Entrecerró los ojos con desconfianza.

—Veintiséis años, sí. Había terminado el community college en Willowbrook y me había trasladado a Santa Fe con la idea de que allá tendría mayores oportunidades… ¡No puede ser que nunca te hubiese hablado de esto! —Dudó—. No sé por qué tengo la sensación de que sí lo hice, pero lo olvidaste…

—¿Y qué me dices de la Distribuidora Regional del Suroeste ? —Su tono volvió a sonar intrigante y de nuevo la reacción de Lucas tirándole al suelo la coartada.

—¡Mi primer trabajo en Albuquerque! —Sonrió—.

De hecho, llegué a la Distribuidora Regional gracias a una carta de recomendación de Sandia Peak .

No me mudé a Albuquerque, pero me trasladaba hasta allá para recibir los encargos que tuvieran para mí.

También trabajé como corrector de estilo por un tiempo y, una vez tuvimos algo de experiencia juntos, depositaron en mí la responsabilidad de evaluar manuscritos.

Así que no solo corregía algunos, también tenía que preparar después de mi lectura un informe en el que recomendaba o no su publicación y justificaba muy bien el porqué…

—Lucas suspiró lleno de gozo—. Grandes amigos de toda la vida, Claire…

—¿Cómo M. Herrera?

Lucas la miró y Claire por fin obtuvo la reacción que había estado esperando. Ese desconcierto, ese nerviosismo en sus ojos verdes, esa sensación repentina de saberse descubierto.

—¿Con M. Herrera también tuviste una gran amistad?

Ahora Lucas entendió cuál era la verdadera partida que habían estado jugando.

Abandonó la actitud relajada y placentera que le había dejado ese viaje por sus buenos tiempos y encimándose un poco sobre la mesa, hundió su mirada abrumada en el líquido humeante que contenía la taza frente a él y respiró tan hondo, tan profundo, que dejó a Claire con expectativas inquietantes que duraron un siglo por cada segundo que él se tomó en responder.

—De las mejores amistades que he tenido en mi vida, te lo puedo asegurar… —dijo en tono suave, pero audible para su esposa. Miró a Claire a los ojos con una honestidad de esas que abruman—. Mercedes Herrera es la madre de mi primer hijo, Claire. ¿Cómo supiste de ella?

—¿La madre de…? —Casi se cae de la silla.

—La madre de mi primer hijo, Thomas Harper —suspiró. Lucas sintió que había envejecido cien años en un minuto—. ¿Cómo supiste de ella?

—¿Que cómo supe de ella?

Le tomó algo de tiempo reaccionar, tan impactada como estaba.

Lucas vio cómo con gestos torpes intentaba, sin éxito, sacar del bolsillo de su suéter algo que no atinaba a coger.

Cuando por fin tomó el sobre de ahí, abrió el extracto bancario sobre la mesa y lo puso ante los ojos del marido, que asintió muy despacio, entendiendo, para sus adentros, que el momento que más había temido en su vida había llegado.

—¡Supe de ella gracias a esto! —gritó—. ¡Supe de ella porque descubrí que tienes una cuenta personal, quién sabe desde hace cuánto, y que le has estado enviando dinero regularmente todos los meses!

—La cuenta tiene veintiséis años, Claire —musitó—.

La abrí en Santa Fe para recibir en ella los pagos de Sandia Peak y esos depósitos que aparecen allí son el reflejo del compromiso económico que tengo con mi hijo.

Así como no he descuidado nunca la manutención de Emily y de Indie, tampoco descuidé jamás la manutención de Thomas.

—¿Y me lo dices tan tranquilo?

La verdad es que no había prisa ni aprensión en las palabras de Lucas. Lamentablemente, Claire no podía decir lo mismo. Ya se había puesto de pie y daba vueltas por la sala como una fiera herida.

—¡Tengo veinte años viviendo una mentira! ¡Una maldita mentira! —Volteó a ver a Lucas, que la miraba con una expresión triste y avergonzada—. ¿Durante todo este tiempo no se te pasó por la maldita cabeza que tenía derecho a saber de la existencia de ese hijo ?

Ese hijo salió de sus labios con un desprecio que Lucas no le permitió:

— Ese hijo tiene un nombre…

—¡Supongo que sí! ¡Y lo sabría de sobra si hubieses tenido la gentileza de decírmelo alguna vez!

—Se llama Thomas —continuó ignorándola— y cuando te refieras a él, hazlo con respeto.

—¿Con el mismo respeto que tú le negaste a él al ocultárselo a tu otra familia?

—¿A mi otra familia? —Se puso de pie, despacio—. No sé qué historia te estás formando en tu cabeza, pero yo solo tengo una familia, y es esta, la que formé contigo.

—¿Sí? —gritó incrédula—. ¿Y por qué envías más de ochocientos dólares mensuales a Mercedes Herrera o como se llame la madre de tu amado Thomas?

—Ya te lo expliqué… ¿O tus gritos no te permitieron escucharme?

—¿Por qué no me lo dijiste? —Su voz se rasgó con ira—. ¿Por qué esperaste veinte años para decirme que tenías un pasado? ¿No se te ocurrió que tenía derecho a elegir si quería involucrarme con un hombre con pasado?

—Claire, todos tenemos un pasado.

—¡Pues yo no!

—¿Ah no? —Se cruzó de brazos, inalterable.

—¡No! ¡Porque yo no dejé tirado a un hijo en Santa Fe antes de involucrarme contigo!

—Aclaremos las cosas: Thomas no está tirado en Santa Fe. Yo no he dejado a mi hijo tirado en ninguna parte. Thomas está con su madre, en Albuquerque, y yo estoy en pleno conocimiento de su vida y de sus actividades.

—¡Me tiene sin cuidado dónde demonios estén Thomas y su madre en estos momentos! ¡La única familia que yo tengo que defender es esta!

—¿Sí? —Lucas estaba imperturbable—. ¿Y te parece que lo has hecho bien? Defenderla, quiero decir…

Claire dio un par de vueltas en círculos, errática por la sala, hasta que balbuceó:

—¿Y las niñas? —Disparó, como si con esa bala se estuviese jugando la vida—. ¿Cómo crees que se van a sentir las niñas al saber que su padre es un miserable mentiroso?

Lucas se acarició la barba despacio, como si eso le permitiera cobrar fuerzas para reponerse de ese golpe y de lo que esa conversación significaba en su vida. Emily e Índigo. El mayor miedo de un padre amoroso cobrando forma y figura. ¿Cómo se supone que les daría la cara a sus hijas?

—Hablaré con ellas, Claire… —Su voz fue un hilo—. No creas que la culpa por mantener este secreto no me ha atormentado por años.

—¿De verdad? —Ella contraatacó con ira—. ¡Hace unos minutos no parecías sentirte muy culpable!

—¿Qué puedes saber tú de mis sentimientos, Claire?

—La miró, aunque por dentro se sintiera como un títere roto—.

¿Qué puedes saber tú de lo que sienten Emily o Índigo?

¿Qué puedes saber tú de las emociones de las personas que están a tu alrededor, cuando has vivido todos estos años en función de lo que te acomoda a ti?

—¡No quieras ser la víctima ahora! —Volvió a gritar como una verdadera persona fuera de sí—. ¡Aquí la única lastimada soy yo!

—Lo ves… —La señaló mientras reía sin fuerzas—. La única lastimada… Te voy a decir quién es la que más me preocupa en toda esta mentira… No eres tú, Claire. La que más me preocupa es Indie…

—¡Claro! ¡Tu amada Indie! Debiste pensar en esto hace veinte años, ¿no te parece?